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   Capítulo 2 Gélido abismo

El juego de las emociones Por Angie Pichardo Palabras: 3166

Actualizado: 2020-12-18 05:22


Sintió como si le cayera un balde de agua fría de repente. ¡Tanto sacrificio para nada! ¡Dos años de ahorros se fueron por la borda! Sabía que no debía prestarle ese dinero al primo de su esposo, pero como siempre, sería juzgada por su familia. Por lo regular, era lo mismo con ese primo vago que acostumbraba a pedir prestado y malgastaba el dinero. —¿Por qué no me habías dicho antes? —interpeló con lágrimas en los ojos. —¿Me estás culpando? —él reclamó. Siempre era así; en vez de buscar soluciones se culpaban uno con el otro. ¿Será esa la razón de su fracaso? Todo empezó muy bien. Compartían y hacían las cosas en equipo los primeros años, pero luego todo cambió. El desánimo, el cansancio, el egoísmo y los malos entendidos acabaron con lo que juntos empezaron a construir. ¿Acaso ellos ya no eran compatibles? ¿Será que su relación ya no resultaría como antes? Un frío intenso acarició su corazón. —¿Es que ya no hay remedio? —ella balbuceó. —¿Qué? —él preguntó sin entender lo que ella había pensado en voz alta. Anny lo miró con tristeza. —Estoy cansada —respondió—. Olvidemos este asunto, con discutir no vamos a recuperar el dinero. ¡Eso sí, Alex! Jamás le vuelvo a prestar a tu familia —él asintió. Anny aún estaba triste, no solo era la pérdida del dinero, más bien la pérdida del compañerismo. La pérdida de las caricias, de las risas, de las muestras de afecto, de la pasión... ¡Cuánto lo extrañaba! ¡Cuánto ansiaba sus brazos! Necesitaba aferrarse a él y apoyarse en su consuelo. Él siempre estuvo para ella; en sus momentos más duros e insoportables, él

fue su sostén y ayuda. ¿Qué había cambiado? ¿Por qué tanta frialdad y distancia? No pudo apartar su mirada de él, de su cuerpo firme y varonil, lo observaba como si fuera inalcanzable y aunque lo había visto desvestirse cientos de veces, esta vez volvió a percatarse de cuan atractivo era. Él tomó su toalla y entró al baño cerrando la puerta tras sí. ¿Por qué se sentía tan cálida por dentro? A pesar de esa difícil situación, sus deseos le reclamaban cariño. ¿Cuándo fue la última vez? Ni siquiera pudo recordarlo, pero hacía mucho tiempo no pasaba nada más que discusión y temas de asuntos que resolver entre ellos. Saltó de la cama y se sentó frente al espejo, sin percatarse estaba peinando su cabello largo y lacio, ¿podría ser que esa noche todo se arreglaría? ¿Habría alguna posibilidad de que él la mirara como antes? La puerta empezó a abrirse y ella saltó a la cama otra vez. Se acostó subiendo en poco se diminuta bata. Minutos después él ya estaba dentro de su pijama; ella se sentó y lo miró fijamente. —¿Crees que estoy gorda? ¿O vieja? —¿Por qué preguntas tonterías? Siempre has sido hermosa y joven —ella sonrió. —Y... ¿Aún te gusto? —¡Por supuesto! —respondió. —Entonces... ¿Por qué...? —no se atrevió a terminar la frase. —¿Qué dices? —preguntó confundido. —Nada... —se retractó—. Solo estoy sensible hoy, no me pongas asunto —respondió apenada, se recostó y ocultó su rostro entre las sábanas. Él sonrió; ella se veía tan inmadura, pero linda a la vez. Álex se acercó y quitó la sábana de su rostro, y le dio un beso tierno y cálido en los labios.

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