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   Capítulo 5 Inalcanzable

El juego de las emociones Por Angie Pichardo Palabras: 4084

Actualizado: 2020-12-19 04:48


Todos notaron el cambio en su estado de ánimo. Su rostro emanaba luz y sus ojos brillaban como las estrellas. En ocasiones se le escuchaba tararear en voz baja. —"Definitivamente algo le pasó" —todos murmuraban mirándola como si fuera un alíen. Alan, el compañero de trabajo guapo que siempre la molestaba, la observaba con recelo. Se le acercó con cara de querer descubrir algo. —¡Hey! —gritó en su oído, a esto ella respondió con un grito. —¡Alan, por Dios, me asustaste! ¿Qué no tienes trabajo que hacer que andas con tus niñerías todo el tiempo? —preguntó molesta. Él acercó su cara rara de detective y le apuntó con el dedo. —¡Tú! —¿Acaso te volviste loco? —le golpeó el hombro para que se alejara. —¿Tuviste sexo? —preguntó sin reparo. Ella se sonrojó y tapó su rostro con las manos. —¡Alan, eres tan molesto! —exclamó escandalizada. —Sí, tuviste sexo, mujer lujuriosa. Oye, estoy muy celoso.

Anny se estremeció y la incomodidad la invadió al escuchar seriedad en sus palabras.

—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Si vieras la cara que pusiste! —rio con gran diversión ante su mal chiste. Anny respiró profundo y lo miró media ida.

«Por un momento creí que hablaba en serio», pensó viéndolo marcharse.

Mientras él se alejaba, su rostro burlón cambió lentamente a molesto. ¿De verdad bromeaba?

***

Por fin llegó el momento de ir a casa y ya en la salida alguien le sorprendió con palmadas en su hombro.

—¿Eres tú, Alán? —adivinó.

—Necesito un favor —dijo con cara de borrego.

—Qué quieres?

—Necesito que me acompañes a escoger una mascota, ustedes las mujeres tienen mejor tacto para esas cosas. —Ummm… —susurró pensativa—. Bueno, está bien, te acompaño porque no tengo nada que hacer, puesto que Alex va a llevar a la niña a visitar a mi suegra. Tienes suerte, con mi buen sentido vas a encontrar la mejor mascota —contestó con una gran sonrisa. Ella siempre lo trataba como un hermano menor. Aunque su diferencia de edad era poca, para ella él era solo un muchacho, dado que nunca veía seriedad en él. —Estoy seg

uro de eso —dijo acercando su rostro—. Especies de sus mismas especies se entienden. —¡Oye! —lo golpeó en el hombro—. Ya me estoy arrepintiendo de acompañarte. No sé si te pueda soportar por toda una tarde. Y ahora que lo pienso, ¿por qué hacerle ese daño a ese pobre animal? Por cierto... ¿Para qué quieres una mascota? —Siempre he tenido una. Me gusta que cuando llegue a casa alguien me reciba. Yo tenía un chihuahua, pero él se murió, o más bien lo mataron —dijo con algo de tristeza. Esa fue la primera vez que ella vio ese tipo de expresión en su rostro. —¡Oh, por Dios! ¡Qué horror! Lo siento mucho —exclamó acariciando su hombro con ternura. —Está bien. Ya pasaron dos meses, es por eso que quiero una nueva mascota, ya me siento listo.

Se dirigieron a una tienda de mascotas y vieron todos los animales del lugar. Por supuesto, Alan no paraba de bromear y aprovechar cualquier ocasión para sacarla de sus casillas. Escogieron un gatito negro con manchas blancas que era muy peludo y hermoso. Él la dejó en su casa. —Cuida bien de Blacky —ella dijo apuntando al gatito. —No tienes que decirlo. Por cierto —dijo tomando el animalito y señalando su carita—, sus ojos se parecen a los tuyos. Verdes que asustan —bromeó con una sonrisita malvada. Ella se acercó a la ventana del auto y le pellizcó la nariz. Luego, se acercó para besar al gato. Él se estremeció al tenerla tan cerca. —¿Acaso quieres matarme del corazón? —susurró alterado. —¿Qué dices? —preguntó mirándolo a los ojos. Él tragó saliva. —Oye, si sigues ahí te voy a besar —él advirtió con mirada intensa, como si estuviera a punto de estallar. Ella se estremeció al escucharlo. —¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja! Tú y tus juegos de mal gusto. Nos vemos mañana, bribón. Cuida al gatito, y pobre de ti si lo maltratas —dijo mientras se alejaba. Él no contestó. Su corazón estaba latiendo tan rápido que no pudo reaccionar. La vio traspasar la puerta y una sensación de amargura e impotencia lo recorrió. —Si tan solo hubiera llegado antes a tu vida... —susurró.

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