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   Clásico 1 No.1

La torería Por Antonio De Hoyos y Vinent Palabras: 8507

Actualizado: 2018-11-14 00:03


Capítulo 1

En la «visera» hubo un movimiento de expectación. Por la carrera de San Jerónimo desembocaba en la Puerta del Sol, al trote de dos soberbias jacas andaluzas, la victoria, yantada de goma, de Tina Rosalba.

Los émulos de «Costillares» y Pedro Romero, que discutían, formando pintorescos corrillos, transcendentales cuestiones de tauromaquia; los traspillados hampones y las billeteras, en funciones a las altas horas de la noche de sacerdotisas de la señora Venus, agolpáronse en la acera contigua a la Carrera para ver pasar el joyante tren. Entre todos destacose con gran algazara el grupo formado por tres o cuatro admiradores (con más hambre que vergüenza) del «Lucero», el futuro astro, el que, según los vaticinios de algunos aficionados que se jactaban de no haberse equivocado nunca, había de emular las glorias de «Pepe Hillo» y de «Frascuelo», el que empezaba a ser ídolo de bellezas fáciles y envidia de las taurinas estrellas de Getafe y Tetuán.

Anochecía. Envuelto en un bochorno de la tarde primaveral, bajo el milagro azul del cielo, en que arrastraba aún por occidente la roja púrpura de su regio manto el sol agonizante, vibraba Madrid entero en cascabelera alegría. Ríos humanos rodaban en ondas de colores calle Alcalá abajo de vuelta de los toros. Por San Jerónimo, por Carretas, por Montera afluían incesantemente a la gran plaza, centro del vivir de la coronada Villa, gentes de todos tipos y pelajes, que se desbordaban de las aceras, poseídas de nerviosa alegría, prensándose, empujándose, dándose encontronazos, mezclando sus voces, sus gritos y sus risas en ensordecedora algarabía, sobre lo que dominaba el agudo de los pregones, el repiqueteo de los timbres de los tranvías y el bronco son de las bocinas de los automóviles. Coches de lujo con damas tocadas de inverosímiles sombreros de campana, soberbios eléctricos, carruajes de círculo con elegantes caballeretes, y vulgares «manuelas», llevando hembras de «trapío» que, envueltas en los chinescos mantones de vivos tonos y quiméricas floras, o cobijados los rostros por el Almagro de las mantillas, hacían surgir flores, picantes como granos de pimienta, en los labios de los toreros acampados a las puertas de Levante y Puerto Rico, pasaban en democrática promiscuidad entre vocear de golfos que pregonaban «La Corrida» y «El Tío Jindama», ofertas de floristas y burlas de guasones; y destacándose de todos aquellos coches, envuelto en el áureo polvillo, bañado por la atmósfera lujuriante, llena de sensualidades, de inconscientes sadismos, de morbideces y de lujurias, impregnada de aromas de perfume, de suciedad, de fuerza, de brutalidad y de deseos, atmósfera en que aún parecía flotar el vaho a sangre de toro y el tufillo a vino de bota, atmósfera insalubre, exasperadora de inconfesadas perversidades, avanzaba en apoteosis triunfal el milord de la Rosalba.

Las negras jacas andaluzas trotaban, erguidas las nobles testas, que agitaban orgullosas, haciendo rebrillar con cegadores chisporroteos los dorados hebillajes de los arneses avellana, ensangrentados en las orejas por dos claveles púrpura. Al ritmo del paso elegantísimo, en que alzaban los remos con ademanes de montura ecuestre, agitaban las largas colas en belleza suprema de gesto que evocaba los triunfales paseos de los gomeles por la vega de Granada, el caracolear en las cañas de los jinetes moros, el triunfo de los Califas en las batallas fabulosas.

Un mantón de Manila que tendía su parterre de ensueño a modo de manta, y una flor roja en el ojal de la librea cocheril, completaban la elegancia jarifa, un poco achulada, elegancia española, a lo Próspero Merimée, del tren.

Sobre los almohadones, en un abandono lleno de gracia, Tina Rosalba lucía el turbador enigma de su hermosura. No era bella, en el sentido que el vulgo entiende la belleza; era… eso: turbadora, inquietante; señora y maja; dama y Mo de rompe y rasga; cambiante, camaleóntica, rebelde a toda rutinaria clasificación. Era un rostro incorrecto, tal vez un poco tosco de facciones; los ojos castaños, rodeados de livores, brillaban llenos de viveza, de inteligencia y picardía; ojos netamente madrileños, ojos de chula, mejor de golfo; burlones, desvergonzados, audaces, cínicos, y a veces

tristes con tristeza malsana, llena de anhelos y de curiosidades, tristeza de niño enfermizo y vicioso para quien la noche no tiene misterios. En las mejillas descoloridas se marchitaban dos rosas pálidas, y la boca… la boca era en aquel rostro el complemento de los ojos. De labios abultados, muy rojos, que mostraban al sonreír la cegadora blancura de los dientes, húmeda, entreabierta, era lúbrica en su oferta perpetua de besos, lúbrica y triste gracias al rictus que plegaba sus comisuras en doliente mueca de sarcasmo.

Envolvía su cuerpo frágil, ondulante y alargado como los de las majas-duquesas de Goya, en un traje de encajes cremosos; trágicos claveles rojos se apoyaban en los cabellos obscuros, y una mantilla negra, colocada sencillamente, sin artificio de peineta, caía hasta rozar la fina línea de las cejas, dejando adivinar por entre la telaraña de sus encajes la albura de magnolia de la frente.

Junto a ella iba Julito Calabrés que, exageradísimo, como siempre, y rematando su elegancia Alfred de Musset y sus gemas fantásticas -jacintos neronianos y esmeraldas de los Valois- se había plantado, con la misma gracia con que podría hacerlo una cupletista francesa, un cordobés blanco.

Al pasar la pareja, algunos comentarios chocarreros, acompañados de risas y requiebros enteramente primitivos, partieron de los grupos. Tina paseó por ello sus pupilas desafiadoras con ademán de desdeñosa indiferencia, y de pronto las abatió en caricia de terciopelo sobre el rostro del «Lucero». Extraña humedad veló su vista, tenue carmín le arreboló las mejillas, la lengua roja y fina humedeció sus labios, y como Julito saludara al grupo con afectado ademán chulesco, interrogó:

-¿Le conoces?

Hízose de nuevas «para que se desatara aquella loca».

-¿Yo?… ¿A quién?

-¿A ése?

Comprendió él muy bien de quién se trataba, pero no dio su brazo a torcer.

-¿Cuál?, ¿el moreno?

-¡No seas cargante ni te hagas el tonto! El rubio.

-¡Ah!, sí; «el Lucero». Lo vi de lejos en una «guñolería» -afirmó imitando el habla desfigurada de aquellas gentes-. ¿Te gusta?

La Rosalba lo miró fijamente.

-Ya sabes que no me gusta nadie.

-Se me olvidaba -formuló con un matiz levemente irónico-. La princesa sin corazón.

-Tampoco -afirmó ella con extraordinaria gravedad-. ¡Bien sabes que tengo corazón!

-¡Verdad!, ¡verdad! -aseguró Julito acentuando la ironía-. No eres más que una perversa imaginativa, una sentimental romántica.

Un velo de melancolía se había tendido sobre el rostro de Tina; nada quedaba en él de gracia pícara, de la cínica desenvoltura que eran su gala; las pupilas ambarinas se habían obscurecido y, soñadoras, parecían escrutar en lejanía una añoranza amada, y la boca roja marcaba un pliegue de tristeza ensoñadora.

-¡Si supieras… ! Ese chico despierta en mí un recuerdo… El recuerdo -evocó con voz grave- de un instante en que ante la muerte vi lucir en unos ojos azules un flamear de pasión y de valentía sobrehumanos; la memoria de un hombre primitivo a quien amé con locura durante media hora.

Julito rió cínico:

-No es mucho; pero tratándose de un hombre primitivo, basta.

El «Lucero» devoraba con los ojos la bella figura que, por un instante, le envolviera en la fascinación de sus pupilas de cobre y, mientras al correr del coche se alejaba, evocaba también reminiscencias de una figura amada.

-¡Vaya una hembra! -murmuró.

-Una «gachí» de «chipén» -corroboró «Morenito» con la seguridad que su frecuente trato con las damas le prestaba.

-Y está por ti -bromeó «el Temerario».

Los otros «chuflearon» al héroe. ¡Vaya una conquista! ¡Eso se llama tener pupila! ¡Una duquesa! Que supiese aprovecharse, y antes de un año, la alternativa.

¡Cómo se iba a poner!: hembras, aplausos, dineros…

-Porque, vamos a ver, ¿a qué están las mujeres si no es a eso? -formuló «Morenito» echándose el cordobés a la nuca con un golpe del índice-. Yo, aquí donde «ustés» me ven, le sorbí el seso a una gabacha que bailaba tango, «mismamente» que una girafa, en el salón Madrileño, y al principio «too» iba bien: « ¡Oh, tú «sej» mi «toguego» bonito! ¡Yo querer a tú!» Y mucho sobeteo, pero «pelás»… «¡Miau!» Total y que voy y digo: «míe» usté, u hay de aquí o tocan al «ahuequen».

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