ManoBook > Literatura > La torería

   Clásico 2 No.2

La torería Por Antonio De Hoyos y Vinent Palabras: 8462

Actualizado: 2018-11-14 00:03


«El Huesca» intervino:

-¡Si es que éste es un «panoli»! ¡Como fuese yo! -y siguió azotándose la pierna con el junquillo que llevaba en la mano.

«El Lucero» se defendía refugiándose, como todas las inteligencias primitivas, en la brusquedad. Sabido es que la vergüenza y la huida son la única defensa de ciertas almas rudimentarias, como la ironía y la indiferencia son privativas de los espíritus superiores.

«El Leñe», un chulo aburrido que ambulaba siempre por allí, perpetuo satélite de futuros planetas, le dio una palmada familiar en la espalda.

-Chócala… y convida para celebrar.

-¡Que os quitéis de ahí! -se defendió «el Lucero»-. ¡A que «vos» rompo la cara, «amos»!

-¡Valiente tía te has «echao, gachó»! -celebró «el Peque», muy chulo, con su pantalón abotinado y su chaquetilla plegada de lienzo.

-¡Que te «calle» tú, niño, «estamo»!

De regular estatura, más bien enjuto, pero fuerte y bien plantado, «el Lucero» tenía la varonil apostura de un hijo de la tierra. El traje gris claro, ligeramente achulado, no acababa de darle el aire rufián de sus compañeros, ese aire civilizado y perverso en su misma estética primitiva de las criaturas de placer con que las mórbidas costumbres modernas han sustituido a los antiguos gladiadores, a los esclavos nubios y a los legionarios favoritos de emperatrices y cortesanas; aire familiar que hace hermanos a los «apaches» de la barrera del Trono, a los golfos napolitanos y a los chulos de Lavapiés y del Rastro, perpetuos huéspedes de las trotacalles, recreo de princesas histéricas y de duquesas en mal de amor. En contraste con la corbata roja, su rostro aniñado era muy blanco; en sus ojos azules, claros, ingenuos, había una gran dulzura que bañaba su faz entera, y sólo en la boca, cobijada por aguileña nariz, vagaba una sombra de picardía por los labios rojos, cortados en la derecha comisura por la cicatriz de una cornada. Sus cabellos rubios se escapaban del fieltro tabaco, caído a la nuca, y subrayado por la tosquedad algo brusca del gesto, tenía toda su persona algo de pueril.

No había pasado «el Lucero» por el cruel aprendizaje que curtiera en los linderos de la vida a la mayoría de los que un ensueño de gloria o de riqueza lleva a exponer la piel ante la fiera. No conocía los días con hambre y las noches con frío, esas eternas noches de dolorosa peregrinación a lo largo de los callejones sombríos, mirando con envidia, al través de las vidrieras de las buñolerías, a los que toman un chocolate de treinta céntimos; no podía evocar en su memoria las rápidas escapadas, huyendo de sabuesos policíacos por vueltas y revueltas del Rastro y Embajadores, y por los descampados de la Fábrica de Tabacos y del Gasómetro, en una fantasmagórica carrera de pesadilla, para salvar un pañuelo de seda afanado a un desconocido y que representaba la pitanza del día siguiente; no recordaba, el niño mimado de honrados campesinos, las felpas propinadas por un padre borracho o por una mujerona violenta y cruel, traída para satisfacer el vicio de su progenitor, ni las lúbricas escenas entrevistas mientras lloraba en un rincón; ni podía tampoco evocar, en la sucesión de mejores tiempos, las juergas canallas en los colmados, entre criaturas de venta estucadas y oliendo a esencias baratas; las noches tumultuosas rodando en coches de alquiler, entre gritos y canciones por las afueras, ni las escenas violentas de celos, las riñas y peleas llenas de bofetadas y blasfemias, de una grosería inaudita, en las mancebías; ni las equívocas aventuras, entre las propicias sombras de la noche, en las calles extraviadas, con pálidos adolescentes pintados y perfumados como mujeres o con graves caballeros de venerable aspecto; ni menos aún las horas interminables de cárcel, las sombrías horas pobladas de vagos temores e irrazonados sobresaltos. Ningún recuerdo amargo y cruel torturaba, pues, su cerebro llevándole a fieras rebeldías. Para él fue la torería un cuento de encantamiento.

Hijo único de honrados campesinos que a fuerza de fidelidad y de trabajo habían llegado a administrar las fincas de un riquísimo aristócrata, crecía en la paz geórgica entre mimos y halagos. Toda su alegría era correr los inmensos predios, escalar los montes,

bañarse en los ríos y revolcarse en las praderas entre las patas de los toros de la famosa vacada.

Aprendió desde chiquito a mirarlos como juguetes hechos para su recreo; aquellas bestias, mansas y tranquilas unas veces, feroces otras, le atraían con la fuerza irresistible del peligro. Su mayor placer consistía en escaparse a escondidas de su madre y correr a los prados donde pastaban, y allí, burlando la vigilancia de los vaqueros, jugar con ellas, azuzarles, huirles salvado por la oculta providencia, que parece velar sobre las temeridades de los niños. Sabía vagamente que aquellos animales valían miles de pesetas; que había una fiesta luminosa y magnífica en que, en circos de gloria, hombres vestidos de sedas y de oro se jugaban la vida ante ellas. Y de aquellos ensueños nació en el alma del niño una afirmación: «yo quiero ser torero». En las largas veladas del invierno, al amor de la lumbre, leía su padre descripciones del popular festejo y con ingenua admiración hablaba de sus héroes, de aquellos hombres, rudos campesinos, toscos trabajadores, miserables vagabundos ayer, hoy héroes del pueblo, elevados al pedestal de la guapeza por un rasgo de bárbara valentía. En el alma ingenua del pobre hombre, hecho a la lucha diaria, al lento batallar con las miserias de la vida, al trabajo, al ahorro, a la fidelidad, para quien la visión de la existencia se contenía en un estrecho marco de obligaciones morales y materiales, había una admiración inmensa por aquellos valientes que triunfaban al precio de su vida, que sabían mirar la muerte cara a cara y luego derrochaban ríos de oro entre juergas, amores fáciles y aventuras. La imaginación del niño, de José María, el futuro «Lucero», contagiada por los victoriosos panoramas, diose a soñar. Pasaron, sin embargo, los años indiferentes a aquel anhelo; los trabajos de cuidado y vigilancia compartidos con su padre, a quien largos días de fatiga habían gastado, fueron borrando implacablemente las bellas imágenes y el sueño tomó la inconsistencia de las cosas lejanas. Un día, tras algunos preparativos, vieron llegar a la finca coches y automóviles llevando a una fiesta de acoso y derribo bellas damas o ilustres caballeros, elegantes, toreros de fama, periodistas. Fue una tarde triunfal, el revivir de castizas costumbres, feria de donaires y elegancias en que bellas vestidas de chaquetillas de terciopelo grana adornadas de argentados alamares, la frente sombreada por el cordobés y la garrocha bajo el brazo, derribaron toros, llevando por escuderos a los diestros famosos y a los aristócratas de más rancio abolengo. Entre todas ellas, suprema de goyesca gracia en su majo atavío, la mirada enigmática de los ojos dorados luciendo bajo el pequeño calañés de terciopelo negro, el cuerpo andrógino oprimido en la aterciopelada fulgencia, ceñido el talle por sangrienta faja, destacábase en el airoso caracolear de su potro cordobés la turbadora figura de Tina Rosalba.

De entre todas aquellas damas surgió única ante los ojos de José María la joven duquesa como un ideal de belleza. Desde aquel instante sus pupilas de niño, dulces y candorosas, la siguieron esclavas. Ella, audaz, valiente, arrogantísima, lanzábase a los lugares de mayor peligro, anhelante de impresiones fuertes. Con la verde hierba por tapiz, por fondo la azulada serranía, por dosel la turquesa del cielo, tenía, jinete en su caballo de sangre, el prestigio de un castizo retrato. Acababa la fiesta sin incidentes desagradables, recogían los vaqueros las reses entre gritos y trotadas y reuníanse los invitados comentando los lances de la tarde, cuando uno de los toros escapó dirigiéndose hacia el lugar en que se hallaba la Rosalba. Esperó ésta impávida la ciega acometida, detúvose el toro a unos pasos de ella, escarbó la tierra, dobló la testuz, resopló. Asustado el corcel se irguió rampante, haciendo perder el equilibrio a la amazona, y al querer ésta afirmarse dejó caer la garrocha, en el instante que la fiera se arrancaba. Hubo un grito de horror, pero en aquel momento José María se arrojó ante el toro y con la chaqueta por capote lo arrastró tras él, lanceó un instante, diole algunos pases admirables, y quedó en pie erguido, una mano sobre la cabeza del bicho.

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