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   Clásico 3 No.3

La torería Por Antonio De Hoyos y Vinent Palabras: 8145

Actualizado: 2018-11-14 00:03


Bravos, enhorabuenas, parabienes, halagüeños vaticinios. ¡Era un héroe!, ¡un gran torero! De su madera habían salido «Frascuelo», Montes y «Guerrita». ¿Por qué no iba a Madrid? Allí todos le ayudarían y triunfaría seguramente. Y unos le ofrecieron su ayuda, otros, sus escritos, y Tina le ofreció una rosa, una rosa roja y pomposa que prendía junto a su corazón, mientras sus ojos de princesa de Oriente le acariciaban en un prometer de ignoradas dichas.

Y fue a Madrid. Sus padres, ante las gloriosas profecías, perdieron la cabeza. ¡Un hijo torero! ¡Un hijo aplaudido y festejado, héroe de multitudes! Y su corazón de humildes latía de entusiasmo ante la sola idea de aquella redención. De sus ahorros fuese una parte no pequeña en equiparle, y por fin un buen día partió a la corte.

De todo hubo en su estancia en ella. Las promesas, en contacto con la realidad, redujéronse a su justo término. Tina Rosalba viajaba por Suiza y los demás volvieron a ofrecer, aunque dando largas al asunto. Verían… Había que esperar ocasión propicia… Cuando viniese don Diego, el revistero taurino que estaba en Sevilla… Decidiose por la espera. Su candor campesino no acertaba a descifrar toda la indiferencia que la diplomática amabilidad encubría. Creyó a todas aquellas gentes poseídas del mismo entusiasmo del primer momento y resignose a aguardar la coyuntura invocada. En aquellos largos días de alto se aburría. No conocía a nadie; los encopetados caballeros que tratara en la dehesa tenían otras cosas que hacer que acompañar a «un maleta», y la gran ciudad, alegre, llena de bullicio, se abría como un desierto para él. Entonces tropezó con Rosita.

Bajita, vivaracha, simpática, sin ser una hermosura, era prodigio de gracia; su cuerpo, menudo, frágil, vibraba al ritmo de sus meneos sandungueros, llenos por el descoco de las hijas del viejo Madrid. Sabía pisar fuerte y andar con suave contoneo de caderas, que dejaba entrever los pies menudos, irreprochablemente calzados, y sabía reír con frescas risas, lanzando una burla al rostro del descuidado transeúnte y subrayar con una donosura sus observaciones callejeras. En su carita encuadrada de negros cabellos, acusadores en su artificio de la experta mano de la Aniceta, la peinadora de «moda», lucían los ojos grandes, negros y alegres, y se tendía la boquita roja en un gesto mimoso de niña consentida.

Sola en el mundo, vivía de su trabajo (la costura) en una guardilla alegrada de pájaros y flores, y era honrada, con la despreocupada honradez propia del bajo fondo social de esta la coronada Villa. No se asustaba de alternar con damas fáciles de la vecindad, ni se privaba de entretener palique con los apuestos caballeros del organillo que le daban serenata, ni hacía dengues para aceptar un «refresco» en el «tupi» de Novedades, cuando «los chicos» del cercano Matadero, en fondos, la invitaban con algunas compañeras de taller; bajaba los domingos a marcarse unos «schotis» a los merenderos de la Bombilla o del Puente de Vallecas, y llegaba hasta frecuentar con las vecinas los bailes «de sociedad» en que se beneficiaba algún «pianista» de los de mayor «tronío» o algún torero con más suerte en las alcobas que en las plazas; y aún, aún por Carnaval se dejaba caer por las reuniones del Lírico o el Frontón. Pero aquí paz y después gloria. Ella no quería conversación, lo que se llama conversación, de ningún hombre. ¿Que a la Patro le «hablaba» «el Gorritis»?; ¡tal día hará un año! ¿Que «la Fantasiosa» estaba «Chalá» por «el Antoñito»?; ¡expresiones a la familia! ¡La hija de su madre no quería «conversación»! ¿Los novios? ¡Líos, músicas, disgustos y quién sabe si una puñalada! Y mátese usted a trabajar para que venga un hombre a quitarle el resuello y se vaya luego a correrla con el primer pendón que le salga por ahí. ¡No!, ¡no!

Y agitaba negativamente sus manos de virgen, tal vez profanadas por la brutal lascivia de los machos, y con deliciosa inconsciencia y falta absoluta de sentido moral hacía una afirmación: el día que ella se entregase había de ser porque encontrara un hombre

honrado y porque la quisiera con los «reaños» del alma, y había de ser para siempre.

Cuando la casualidad le puso en su camino al «Lucero», cuando un anochecer del mes de Mayo se vio seguida por él calle de la Montera arriba, creyó que sería como todos y comenzó por tomarlo a broma. A sus requiebros, carentes aún del cínico desparpajo de los galanes cortesanos, contestó con cuchufletas; a sus promesas de amor, con guasonas admiracianes, y a sus ruegos, con veladas negativas. Volvió a encontrarle al otro día, y al otro aún, y en sus palabras apasionadas y sinceras comenzó su sutil instinto a adivinar verdad, y como al mismo tiempo el buen mozo no le pareció costal de paja, llegó el momento en que le dio el ansiado sí. Y cumplió Rosita su promesa, poniendo en aquel amor todas las potencias de su alma y todos los ardores de su cuerpo. Fundió sus ilusiones en aquel niño grande, y desde entonces soñó con ayudarle a recorrer el sendero de gloria que, seguramente, se abriría ante él. Fuéronse a vivir juntos, y juntos pasaban noche y día. Acabado su trabajo daban largos paseos por las afueras, y por las noches visitaban cinematógrafos y teatros. Ella le animaba, alentándole en las horas de desengaño, siendo su guía y consuelo.

Con ella «el Lucero» era feliz. Sólo de tarde en tarde veía pasar por su memoria como un fantasma la imagen de la bella amazona en su majo traje de garrochista, y entonces sombra de tristeza tendía sobre su frente el velo de una preocupación, que no huía hasta que las risas de su querida, que cascabeleaban en el aire como trinar de pájaro cantor, le volvían la perdida alegría. Sin embargo -dos meses iban transcurridos desde su llegada-, las promesas de sus protectores no se cumplían y comenzaba a desesperar cuando le llamaron. No era nada; una becerrada de amigos, pero podía darse a conocer y así se preparaba el terreno… Aceptó encantado, hizo primores de habilidad, ganó aplausos y, ya lanzado, le hablaban de mostrarse en una novillada en la Plaza de Madrid, cuando fue requerido con urgencia para regresar al pueblo. Su padre se moría.

Su vida cortesana quedó rota; los amigos le olvidaron nuevamente y sólo Rosita guardó su imagen. Vio en la tristeza inmensa del campo, más triste ahora después de las delicias de la Capua cortesana, morir su padre, y por vez primera tuvo que abordar la vida cara a cara y pensar en el problema del subsistir cotidiano.

Así pasó un año. En su transcurso vio morir a su madre y arruinarse al amo. El nuevo dueño, labrador enriquecido, comenzó por tomar él mismo la administración de su hacienda. Entonces, despertando de su letargo, recogió sus cuatro ochavos y vínose a la corte.

Comenzó una vida nueva. Rosita le amaba siempre, pero las circunstancias habían cambiado mucho. Muertos sus padres, arruinado el amo, ausente siempre aquella duquesa de Rosalba, a quien, por otra parte, no hubiera osado acudir, no había ya la pensión mensual del padre ni la protección de los amigos influyentes. Era preciso buscarlo todo; ella cosía, él frecuentaba los centros -el Inglés, Levante, la calle Sevilla, la «visera»- donde podía conocer diestros o apoderados y contratistas que le proporcionasen corridas, y así habían de permanecer separados largas horas. Además, la falta de numerario suprimía teatros y excursiones y llevábales fatalmente a frecuentar el mundo del hampa, esa amable sociedad de damas de frágil virtud -vendedoras de Fu y de amor indistintamente-, zurcidoras de gustos en funciones de peinadoras y prestamistas; toreros tan diestros en las artes de Monipodio como en las de «Pepe Hillo» y músicos callejeros duchos en tocar cualquier registro; gentes todas con ventana a la Plaza de Toros y al «Abanico», a la Bombilla y a San Juan de Dios, que lo mismo servían para dar dos duros a un amigo, que un timo o un pinchazo a un desconocido. Gentes todas que pululaban por aquellos barrios en los ocios que les dejaban sus excursiones al casco de la población en busca de dineros y amores fáciles y las forzadas temporadas de descanso en su «chalet» de la Moncloa.

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