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   Clásico 4 No.4

La torería Por Antonio De Hoyos y Vinent Palabras: 8815

Actualizado: 2018-11-14 00:03


Pero como en la vida se da una de cal y otra de arena, y Dios aprieta pero no ahoga, saliole contrata para una novillada en Tetuán, luciose con los trastos en la mano y comenzó a abrirse paso a fuerza de arte y bravura; los «aficionados» principiaron a conocerle y encontró amigos y admiradores que formaron su cortejo.

-Lo que a ti te «jase farta é un apoderao» -formuló con suficiencia «Petaquita».

-¡Eso! -corroboró «Morenito».

Todos discutieron tan interesante punto. En el fondo, estaban conformes, el mismo «Lucero» lo reconocía así. ¡Un apoderado!; ¡ahí estaba la piedra de toque! Un representante que se interesase por «su» diestro, que le buscase corridas y bombos, que tuviese influencia… ¡Nada! ¡Un mirlo blanco!

Por Alcalá entraban en la Puerta del Sol, con gran estrépito de almidonadas enaguas, fuerte aroma de «patchulí» y recio meneo de caderas, Rosita con la «Patro» y la «Visajes»; muy sencilla en su falda de hilo crudo y su pañolillo de crespón negro la primera, que venía a recoger a «su» hombre; de vuelta de los toros las otras, espléndidas en sus relumbrantes atavíos -faldas de fular de vivos colorines, blusas de encajes y pañuelo de crespón-, embadurnadas las caras de afeiteis baratos (la sabia «mano de gato» de la Aniceta) y entre los cabellos, ondulados, ensortijados, untados de bandolina en un artístico artificio capilar, espléndidas peinetas de concha falsa adornadas de suntuosos culos de vaso.

Orgullosas, satisfechísimas de tanto esplendor, y llevadas de cierto antojo que sentía la «Visajes» por «el Huesca», dieron en el grupo.

-¡Hola, chavalas! ¿De «aónde» salís? -formuló «Morenito» mientras, en explosión de entusiasmo ante tan excelsa belleza y elegancia, todos las rodeaban, manifestando su admiración en atrevidos conceptos y algún tacto más atrevido aún, manera primitiva de amar que rechazaban las interesadas (¡!) con recios manoteos (¡pues, hombre, me gusta; no era cosa de que las chafaran las galas!), encantadas, en medio de todo, del éxito, de aquella revolución armada con su sola presencia. Venían de los toros entusiasmadas, locas… ¡Qué «corría», madre, qué «corría»!… El «Bomba»…

La «Patro» interrumpió a su amiga:

-¡No, no! ¡El «Machaquito»! ¡Ay el «Machaquito»! ¡Ay mi nene!, ¡qué «reteguapismo»!, ¡qué valiente!; ¡vamos, si cuando se arrodilló delante del toro pensé que «espichaba» de emoción!

Y como «Morenito», aprovechándose de tanto entusiasmo, se empeñase en averiguar si una cadera era de «carne natural», le dio un abanicazo.

-¡Que a ver si «arrebaja» las «pata»! -y siguió su panegírico. ¡Aquél era un «gachó»!; ¡por un hombre así podía sacrificarse una «señora»! ¡Lo que se habían perdido!

-¡Habernos «convidao»! -arguyó con excelente criterio «el Peque».

-Si es que «seis mu» cabras -apostrofó «Morenito»-. Si no «tenís» un tanto así de «lacha».

-Quita de ahí «esaborío» -devolvió la «Patro» agresiva-. ¡«Pa» eso estábamos, «pa» pagarte a ti los toros! ¡Me gusta éste!, ¡ja! ¡ja!… ¡Chulapón! ¡Sin vergüenza!

-Oye tú, que no «farte, ¿etamo?»

Intervino conciliador «el Huesca»

-¡«Na»!; ¡aquí no ha «pasao na»! Vosotras nos convidáis a unas copas y tan amigos.

La «Visajes», ante la intervención de su amado, se sintió rumbosa:

-¡Ea! «Vos» convido yo. ¡«Arreando pa» la Concha!

Le hicieron una ovación. ¡Vivan las hembras de rumbo! ¡Ole su madre!

Rosita hubiera preferido llevarse al «Lucero» a cenar, pero no era cosa de despreciar el convite; ¡paciencia!

El alegre grupo se puso en movimiento con gran algazara de risas y retozos; al enfilar la Carrera vieron venir hacia ellas nuevamente el tren de la Rosalba, y esta vez Julito saludó aún más exageradamente y Tina no se contentó con mirar. Mientras sus pupilas envolvían al torero en los oros de una mirada cargada de promesas, sus labios rojos y sensuales sonreían el relámpago de sus dientes blancos.

«El Lucero» se detuvo y a su vez devolvió la sonrisa; luego, viendo los dolientes ojos de su querida fijos en él, tristes, reprochadores, siguió su camino, pensativo.

Capítulo 2

-¡Cocherito, para!

Los jamelgos escalaban fatigosamente la cuesta de San Vicente en lamentable exhibición de osamentas que amenazaban traspasar la pelada piel, y a su tardo paso, los desvencijados armatostes, coches por mal nombre, que arrastraban tras sí, se bamboleaban, crujían, se inclinaban de modo sosp

echoso, amenazando dar en tierra con su alegre carga. Dentro, amontonados en los duros y estrechos asientos, los excursionistas reían, gritaban y cantaban en escandalosa algarabía que profanaba procaz el majestuoso silencio de la noche.

Ocupaban el primer vehículo «el Lucero», que, reclinado en el fondo, se envolvía en silenciosa displicencia; Rosita, triste por el reflejo de la tristeza de su amante; «Morenito», locuaz y jaranero, y la «Patro», que, un si es o no bebida, no paraba de decir ternezas al «Peque», encaramado, a falta de sitio mejor, en el pescante. En el segundo, además de la «Visajes» y «el Huesca», que decididamente se entendían, como con harta claridad hacía sospechar su empalagoso besuqueo, iban don Saturnino, un «aficionao», gordo, bromista, un poco ridículo con su leontina de oro y su pequeño hongo café caído sobre la ceja izquierda, rico (relativamente a sus aspiraciones), antiguo jugador de ventaja, furibundo apasionado de las corridas, de las que no perdía una, y donde lo mejor que llamaba al presidente -a poco que se apartase de las leyes, para él sagradas como un decálogo, del arte supremo del toreo- era «¡morral!» o «¡ladrón!», gran conocedor de ganaderías y protector de diestros, a quienes trataba con una mezcla de admiración y superioridad condescendiente que le dictaba su «don» sobre los nombres a secas de los «chicos»; la «Ricitos», una nena de grandes ojos azules, ingenuos y candorosos y carita de vicio, encaramada sobre sus rodillas, y «el Chulo de la raya», que se les había incorporado al pasar por la estación.

De pie, y ya parados los coches, «Morenito» interpeló a gritos a los del otro simón:

-Bueno, vosotros, ¿«aónde» vamos?

Don Saturnino dio la respuesta.

-¡Adónde hemos de ir! ¡A casa de la Manola!

Rosita saltó como si le hubiesen puesto un par de banderillas de fuego.

-Yo no voy.

-Mujer, ¿qué te importa, si va ése contigo? -intervino conciliadora la «Patro».

-¡Que no!, ¡que no! y ¡que no! ¡Pues hombre, hasta ahí podíamos llegar!…

Todos trataron de convencerla, pero fue inútil. Se había puesto terca y no había quien la llevase a razón.

-«¡Dejarla!» ¡Si ya se sabe que es el aguafiestas! ¡Si con ella no se puede ir a ninguna parte! -dejó caer «el Lucero», hasta entonces sumido en su indiferencia. Y encarándose con ella: -Mira, si quieres, vienes; y si no, te quedas, porque nosotros vamos.

-Además -apoyó don Saturnino-, Julito ha dicho que iría allí a buscarnos con la francesa del Trianón Palace.

-Maldito sea ese tío y «toa» su casta -fulminó Rosita.

Y «el Lucero» sin hacer caso:

-¡Arrea, cochero! A casa de la Manola-. Y, rumiando, malhumorado: -¡Pues, hombre, estamos lucidos!

Se sentía brutal sin saber por qué. Desde aquella tarde, desde la reaparición de la bella imagen que iluminó un instante su vida con un sueño de gloria y amor, sentía nacer en él un odio inconsciente, irrazonado por los que le rodeaban en su fracaso: por aquellos «chulos aburridos», por aquellas «mujerzuelas» a merced de todos, y hasta por Rosita, la sin par, la celeste Rosita, su alentadora, su consuelo y sostén. ¡Qué fea, qué vulgar y tonta la veía junto a la bella amazona que se cruzara en su camino!

La víctima, caída en el fondo del coche, lloraba silenciosamente, sin hacer caso de los consuelos que trataban de verter sobre su oprimido corazón; lloraba, sumida en asombro doloroso, ante la primera brutalidad, ante la crueldad presentida por la tarde al paso del espléndido tren.

Y sentía la cuitada alzarse un odio inmenso en su alma contra aquella duquesa y aquel elegante, contra Tina Rosalba y Julito Calabres, a quienes hasta entonces no conociera, pero de quienes oía hablar constantemente en perpetuo narrar de extraordinarias e indecorosas aventuras; contra aquellos frívolos y extraños personajes que vivían rodeados de una leyenda capaz de avergonzar a una persona honrada, pero que ellos cultivaban con amor, como un «chic» más de su turbulento vivir, y recordaba involuntariamente las historias en que Tina Rosalba, enigmática, sin saberse a ciencia cierta si era una viciosa o una estrafalaria ansiosa de llamar la atención, apareciera tratando de emular a la clásica duquesa Francisca de Alba que amara Goya, nuestro señor, y en que Julito, vestido de frac y cubierto de brillantes, rodaba a las altas horas de la noche por temerosos antros rodeado de gentes maleantes.

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