ManoBook > Literatura > La torería

   Clásico 5 No.5

La torería Por Antonio De Hoyos y Vinent Palabras: 8483

Actualizado: 2018-11-14 00:04


El coche, tras de cruzar la plaza de Oriente y la calle Mayor, había enfilado la del Sacramento, camino de la calle del Grafal, y rodaba con gran estrépito por los tortuosos callejones empedrados de puntiagudos guijarros. Llegaban. A la puerta la Lolita, con roja bata de rico percal, esperaba a los oficiantes del culto venusino para hacerles los honores del templo e iniciarles en los encantos del pagano paraíso. Sobradamente conocía a los recién llegados, y así, gratamente sorprendida en el aburrimiento de su larga espera, prorrumpió en exclamaciones entusiastas:

-¡Vaya lo bueno que se viene por aquí! Pasen, pasen, que ama Manola se alegrará. Arriba para con don Julito una francesona; en el comedor están la «Bilbaína» y la «Sorbitos».

Refociláronse con tan gratas nuevas los juerguistas y, tras obsequiar a la cancerbera con algún amable achuchón, cruzaron el comedor y coláronse por sucia escalerilla.

Vulgar, poco más o menos la sala de todas las mancebías, ofrecía la de la Manola el más peregrino fondo que un pintor de decadencia a caza de contrastes monstruosos podía soñar al extraño mundo allí congregado. Cubría las paredes papel gris perla que hacía destacarse algunos hórridos cromos sensuales-amatorios. Eran éstos una mora en lánguida postura, mostrando entre los descompuestos ropajes morbideces que seguramente harían nacer en los clientes del establecimiento esperanzas pronto defraudadas por aquellas señoras; una pareja bogando en lancha, cautivos de ternísimo deliquio, bajo la mirada satisfecha de un Cupido mofletudo y congestionado; un bodegón con sandías y melones -no se ha averiguado aún qué secreta conexión halló el decorador entre aquellos frutos y el amor (tal vez era un «civilizado» y pensó en las extrañas perversidades de la «Dame de Beauté» de «monsieur de Bougrelon»)- y una pareja Luis XV besándose en un jardín. El testero principal ocupábalo el espejo, envuelto en gasa verde y enriquecido por multitud de tarjetas de comercios. Cortinas de reps rojo cubrían puertas y ventanas, y una sillería de imitación de palosanto, forrada de la misma tela, brindaba, a más de unos divanes, sus cómodos asientos a los tertulios.

Bajo el espejo, extraña, imponente, casi repulsiva, con algo de ídolo indostánico o chinesco, reposaba su monstruosa humanidad la Manola. Debió ser bella en otros tiempos; pero la balumba de carnes que el buen trato y los forzados ocios habían hecho nacer, anegaba en ella toda apariencia, no ya femenina, sino humana. Bajo el pelo negro, suelto sobre la espalda (le dolía la cabeza aquella noche), la frente tersa y blanca cobijaba dos ojos castaños que serían bellos de no encogerse agobiados por la carnosa masa de las mejillas; la parte inferior del rostro desaparecía borrada por desaforada papada, que iba a descansar sobre los senos, que, a su vez, enormes, flojos como dos odres semivacíos, apenas prisioneros en una chambrilla de percal, reposaban en el vientre hinchado, hidrópico, tremendo, bajo el delantal de cuadros azules y blancos, en uno de cuyos bolsillos tintineaban con alegre campanilleo las ganancias de la noche; sus manos torpes, carnosas, de amorcillados dedos cargados de prodigiosos anillos -turquesas de palidez de cielo, rubíes sangrientos, esmeraldas misteriosas como pupilas de encantadores zafiros inquietantes en el candor de su azul-, una reposada sobre el vientre, mientras la otra llevaba a los labios de vez en cuando un pitillo de cuarenta y cinco. Y junto a ella, horrendo, con ese horror grotesco y trágico de los monstruos favoritos de antiguos reyes -enanos velazqueños, bufones inmortalizados por Antonio Moro-, compartía la gloria señoril de sofá Pedrito, su esposo y esclavo. ¿Qué le encontró la hembra aquella que supo volver locos en su día a aristócratas y toreros, a príncipes y artistas, al feo y desgarbado enanillo para elevarlo en prodigioso salto desde las humildes funciones de criado de casa pública a las gloriosas de amo? ¡Vaya usted a saber! Bajo, muy bajo, enclenque, manco y bizco, sucio y torpe, vivía junto a ella con derecho a ensuciarlo todo, a estropearlo todo como esas bestezudas mimadas de estrafalarias solteronas. Y allí, esclavo de ella, dueño y señor de las niñas, que le respetaban, halagad

o por sus iguales y aun atendido por los concurrentes a la tertulia cotidiana, vivía feliz. ¡Y qué tertulia!

En una butaca, dejando ver por el gabán entreabierto la albura de la bordada pechera, en que nacaraba su claridad de aurora gruesa perla, Julito Calabrés contaba historias de extrañas aberraciones modernas y tenía ahora patitiesos a sus auditores después de haberles dejado turulatos con las evocaciones antiguas -Parsifae de Creta, Calimante y su buena amiga la baronesa de Casa Vieja-, mientras con exquisita afectación accionaba atusándose la pequeña melena con las manos finas, blancas, femeniles, en que lucía un ágata prodigiosa de lechosa claridad.

Frente por frente, envuelta en gasas y encajes, que dejaban ver sobre la nieve del escote el relieve de un hilo de gotas de rocío (vulgo brillantes), cobijada por un sombrero inverosímil agobiado de negras plumas, se destacaba la más ideal muñeca que puede soñarse en la frágil persona de «Diane D'Anvers». Eso era la francesa: una muñeca fría, rígida. Muy blanca, con blancura de nardo, lucían en su rostro menudo dos ojos enormes, serenos, de porcelana azul, y una boca de coral pequeña y admirable de trazo. Y había en toda su persona una inmovilidad macabra de figura de cera; sólo en el fondo de sus pupilas brillaba una lucecita siniestra de lujuria, y en la comisura de sus labios había un rictus cruel de animal carnívoro.

En un rincón un cabo de artillería en traje de faena se retorcía pedantescamente el fino bigote, dejándose adorar por Cirila, «la de la casa de empréstamos», que lo tenía a qué quieres boca, mientras lord Ewards (un amigo de Julito) hablaba con Petra la «Jerezana» y su chulo «el Cuchillada», un tío peligroso que contestaba a las chapurreadas preguntas del inglés con luminosas explicaciones sobre el difícil arte de «afanar» y el no menos noble de dar «mulé», y un poco apartado, Alberto Guacani, el poeta excelso, desfallecía murmurando un soneto de «Verlaine».

Al ver entrar a los recién venidos, la dueña y señora del harén tuvo sentidas exclamaciones de júbilo; no se movió de su asiento, porque semejante esfuerzo no entraba en sus mandamientos de urbanidad, pero ordenó, eso sí, que cerrasen ya y se subieran las «niñas». Ella no era ninguna tirana, y en cuanto «hacía» los veinte duros diarios, portazo, para dar descanso a aquellas en sus peliagudas faenas. Al fin y al cabo eran también hijas (aunque descarriadas) de Dios.

Como los asientos fuesen escasos para tan numerosa concurrencia, acomodáronse como pudieron, y señora que no encontró lugar de descanso, hallolo muelle y regalado en las rodillas de algún caballero.

Mientras las damas se instalaban, «Morenito», poseído de sus altas funciones de introductor, presentó «el Lucero» a Julito.

-«El Lucero», un amigo…

El elegante le tendió la mano.

-Tengo mucho gusto; hace días que quería conocerle. Además, hoy me han hablado de usted toda la tarde: ¡un héroe!

Cortado por el elogio, el torero sonreía.

-Yo también lo conocía de vista.

Sentábanse todos. Por orden de Calabrés habían subido Montilla y pasteles, y aquellas damas y sus caballeros hacían honor al agasajo hincando el diente con fruición a las hiperbólicas pastas enriquecidas de sospechosas cremas. «Diane» se había sentado junto al «Lucero», y en sus ojos de porcelana, fijos en él, brillaba una chispa de ansia amorosa, mientras que de vez en cuando, asomando entre los labios la lengua roja y fina, los humedecía con gesto goloso de gata. En tanto la francesa «camelaba» al torero, don Saturnino emprendía valerosamente la conquista de Rosita, instalada a su vera.

Entraron las niñas en lamentable teoría de vestales. Primero Lolita la «Madrileña», con su bata roja y su cara enharinada; después la «Sorbitos», insolente en el respingado de su nariz y las precoces arrugas de su marchita cara de histrionisa; tras ella la «Bilbaína», de cabeza caballar y amplias posaderas de vaca, que hacían aullar de entusiasmo a los carreteros y otras conquistas de la cercana calle de Toledo, y por fin, Rosalinda, pálida y exangüe, oliendo a brea y fenol, dejándose morir en lenta agonía que hacía de marfil sus pobres mejillas y hundía en azulados abismos sus ojos tristes de tísica.

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