ManoBook > Literatura > La torería

   Clásico 6 No.6

La torería Por Antonio De Hoyos y Vinent Palabras: 8185

Actualizado: 2018-11-14 00:03


Don Saturnino se había ido entusiasmando con su conquista, y Rosita, que en los comienzos le dejó hacer, para dar celos al «Lucero», comenzaba a cansarse del juego, e impaciente, aburrida, se revolvía a un lado y otro con esa nerviosidad inquieta que precede al drama, con gran júbilo de Julito, a quien tales cosas encantaban. Mientras, lo de la francesa y el torero iba viento en popa; cada vez estaban más cerca y cada vez sus ojos se acariciaban con mayor insistencia; y eran rozamientos, choques de rodilla, súbitos enlaces de las manos que se encontraban en un ademán rematado con tierna presión.

Los demás no se ocupaban de tales menudencias entretenidos en sus juegos; la «Patro», medio borracha, se revolcaba de risa, prisionera entre «el Peque» y «Morenito»; la «Visajes» había llegado a la cima de su amor por «el Huesca», a quien se lo manifestaba de modo harto expresivo; Calabrés compartía su atención entre Rosalinda, a quien daba consejos estéticos, y la escena de las dos parejas; las «niñas» jugueteaban, como ninfas caprichosas, con «el Chulo de la raya», e inmóvil, sonriente como deidad propicia, la «Manola» presidía desde su alto trono la saturnal.

De pronto, «Diane», con un gesto espléndido de reina apasionada, se quitó una sortija de brillantes y rubíes que lucía en una de sus manos, cargada de joyas como la de bizantino icono, y se la colocó en el anular al «Lucero». Rosita rebotó de rabia, pero con supremo esfuerzo se contuvo aún. La otra se puso en pie y, cerrando con un gesto teatral el flotante abrigo, se encaró con Julito y le habló en francés. Tomó él la palabra.

-«Diane» ha pasado un rato delicioso, pero está un poco cansada y se va. -Y encarándose con el torero advirtió:- Tú la acompañas.

-¡Que la acompañe el Nuncio! -bramó la querida, ciega de ira.

Trataron de convencerla de la imposibilidad de que el representante de Su Santidad acompañase a una cupletista a las altas horas de la noche. ¿Por qué se enfadaba? ¿Tenía algo de particular que «el Lucero» diese guardia a una señora hasta su casa? ¡Qué tontería! ¡Era ridículo ponerse así! ¡Ni que lo fuese a comer!

Todos rivalizaban en oficiosidad para convencerla, pero ella no se dio a partido.

-¡Os digo que no va!, ¿sabéis?; ¡porque a la hija de mi madre no se le ríe nadie en las narices, y menos una franchuta que parece una muñeca de las que dicen «papá» y «mamá»!

Julito intervino:

-¡Mujer, no seas bestia!

-¡Malos «mengues» te lleven a ti y a todos los de tu pijotera casta!; ¡vosotros tenéis la culpa de «muchismas» desgracias!

El elegante rió guasón.

-«Jetatura».

-¡Narices! -saltó furiosa-. ¡Lo que te digo es que no va, que no, vamos, que no!

«El Lucero» tuvo un gesto magnífico de desdén:

-¡Haré lo que me dé la gana!

-¡Ah!, ¿sí? ¿De veras? -escupió encarándose con él ahora, presa en sorda furia-. ¡Pues yo te digo que no vas!

La miró de arriba abajo desdeñoso y frío.

-¿Oye, niña, en qué «mercao m'as comprao»?

-En ninguno, pero eres mi novio y no vas.

-¡Voy!

-¡No!

-¡Que sí! -y dio un paso.

Ella se interpuso.

-Habremos «acabao».

Fue canalla:

-¡Mejor! ¡«Pa» lo que me das!

Sintió ella toda la crudeza del ultraje y vaciló; su furor fundiose en lágrimas y dejose caer en una silla sollozante. Entre hipos reprochó:

-Te doy «too» lo que tengo.

Siguió inabordable:

-Así echo yo este pelo…

-Me daré a la vida y así ganaré más -gimió entre suspiros.

Julito no pudo menos de aplaudir tan prudente resolución y bromeó:

-Te haré «reclame».

«El Lucero», altivo, desdeñoso, se dirigió a la puerta con la francesa, y tras un «¡aliviarse!» salió. La abandonada siguió llorando. Don Saturnino se sentó junto a ella y empezó la tarea de consolarla, paternal como un viejo patriarca que hiciese olvidar a una esclava la partida del amado. Poco a poco el temporal amainó, y entre los celajes de lágrimas se abrió paso el rayo de sol de una sonrisa. Julito rió irónico:

-¡Dido olvida a Eneas!

Capítulo 3

Saltó al suelo sin aceptar la mano que Julito le tendía, envió e

l automóvil a esperarles al merendero de la Florida, y dio algunos pasos resueltamente para luego detenerse perpleja:

-¿Hacia dónde vamos?

Envuelta en el amplio guardapolvo de crespón malva, cubierta la cabeza por el gran velo de gasa, tenía la Rosalba una gracia un poco decadente llena de elegancia que resaltaba más sobre el fondo del popular festejo.

Noche de verbena. La ermita de San Antonio se alzaba, toda albura, sobre la sombría esmeralda de las frondas. Los puestos de Fu tendían sus tapices, en que, dominando los cuadros de humildes albahacas, se alzaban las hortensias, un poco vulgares, en su pompa insípida, y florecían enclenques, en agonía de aromas, los rosales junto a los claveles jactanciosos; en los tenduchos de mercancía, en un aburrimiento resignado, y junto a los tableros cargados de toscas figuras de los marchantes de muñecas, animaban éstos a los compradores con chabacanas chirigotas.

Más allá, al fondo, casi detrás de la capilla, hacíase el espectáculo más majo, más típico, agitado en una borrachera de vino y alegría. De las buñolerías se elevaban columnas de humo que apestaban a aceite frito, y a la luz de los hornos veíanse hombres semidesnudos ennegrecidos, que manejaban la grasienta mercancía, mientras en torno de las mesas, bulliciosas parejas reían y gritaban. Cascabeleaba la música de los Tíos-vivos, y a sus notas, lanzadas en el clarobscuro de las humosas lámparas, se veían pasar, arrebatados en infernal torbellino, sobre lomo de las inclasificables alimañas, niñeras y soldados, chulos y menegildas, que gritaban y retozaban en grotescos abrazos evocadores de los grabados de Torop. Por la pendiente de un «tobbogan» se deslizaban algunas señoritas, pobres muchachas héticas, que con aquellos resbalones engañaban su ansia de otras caídas imposibles; y a la puerta de los barracones, hombres roncos y sudorosos halagaban, rogaban, apostrofaban a los transeúntes para que entrasen a ver el hombre insensible o la mujer cañón.

Tina avanzaba, hendiendo la multitud, del brazo de Julito. Sus narices, un poco gruesas, respiraban dilatadas el pesado ambiente, los ojos brillábanle extrañamente, y su brazo tenía súbitos estremecimientos. Malsana atmósfera les envolvía en su caricia; olor de humanidad, de cuerpos sudorosos, de aceite frito, de perfumes, de Fu y de amor hería su olfato; fuertes encontronazos en que se sentía el sobresalto de un contacto; apreturas en que el calor de otros cuerpos adivinados bajo las livianas vestiduras veraniegas crispaba la piel en una adaptación de todos los miembros, irritaba el tacto; frases truncadas, lascivas, evocadoras, acariciaban el oído, y bellezas bárbaras -ojos que quemaban, labios que mordían- tendían ante la mirada el panorama de un amor primitivo, brutal.

Antojósele a Rosalba detenerse en una rifa. Con grandes esfuerzos consiguió colocarse en primera fila y jugó. La dueña, una vieja de aquelarre, puso en su rostro rugoso, de sutiles ojillos grises, su mueca más amable, la mejor sonrisa de su repertorio; unas mujeres que jugaban quedáronsela mirando procaces, desafiadoras -¡qué se habría creído la señorona aquélla!-; un chulo arriesgó una caricia sobre su cadera, y un golfillo de ojos negros y encrespados pelos murmuró a su oído una obscenidad.

Azorada, la Rosalba retrocedió, y del brazo siempre de su acompañante internose en los boscajes de la Moncloa. Desde la alta bóveda, la luna, como una lámpara de plata, vertía su luz sobre el jardín, bañando las verdes hojas en argentina claridad; la música de la cercana fiesta llegaba vagarosa, impregnada de una melancolía malsana; de tarde en tarde traía la brisa, como un aroma afrodisíaco, el intenso olor de la verbena; por entre los altos árboles circulaban lentamente parejas sospechosas, los labios en los labios y los talles enlazados -faldas de percal y pantalones abotinados-, y se escuchaba rumor de besos y suspiros, frases truncadas, juramentos y promesas. Un bochorno horrible caía a plomo sobre la tierra, y tornaba a subir de ella, a mezclarse con otros olores en acre olor de humedad fecunda.

Free to Download MoboReader
(← Acceso rápido del teclado) Anterior Contenidos (Acceso rápido del teclado →)
 Novels To Read Online Free

Escanea el código para descargar la aplicación Manobook.

Subir

Compartir