ManoBook > Literatura > La torería

   Clásico 12 No.12

La torería Por Antonio De Hoyos y Vinent Palabras: 4503

Actualizado: 2018-11-14 00:03


-¡Ya! ¡Ya!

Rosita, mirando consternada a la «Visajes», musitó:

-¡Qué ingrato! ¡Yo que he pasado la vida queriéndole!

La otra la consoló a su manera:

-¡Déjate, que tiene ley y ya «golverá»!

Tina se quitó una sortija de brillantes, y sacándole el pañuelo a Julito la ensartó allí para obsequiar luego al matador.

Este, con la sangrienta muleta en la mano, se acercaba al toro tranquilo, sonriente. Por un instante la idea de morir rozó su frente como un pájaro agorero; pero los aplausos, los miles de miradas que sentía fijas en él, y, sobre todo, la dorada claridad de unas pupilas que le acariciaban, le infundieron valor. Sereno desplegó el trapo ante el hocico del toro, y con el pie azotó el suelo; embistió el bicho y «el Lucero» apenas hurtó el cuerpo; un pase de pecho, otro, otro… El público inició un aplauso ante la guapeza del torero.

Tina, anhelante, seguía el juego, sintiendo una deliciosa impresión de horror.

Otro pase aún, y éste tan de cerca, que el cuerno rozó la taleguilla. El torero, envuelto en áurea reverberación, permaneció inmóvil, frío y arrogante. Nutrida salva de aplausos premió su valentía.

-¡Es valiente! -aseguró la Pancorbo con irónica admiración.

Y la Suárez Salmón subrayó:

-¡Que lo diga Tinita, si no!

Había cuadrado al toro y se disponía a tirarse a matar. La fiera, a plomo sobre sus cuatro patas, parecía fascinada ante «el Lucero», que empuñando el estoque abatiera la muleta.

Un grito de horror se alzó de todos los ámbitos de la plaza, y luego se hizo un silencio de muerte. El toro, arrancando de improviso, había empitonado al diestro, y tras zarandearlo, lo arrojó por alto. Cayó al suelo y allí permaneció lívido, el pecho abierto en ancha herida, de que se escapaba un chorro de sangre.

Rosita se había puesto de pie, y desatentada, loca, hendía la multitud buscando una salida.

-¡Lo ha matado! -murmuró Julito, maligno, junto a Tina.

Pero la duquesa de Rosalba, muy pálida, hermética, oprimía en sus manos el pañuelo con la sortija y sonreía siempre, mientras sus ojos, dilatados de espanto, contemplaban al «Lucero», que yacía en medio de la plaza inerte, roto como un pobre pelele vestido de oro y seda.

Capítulo 6

-¡Si no nos dej

arán pasar! -arguyó la «Visajes» tratando de detener a su amiga, que, sudorosa, despeinada, las lágrimas resbalando por el bello rostro, corría arrastrando el mantón. Rosita no hizo caso; como loca siguió su ruta. El fleco del pañuelo se enganchó en una puerta y ella tiró, rasgando el crespón y dejando el trozo prisionero. La otra trató aún de convencerla.

-¡Mujer! ¡Si no dejarán entrar ni a su «mare»!

La dolorosa se volvió a ella, y trágica, como si se tratase de un duelo a muerte entre ella y la Rosalba en un desierto, arguyó:

-¡Lo has visto! ¡Mío, mío! ¡Ella no se ha «movío»! -y siguió su camino.

Llegaron a la puerta de los corrales, y la «Visajes» advirtió:

-¡Ten «cuidao», porque si te «diñan» no te dejan entrar!

-¡Aunque me maten, entro!

El portero les cortó el paso.

-Aquí no se entra.

Rosita no contestó; como una avalancha trató de arrollar al cancerbero, pero éste la cogió del brazo.

La «Visajes», a su vez, le dio un empellón.

-¡«Amos», hombre! ¿Usted qué se ha «creío»? -Y pasaron. Él vaciló entre seguir en su puesto o alcanzarlas; al fin se encogió de hombros. ¡Fuesen con Dios!

Cruzaron el patio de caballos, todo lleno de charcos de sangre y porquerías, entre las que circulaban ágiles los monosabios arrastrando los cuerpos de dos pencos convertidos en obleas.

A la puerta de la enfermería compacto grupo de aficionados, picadores y curiosos que habían conseguido colarse allí cerraban el camino. Rosita se lanzó entre ellos, y con empujones y ruegos llegó a la entrada. Un médico quiso impedirla aún el acceso; pero con formidable empujón apartole y entró.

Sobre el lecho, medio desnudo, entre jirones de seda y trozos de áureos bordados, teñidos de sangre, blanco y delgado como la escultura de marfil de un santo mártir adolescente -un San Sebastián- yacía «el Lucero».

En el rostro exangüe la nariz se perfilaba afilada por la hemorragia y los labios se entreabrían como una flor de muerte. Sobre la frente de jazmín caían algunos cabellos rubios, y una serenidad augusta le envolvía como un sudario.

Rosita, desatentada, loca, corrió al lecho y estrechó ansiosa entre sus brazos el cuerpo de su amante, que ya no le disputarían más que los gusanos.

***** FIN *****

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