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   Clásico 6 No.6

El pecado de Alejandra Leonard By José Pedro Bellán Palabras: 8368

Updated: 2018-11-14 00:03


Aunque pretendiese engañarse, Gualberto sólo amaba en Alejandra lo que ésta tenía de común con todas las mujeres: su expresión física. En cuanto a su inteligencia, a su carácter, a lo que había en ella de excepción, produjo a la larga una rebelión de su voluntad. Lo que fuera en un tiempo motivo de entusiasta admiración, de vanidad mal disimulada, se convirtió en un recelo oscuro. Gualberto era un hombre de hacer lo que quería, y frente a Alejandra se sentía flanqueado, sorprendido en un plano inferior. Era de esos que necesitan para accionar el constante aplauso de un espectador subordinado.

Alejandra lo comprendía. A través de algunas actitudes vigorosas había oído restallar el amor propio, como una brasa avivada. Al momento presintió que un enemigo de hierro se interponía entre los dos. Quiso luchar, pero la rectitud de su pensamiento, el vigor de sus sentidos, su natural inclinación a la veracidad, le quitaron el único motivo de triunfo: la astucia. Y asistía, horrorizada primero, dolorosamente resignada después, al desaguamiento lento, pero inevitable de su edad romántica.

Por eso, aquella noche. Alejandra no se sorprendió. Traía un aire de duelo, compungido. Hasta su ropa parecía de luto, recién confeccionada, esbozando una sonrisa donde sólo había una contracción espasmódica.

-Siéntate -le dijo, señalándole un sofá frente a ella.

El obedeció sin mirarla. Hubo un minuto intolerable de silencio, que acentuó la situación hasta deformarla.

Alejandra le observaba a dos pasos previendo lo que iba a escuchar. Y aunque su espíritu se hallase preparado, resuelto a afrontar la separación, lo que imaginaba doblegó su voluntad y no pudo reprimir un sollozo. Sacó de una de sus mangas un pañuelito, se alejó hasta un ángulo de la habitación y dejándose caer sobre un diván se puso a llorar bajito, ahogando los estallidos de su dolor para que no la oyesen de las piezas inmediatas. Gualberto se acercó indeciso, turbado, pareciéndole conveniente aplazar su resolución para otra vez. La llamó:

-¡Alejandra, Alejandra! ¡No llores!…

Era lo único que se le ocurría: que no llorase. Para ella estuvo todo dicho. Se puso de pie, quemó sus lágrimas y le dijo dignamente, con una serenidad conmovedora:

-El compromiso que se contrae ante el amor no es igual al que se contrae ante el comercio. Me apena verte tan embarazado para decirme que entre nosotros ya no hay nada.

-¡Oh!… no es sólo eso. Yo quería explicarme.

Ella le detuvo.

-¿Explicarte? ¿Para qué?

Tentaba de permanecer inconmovible, pero no lo lograba.

-Te lo diré en pocas palabras. Tú eres como todos los hombres y yo no soy como todas las mujeres. Y si hay aquí algún reproche es contra mi misma naturaleza que lo dirijo. ¿Qué aman ustedes de la mujer? La trivialidad con sus monerías, el concepto pueril, su cabecita loca, su aparente fragilidad. No me perdonarías nunca el tener que compartir conmigo el mismo plano de la vida. Me hubieses amado si hubiese sido hueca como las muñecas. Lo que aman ustedes de la mujer es su cuerpo y su eterna pasividad. Ignoro qué grado de legitimidad habrá en todo esto ni quiero saberlo. Sólo deseo destacar el motivo mezquino de esta pobre aventura. Porque yo te quiero como eres, a pesar de tu egoísmo y de su carácter impositivo. Porque si me dijeras: no hables, no hablaría; porque si me dijeras: no pienses: no pensaría. Estaba resuelta al sacrificio de mi pobre ser por ti, a convertirme en tu segundón sumiso, en la obediente compañera del Dueño y Señor. Pero tuviste miedo, sí, confiésalo. Miedo de que la mirada del esclavo te descubriese en la soledad, en el instante del recogimiento, cuando nos mostramos como somos; miedo de que el esclavo pesara tus pensamientos; miedo de que distinguiese las joyas malas de las joyas buenas. Este es el germen que mató tu amor. Puedes irte y en paz.

Gualberto, de pie, parecía esperar una pausa para decir algo; pero cuando Alejandra terminó, inclinó la cabeza y cruzó los brazos en un gesto de amargura. Sólo, después de un prolongado silencio, dijo reflexivo y doloroso;

-Tienes razón. Perdóname. No te apenes por esta separación. No soy digno de ti.

-Vete tranquilo -

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contestó a media voz.

Gualberto avanzó hacia ella, tendiéndole la mano, humilde, avergonzado, respetuoso. Alejandra se apresuró en responder al saludo, deseando terminar de una vez. Sonriente, casi cordial, le acompañó hasta la puerta de calle. Y cuando él se alejó, pesadamente, agobiado, sintiendo que el dolor de aquella vida le pesaba como un fardo, oyó aún su voz, doliente, apagada por las lágrimas:

-Que seas feliz.

Cuando Alejandra se volvió, la tía Clemencia estaba a su lado.

-¿Qué tienes? ¿Qué hay? ¿Han reñido?

Maternal la acogió entre sus brazos y la condujo hasta la sala. - ¿Dime, por qué se enojaron?…

Pero Alejandra, la cabeza apoyada sobre el seno de Clemencia, lloraba, lloraba…

Capítulo 4

El profesor Leonardo murió cuando su hija tenía veinticuatro años. Este suceso acabó por señalar en Alejandra los contornos definitivos de carácter.

Algunos meses más tarde, Clemencia le propuso pasar a vivir a Montevideo, donde estaba radicada su hija Elsa, de cuyo matrimonio había tenido dos hermosos varones, el mayor de los cuales contaba cinco años. Alejandra aceptó. Nada le retenía en Buenos Aires. A su enojo con Gualberto siguió un período de retraimiento, de abandono, de inmovilidad. Se había pasado días enteros sin salir de su cuarto, acostada, mirando obstinadamente hacia el cielo-raso, el sentido embotado por la cavilación, muda, sorda, sepulta en el pasado. Fue una embriaguez, larga, torturante, de pesadilla. Después reaccionó débilmente, en una penosa convalecencia. Había enflaquecido y en sus labios tenía un rictus de amargura que no alcanzaba a velar el movimiento de la sonrisa.

Volvió a la vida, sintiendo recrudecer en ella su ardiente curiosidad, su afán por el estudio, su franca aptitud para el análisis. Aceptó con placer una tarea que le ofreció su padre, investigación sobre la civilización incaica, y reanudó sus trabajos en la secretaría de una asociación cultural.

Un año y medio después y casi olvidada de su fracaso sentimental, sonrió a los galanteos de un poeta soñador que le dedicaba versos pulcros. Pero fue un amor que apenas duró cuatro meses. Una tarde, Alejandra tuvo la mala ocurrencia de criticar una de sus composiciones. Era un soneto donde aparecía "la ilusión de la mañana" que luego "se velaba en la fontana". En los tercetos se refería "al reposo de las tardes pensativas" donde, entre otras cosas, "soñaban las horas redivivas". Ella juzgó que era inocuo y vulgar. Discutieron. Unos días después, él le mandó una carta donde terminaba diciendo que, a pesar de las protestas de su amor, se veía en la cruel necesidad de poner los puntos sobre las íes. Y se acabó.

Alejandra leyó esta carta sin sorprenderse. Ni una queja, ni un sollozo. AI finalizar tuvo un ímpetu de rabia y estrujó el papel. Iba a arrojarlo al canasto, pero se detuvo. Quitóle las arrugas planchándolo entre los dedos y luego escribió al pie de la firma esta breve respuesta: "Tienes razón: el elemento intelectivo me resulta nefasto. No obstante, a pesar de los versos, creo que hubiéramos podido vivir bien".

Más que por el novio que perdía. Alejandra temió por el significado de su gesto. Haciendo memoria, halló una relación formal en la actitud de los dos hombres que había amado. Con pequeñas diferencias, el proceso amoroso de ambos presentaba idéntico desarrollo, desde el motivo de la iniciación hasta la causa de la rotura definitiva. Tanto en uno como en otro. Alejandra, había provocado el mismo fermento lírico, la exaltación por lo bello, la fantasía de la comunión espiritual. Pero luego, a medida que la vida iba exigiendo en cada uno lo que cada uno es capaz de dar, los dos se sintieron cruelmente mortificados por este mismo lirismo, por esa exaltación de lo bello, por esa comunión espiritual.

A Alejandra le pareció comprender que entre ella y el hombre se interponía un dilema cuyas consecuencias no podía prever. ¿Se hallaría en la necesidad de aceptar a cualquiera, al primero que quisiera casarse con ella, siguiendo el ejemplo de muchas de sus conocidas? ¿Continuaba siendo el matrimonio un espontánea elección del hombre y una incondicional adaptación en la mujer?

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