ManoBook > Otros > Novelas cortas

   Clásico 5 No.5

Novelas cortas Por Julia de Asensi Palabras: 8119

Actualizado: 2018-11-14 00:05


-No -interrumpió Genaro-; ni lo uno ni lo otro. Pelo castaño, ojos garzos, pálida, hermosa, elegante, esbelta.

-¿De quién se trata? -preguntó Rafael, entrando en la habitación de la fonda donde discutían sus tres amigos.

-Ven aquí, Rafael -dijo Santiago-; nadie mejor que tú puede sacarnos de esta duda. Aunque has llegado al pueblo hace pocos días, de seguro habrás observado que enfrente de tu casa vive una mujer acompañada de dos criados viejos, verdaderos Argos que la guardan y la vigilan, sin permitir que nadie se aproxime a su morada. Ninguno de nosotros ha alcanzado la suerte de ver a tu vecina, y hablábamos del tipo que imaginábamos debía tener. Tú, sin duda, la habrás visto, y podrás decirnos cuál acierta de los tres.

-Sé, en efecto, que enfrente de mi casa vive una mujer que, como vosotros, supongo será joven y hermosa -contestó Rafael-; de noche llegan hasta mí las dulces melodías que sabe arrancar de su arpa o los suaves acentos de su voz; pero en cuanto a haberla visto, os aseguro que jamás he tenido esa suerte, y sólo he logrado vislumbrar una vaga sombra detrás de las persianas de sus balcones. Hasta ahora me he ocupado muy poco de ella; la muerte de mi tío, su recuerdo, que me persigue sin cesar en esa casa que él habitó y que heredé a su fallecimiento, todo contribuye a que no busque gratas sensaciones; así es que apenas me he asomado a la ventana desde que llegué, y cuando lo hago es como mi misteriosa vecina, detrás de las persianas; así observo sin que nadie pueda fijarse en mí.

-¿De modo que no te es posible decirnos nada respecto a ella? -preguntó Anselmo.

-Nada -contestó Rafael.

-Yo apuesto un almuerzo a que he acertado -dijo Genaro.

-Y yo lo mismo -añadió Santiago.

-Y yo igual -murmuró Anselmo.

-En cuanto sepa quién gana, os lo comunicaré -dijo Rafael-. En mi calidad de vecino, podré saber antes que vosotros lo que deseáis averiguar, y tendré el gusto en dar la nueva al vencedor.

-Mañana -repuso Santiago-, partiremos los tres de caza al monte, y volveremos dentro de unos ocho días; entonces nos dirás cuál ha ganado de los tres.

-¿Tú no nos acompañas? -preguntó a Rafael Anselmo.

-No puedo -contestó el joven-; y además de tener ocupaciones, soy poco aficionado a la caza.

-Supongo que no habrás olvidado que nos prometiste comer hoy con nosotros -dijo Genaro.

-No; principalmente he venido por eso.

Durante la comida se habló de la misteriosa vecina; se renovaron las apuestas, y a las once se separaron Rafael y sus tres compañeros, quedando estos en la fonda y regresando el primero a su morada.

II

Cuando Rafael entró en su cuarto, en vez de hacer alumbrar la habitación, dio orden a su criado de que se retirase, y asomándose a la ventana, se apoyó en el alféizar, fijando sus miradas en la casa de enfrente.

La noche estaba obscura, el aire era tibio, y hasta el joven llegaba el aroma de las Fu que adornaban los balcones de la vivienda de su vecina.

Las persianas de aquellos estaban cerradas, y apenas se veía entre alguna un débil rayo de luz. Lo que sí percibía claramente Rafael era el sonido dulce y melancólico de una pieza musical tocada magistralmente en el arpa.

-¡Cuánto daría por ver a la que así expresa con la música las sensaciones de su alma! -exclamó.

Poco a poco se fueron extinguiendo todas las luces; la casa de enfrente quedó como la de Rafael, envuelta en la sombra, y entonces oyó el joven el ruido de una persiana que se abría. Vagamente divisó la figura esbelta y graciosa de una mujer vestida de blanco, que se asomó a uno de los balcones, apoyando sus brazos en la barandilla. Así pasó un cuarto de hora, y al cabo de él las campanas de la iglesia cercana empezaron a tocar con tal precipitación, que los dos vecinos no pudieron menos de asombrarse.

Sin embargo, la sorpresa de Rafael no fue de larga duración, porque bien pronto vio a lo lejos un resplandor rojizo y una columna de humo que se elevaba al cielo.

Un hombre pasó rápidamente por la calle.

-Dios mío, ¿qué sucede? -preguntó

ella dirigiéndose sin duda al transeúnte, que no la oyó.

Rafael, al escuchar aquel dulce acento, se sintió impresionado, y se apresuró a contestar.

-Señora, es un incendio.

-¡Un incendio! ¿Y se sabe dónde?

-Debe ser en la fábrica de papeles pintados que hay no lejos de aquí.

-¡Qué desgracia! -exclamó la vecina-. ¡Cuántas familias quedarán pereciendo si el fuego es de consideración!

-Corro a verlo y traeré a usted noticias.

Media hora después volvía Rafael a ocupar su puesto en la ventana de su casa.

-Señora -dijo a su vecina que permanecía inmóvil-, el incendio ha sido cortado y no hay que lamentar grandes pérdidas. El pueblo en masa ha trabajado con ahínco para que se extinga.

-Gracias al cielo, puedo retirarme tranquila. Le agradezco el servicio que me ha prestado, pues sé que no tengo ninguna desdicha que lamentar.

-¿Se va usted ya?

-Es muy tarde.

-¿Quiere usted hacerme un favor?

-Si está en mi mano…

-Precisamente: que antes de retirarse a sus habitaciones toque un momento el arpa.

La vecina se retiró, y poco después volvían a sonar los suaves acordes del instrumento. Rafael no se apartó de la ventana hasta que la vecina dejó de tocar; entonces se alejó; y durante toda la noche no cesó de soñar con ella.

III

A las once en punto de la siguiente, Rafael se asomó, y su vecina no tardó en imitarle. Habían hablado la víspera y era natural que se saludasen. Ambos tenían curiosidad por saber quiénes eran el uno y el otro, y él sacó la conversación sobre esto, empezando por decir:

-¿Hace mucho tiempo que se halla usted en este pueblo?

-Quince días -contestó ella.

-Yo también hace poco que he llegado. Vivía en Madrid, y tenía en esta tierra a un hermano de mi madre, al que quería mucho, y que ha muerto ahora, dejándome por heredero de todos sus bienes. Mi tío era muy conocido y apreciado aquí, D. Antonio León.

-Era amigo de mi padre -interrumpió ella.

-Es posible. ¿Cómo se llama su señor padre?

-Pedro Vázquez.

-No recuerdo haberlo oído nombrar. ¿Vive todavía?

-Tengo la desgracia de ser huérfana.

-¿Está usted aquí sola?

-Completamente sola.

-¿No tiene usted familia, ni hermano, ni esposo? -preguntó Rafael.

-No tengo hermano, y soy soltera -contestó ella.

El joven respiró libremente.

-¿Vive usted por placer en este pueblo? -preguntó pasado un instante.

-Me han mandado los médicos aspirar los aires puros del campo, y he elegido con preferencia este lugar porque no se halla lejos de la corte, donde he habitado siempre. Por lo demás, sé que todo cuanto haga será inútil porque mi mal no tiene remedio.

-¿Está usted enferma?

-Sí señor.

-No será tan grave como piensa.

-Tanto que temo morir aquí.

-¿Por qué tiene usted tan triste pensamiento?

-Quisiera equivocarme -murmuró ella-, pues a los veinticinco años nadie muere contento; pero si Dios lo dispone, me resignaré.

-Bien, es joven, pensó Rafael; ahora me falta verla y averiguar su nombre.

Hubo una breve pausa y él continuó:

-No se la encuentra a usted en ningún lado.

-No voy más que al jardín -contestó ella.

-¿Ni a misa?

-Me la dicen en el oratorio que tengo en mi casa.

-¿Le han prohibido a usted salir?

-Me lo he prohibido yo.

-¿Puedo saber por qué?

-Es un secreto.

-¿Sería indiscreción hacer a usted otra pregunta? -prosiguió Rafael.

-De ningún modo -respondió la joven-, hable usted.

-Desearía saber el nombre de mi vecina.

-Me llamo Carlota. ¿Y usted?

-Yo Rafael Torres. Solo me resta pedirle un favor: ¿consentirá en asomarse un rato todas las noches?

-Me asomaré con mucho gusto.

-¿No faltará usted nunca?

-Nunca. Las doce da el reloj de la parroquia y es hora que me vaya. Buenas noches.

Los dos se alejaron, y desde aquel día se hablaron a la hora convenida, y pronto pudieron convencerse de que no eran indiferentes el uno al otro.

IV

Cuando Anselmo, Santiago y Genaro regresaron al pueblo, Rafael no pudo decirles aún cómo era el rostro de su misteriosa vecina.

(← Acceso rápido del teclado) Anterior Contenidos (Acceso rápido del teclado →)
 Novels To Read Online Free

Escanea el código para descargar la aplicación Manobook.

Subir

Compartir