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   Clásico 9 No.9

El profeta Por Kahlil Gibran Palabras: 5638

Actualizado: 2018-11-14 00:03


Y una buena acción que se llama a ella misma con nombres tiernos se transforma en pariente de una maldición. Y algunos de vosotros me habéis llamado solitario y embriagado en mi propio aislamiento.

Y habéis dicho: "Se consulta con los árboles del bosque, pero no con los hombres.

Se sienta, solitario en las cumbres de los montes y mira nuestra ciudad a sus pies.

¿Cómo podría haberos visto sino desde una gran altura o de una gran distancia?

¿Cómo se puede estar cerca de verdad, a menos que se esté lejos?

Y otros, entre vosotros, me han llamado sin palabras, diciendo: "Extranjero, extranjero, amante de cumbres inalcanzables, ¿por qué habitas entre las cimas, donde las águilas hacen sus nidos? ¿Por qué buscas lo inobtenible?

¿Qué tormentas quieres atrapar en tu red? ¿Y qué vaporosos pájaros cazas en el cielo? Ven y sé uno de nosotros.

Desciende y calma tu hambre con nuestro pan y apaga tu sed con nuestro vino.

En la soledad de sus almas decían esas cosas.

Pero, si su soledad hubiera sido más profunda, hubieran sabido que lo que yo buscaba era el secreto de vuestra alegría y vuestro dolor.

Y que cazaba solamente lo más grande de vuestro ser, que camina por el cielo.

Pero el cazador fue también el cazado.

Porque muchas de mis flechas dejaron mi arco solamente para buscar mi propio pecho.

Y el que volaba se arrastró también.

Porque, cuando mis alas se extendían al sol, su sombra sobre la tierra fue una tortuga.

Y el creyente fue también el escéptico;

Porque yo he puesto a menudo mi dedo en mi propia herida para poder creer más en vosotros y conoceros mejor. Y es con esa fe y ese conocimiento que os digo:

No estáis encerrados en vuestro cuerpo, ni confinados a vuestras casas o campos.

Aquello que en vosotros habita sobre las montañas y pasea con el viento.

No es esa cosa que se arrastra bajo el sol buscando calor o excava agujeros en la oscuridad, buscando refugio.

Sino algo libre, un espíritu que envuelve la tierra y se mueve en el éter.

Si éstas son palabras vagas, no busquéis aclararlas.

Vago y nebuloso es el principio de todas las cosas, pero no su fin. Y yo desearía que me recordárais como un comienzo.

La vida, y todo lo que vive, son concebidos en la bruma y no en el cristal.

¿Y quién sabe si el cristal no es la decadencia de la bruma?

Yo desearía que recordárais esto al recordarme:

Aquello que parece más débil y turbado en vosotros es lo más fuerte y lo más determinado.

¿No es vuestro aliento el que ha erigido y endurecido la estructura de vuestros huesos?

¿Y no es un sueño, que ninguno de vosotros recuerda haber soñado, el que edificó vuestra ciudad e hizo todo lo que en ella hay?

Si pudiérais ver las mareas de ese aliento, dejaríais de ver todo lo demás.

Y, si pudiérais oír el mu

rmullo del sueño, no oiríais ningún otro sonido.

Pero no veis ni oís, y eso está bien.

El velo que nubla vuestros ojos será levantado por las manos que lo hilaron.

Y la arcilla que llena vuestros oídos será horadada por aquellos dedos que la amasaron.

Y veréis.

Y oiréis.

Y no deploraréis, entonces, el haber conocido la ceguera, ni sentiréis haber estado sordos.

Porque ese día conoceréis el propósito escondido de todas las cosas. Y bendeciréis la oscuridad como bendecíais la luz.

Estas cosas dichas, miró a su alrededor y vio al piloto de su barco de pie ante el timón y mirando, ora a las henchidas velas, ora a la distancia.

Y dijo:

Paciente, más que paciente, es el capitán de mi barco.

El viento sopla y las velas están inquietas. Aún el timón solicita una ruta.

Y, sin embargo, tranquilamente, mi capitán espera mi silencio.

Y esos mis marineros, que han oído el coro del inmenso mar, tienen también que oírme pacientemente.

Pero no esperarán ahora ya.

Estoy presto.

La corriente ha llegado al mar y, una vez más, la gran madre aprieta a su hijo contra su pecho.

Adiós, pueblo de Orfalese.

Este día ha terminado.

Se está cerrando sobre nosotros como un nenúfar se cierra sobre su propio mañana.

Guardamos lo que aquí nos ha sido dado,

Y, si no es suficiente, nos reuniremos de nuevo y juntos tenderemos nuestras manos hacia el dador.

No olvidéis que yo volveré hacia vosotros.

Un momento, no más, y mi anhelo reunirá espuma y polvo para otro cuerpo.

Un momento, un momento de descanso en el viento, y otra mujer me llevará consigo.

Adiós a vosotros y a la juventud que he pasado con vosotros. Fue ayer que nos encontramos en mi sueño.

Habéis cantado para mí en mi soledad, y yo, de vuestras ansias, he edificado una torre en el cielo.

Pero ahora nuestro sueño se ha ido y ya no es la aurora. El mediodía está sobre nosotros y nuestra somnolencia se ha cambiado en día pleno, y debemos separarnos.

Si, en el crepúsculo del recuerdo, nos encontráramos una vez más hablaremos juntos de nuevo y me cantaréis una canción más honda.

Y, si nuestras manos se unieran en otro sueño, levantaremos otra torre en el cielo.

Diciendo así, hizo una seña a los hombres de mar e, inmediatamente, ellos levaron anclas, soltaron las amarras y se movieron hacia el este.

Y un grito nació de la gente, como de un solo corazón y se elevó en el crepúsculo y se arrastró sobre el mar como un sonar de trompetas.

Sólo Almitra estaba silenciosa, siguiendo al barco con los ojos hasta que se desvaneció en la niebla.

Y, cuando toda la gente se dispersó, ella estaba todavía -sóla sobre el muro que da al mar, recordando en su corazón lo que él dijera:

"Un momento, un momento de descanso en el viento, y otra mujer me llevará consigo."

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