MoboReader> Fantasía > Los espectros

   Clásico 2 No.2

Los espectros By Leonid Nikolayevich Andreyev Palabras: 8071

Updated: 2018-11-14 00:03


-No hay que apurarse-tranquilizaba éste al doctor-. Ya está todo arreglado.

Los enfermos no eran muy numerosos en la clínica: once hombres y tres mujeres. Vestían como solían hacerlo en su casa, y había que fijarse mucho para darse cuenta de un pequeño desorden en su aspecto exterior, desorden contra el cual Chevirev no podía hacer nada. Llevaban los cabellos, por lo general, bien peinados. Las dos únicas excepciones eran una señora que se obstinaba en llevarlos sueltos, lo que producía una impresión cómica, y un enfermo, llamado Petrov, que llevaba el pelo y la barba muy largos, por miedo a las tijeras, y no permitía que le pelasen, por temor a que le degollaran.

En invierno, los enfermos preparaban por sí mismos un lugar para patinar, y se dedicaban con placer a dicho deporte. En primavera y verano trabajaban en la huerta, cultivaban Fu y parecían hombres llenos de salud, normales. En todas estas ocupaciones, Pomerantzev era siempre el primero. Sólo tres de los enfermos no tomaban parte en los trabajos ni en los juegos: Petrov, el de la larga barba; el enfermo que llamaba día y noche a las puertas, y una doncella cuarentona, de nombre Anfisa Andreievna. Durante muchos años había estado empleada como ama de llaves en casa de una condesa, algo parienta suya, donde dormía en una cama muy corta, casi de niño, en la que no podía acostarse sin encoger las piernas. Cuando se volvió loca, creía tenerlas encogidas para toda la vida y encontrarse, por tanto, en la imposibilidad de andar. A toda hora atormentábala el temor de que cuando muriese la colocaran en un ataúd demasiado corto, donde no pudiera estirar las piernas. Era muy modesta, suave, de lindo rostro exangüe, como se pinta a las monjas y a las santas. Mientras hablaba, sus largos dedos blancos arreglaban los encajes rotos de su peto. Le enviaban muy poco dinero para sus gastos, y llevaba trajes extraños, hacía mucho tiempo pasados de moda.

Tenía una confianza absoluta en Pomerantzev, y le rogaba con frecuencia que se cuidase del ataúd cuando ella muriese.

-Es verdad que el doctor me lo ha prometido; pero no tengo gran confianza; su papel es engañarnos, mientras que usted es de los nuestros. Además, no es gran cosa lo que le pido a usted: un ataúd largo costará unos tres rublos más que un ataúd corto. Ya he sacado la cuenta. Pero es preciso que alguien se cuide de eso. ¿Usted me lo promete?

-¡Sí, señora! Cuente usted conmigo. Haré una colecta entre los enfermos y se le construirá a usted un mausoleo en el cementerio.

-Muy bien. Un mausoleo; me parece muy bien. Se lo agradezco a usted muchísimo.

Y su pálida faz se coloreaba ligeramente, como blanca nube matutina herida por el primer rayo del sol.

Hacía mucho tiempo que no creía en Dios, y un día, como hubieran llevado a casa de la condesa unos iconos, cometió con uno de ellos un horroroso sacrilegio. Con este motivo, se cayó en la cuenta de que había perdido el juicio.

Durante los paseos, que eran obligatorios para todos los enfermos, Petrov se mantenía siempre a distancia por temor a un ataque súbito; en verano llevaba en el bolsillo, para defenderse, una piedra, y en invierno, un pedazo de hielo. El enfermo que llamaba a las puertas se mantenía también a distancia. Después de pasar rápidamente por todas las puertas abiertas, se detenía ante la del jardín y se ponía a llamar a ella, sin apresurarse, insistentemente, de un modo monótono, con intervalos regulares. Al principio de su estancia en la clínica tenía los dedos hinchados y cubiertos de cicatrices; pero con el tiempo se fueron tornando insensibles, la piel se endureció, y cuando llamaba, se podía creer que sus dedos eran de piedra.

Pomerantzev se creía obligado a charlar un poco con él siempre que le encontraba.

-¡Buenos días, señor! ¿Sigue usted llamando?

-¡Sí!-respondía el otro, mirando a Pomerantzev con sus grandes ojos tristes y extrañamente profundos.

-¿No abren?

-No-respondía el enfermo.

Su voz era débil, suave, como un eco, y tan extrañamente profunda

MoboReader, bring tons of novels with you.
Free toDescargar Manobook

como sus ojos.

-¡Déjeme usted, voy a abrir!-decía Pomerantzev.

Y empezaba a empujar la puerta, a forzar la cerradura; pero la puerta no cedía. Entonces añadía:

-Descanse usted un poco; mientras tanto, yo llamaré.

Por espacio de algunos minutos, Pomerantzev llamaba concienzuda y enérgicamente con el puño en la puerta. El otro descansaba, frotándose las manos y mirando con ojos asombrados, y al mismo tiempo indiferentes, al cielo, al jardín, a la clínica, a los enfermos. Era de elevada estatura, hermoso y fuerte aún. El viento acariciaba su barba entrecana.

Una vez se le acercó lentamente Petrov y le preguntó con voz queda:

-¿Hay alguien detrás de la puerta? ¿Quién es?…

-¡Es necesario que la abran!

-¡Qué tontería! ¿Y si entra cuando usted la abre?

-Es necesario que la abran.

-¿Cómo se llama usted?

-No lo sé.

Petrov se rió recelosamente y, apretando el pedazo de hielo que llevaba en el bolsillo, volvió de puntillas a su sitio, detrás de un árbol, donde se sentía en seguridad relativa en caso de un ataque súbito.

En general, los enfermos charlaban mucho y se complacían en la charla; pero apenas habían cambiado las primeras palabras, no se escuchaban ya los unos a los otros, y hablaba cada uno para sí. Merced a esto, sus conversaciones tenían siempre para ellos un gran interés.

Todos los días, el doctor Chevirev se sentaba, ya al lado de uno, ya al lado de otro, y escuchaba atentamente lo que los enfermos decían. Parecía que también él hablaba mucho; pero, en realidad, nunca decía nada y se limitaba a escuchar.

Todas las noches, desde las diez hasta las seis de la mañana, permanecía en el restorán Babilonia, y era incomprensible cómo tenía tiempo para dormir, para vestirse con tanto atildamiento, para afeitarse diariamente y aun para perfumarse un poquito.

III

Pomerantzev estaba siempre contento de todo y de todos. Además de estar loco, padecía del estómago, de gota y otras muchas enfermedades; a veces el doctor le ponía a régimen; a veces le privaba durante un día entero de todo alimento; pero a Pomerantzev todo esto le tenía sin cuidado. Estaba siempre de buen humor, incluso cuando no le daban nada de comer, y se enorgullecía de sus enfermedades, dándole las gracias al doctor Chevirev por la gota, que consideraba una enfermedad noble, con la que su importancia adquiría aún mayor relieve.

El día que el doctor observó por primera vez en él esta enfermedad, se llenó de satisfacción y estuvo todo el día dando órdenes, con grave acento, a los demás enfermos, que se distraían en levantar una montaña de nieve; se imaginaba ser un general que vigilaba la construcción de una poderosa fortaleza.

No había nada que no mirase con ojos optimistas, y hasta en los males encontraba siempre algo bueno. Una vez, en invierno, se inflamó de repente la chimenea de la clínica; temíase un incendio, y todos los enfermos estaban asustados. Sólo Pomerantzev se felicitaba; tenía la seguridad de que el fuego había destruido a los malignos diablos que, escondidos en la chimenea, aullaban durante la noche. En efecto: los aullidos cesaron, y Pomerantzev escribió un extenso relato de lo que había ocurrido y se lo envió al Santo Sínodo, que, por mediación del doctor, le contestó dándole las gracias. De cuando en cuando volaba a la ciudad, a su oficina; pero lo hacía cada vez más de tarde en tarde; todas las noches recibía la visita de San Nicolás, con quien acudía, volando, a todos los hospitales de la ciudad, y se dedicaba a curar enfermos.

Por la mañana levantábase agotado, cansado, con las piernas hinchadas y un dolor horrible en todo el cuerpo, y tosía terriblemente durante horas y horas.

-¡Qué! ¿Cómo se encuentra usted hoy?-le preguntaba el doctor, sentándose a su lado en la cama.

Pomerantzev, esforzándose en contener la tos, respondía:

-Me encuentro admirablemente. ¡Nunca me he sentido tan bien!

Y cuando había logrado dominar definitivamente el acceso de tos, añadía con una sonrisa jovial y los ojos brillantes.

Free toDescargar Manobook
(← Keyboard shortcut) Previous Contenidos (Keyboard shortcut →)
 Novels To Read Online Free

Escanea el código para descargar la aplicación Manobook.

Back to Top