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   Clásico 29 No.29

Los espectros By Leonid Nikolayevich Andreyev Palabras: 5827

Updated: 2018-11-14 00:03


Cleopatra.-No tengo nada que confesar. Soy víctima de una calumnia.

Marcio.-¡Señor profesor, estamos esperando!

Escipión.-¡Date prisa, te lo suplico! ¡Confiesa! ¡Oh, Júpiter, ya abre la boca! Esperad, señores sabinos: confiesa. Tapadle la boca a vuestro profesor, puesto que confiesa.

Cleopatra.-Bueno, confieso. (A las demás mujeres.) Vosotras también, queridas amigas, ¿verdad?

Escipión. (Con apresuramiento.)-Todas, todas confiesan. El asunto está arreglado.

Marcio. (Sin comprender una palabra.)-Permitid. Así, pues, Cleopatra, ¿reconoces que tú y las demás mujeres sabinas fuisteis raptadas durante la noche del veinte al veintiuno de abril? ¿No es eso?

Cleopatra.-¡Ya lo creo! ¡Desde luego no nos fugamos solas!

Marcio.-No, veo que no comprende todavía. Señor pro…

Cleopatra.-¡Esto es demasiado, Marcio! Permitisteis que nos robasen, no nos defendisteis, nos abandonasteis cobardemente, y ahora nos acusáis de habernos venido, gustosas, con los romanos. Yo declaro, Marcio, que fuimos robadas, raptadas del modo más innoble. Podéis leer el relato de nuestro rapto en cualquier manual de historia, amén (Solloza.) del diccionario enciclopédico.

Escipión.-¡Vamos, vamos! ¡Tapadle la boca al profesor!

(Pero la boca del profesor continúa abierta. El pánico aumenta entre los romanos. Algunos huyen.)

Marcio.-Todo se arregla, pues; reconocen que fueron raptadas. Hemos logrado nuestro objeto. Hasta el Cielo se indigna de tal crimen. ¡Vámonos, por tanto, a nuestros penates, Cleopatra!

Cleopatra.-¡No quiero ir a los penates!

Las demás mujeres.-¡No queremos ir a los penates! ¡Abajo los penates! ¡Nos quedamos aquí! ¡Nos insultan, quieren raptarnos! ¡Salvadnos! ¡Defendednos!

(Los romanos, blandiendo las armas, se interponen entre los sabinos y las mujeres. Poco a poco hacen retroceder a éstas hasta el foro. Lanzan a los sabinos miradas amenazadoras.)

Voces romanas.-¡A las armas, ciudadanos! ¡Defended a nuestras mujeres! ¡A las armas!

Marcio. (Agita la campanilla.)-¿Qué diablos pasa aquí? ¡Se diría que quieren reñir! ¡Yo me vuelvo loco, señores sabinos!

Proserpina. (Acercándose a los sabinos, y con acento persuasivo.)-Calmaos. Dejadme hablar a Marcio.

Una voz tímida.-¿Eres tú, Proserpinita querida?

Proserpina.-Sí, soy yo, amigo mío. ¿Cómo te va?… Venid aquí, Marcio. No temáis nada. ¿Os habéis percatado de que ni Cleopatra, ni yo, ni ninguna de las demás mujeres, queremos irnos con vosotros? Creo que está bien claro.

Marcio.-¡Cómo! Yo me vuelvo loco. No puedo vivir sin mi Cleopatra. Es mi mujer legítima. ¡Todo lo legítima posible! ¿Creéis que no querrá seguirme?

Proserpina.-¡Por nada del mundo!

Marcio.-¿Qué voy a hacer entonces? Como la amo, no puedo vivir sin ella. (Llora.)

Proserpina.-Calmaos, Marcio. (En voz baja.) Me dais lástima, y voy a deciros en secreto el único medio que os queda.

Marcio.-¿Cuál es?

Proserpi

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na.-Llevárosla a la fuerza.

Marcio.-¿Y creéis que así me seguirá?

Proserpina. (Encogiéndose de hombros.)-Si os la lleváis a la fuerza, se verá forzada a seguiros.

Marcio.-¡Pero eso sería innoble! Me aconsejáis que cometa un acto de violencia, a mí, que tengo un concepto tan elevado del derecho. Ya veo que, a vuestro entender, el derecho está por debajo de la fuerza. ¡Oh, las mujeres!

Proserpina.-Decididamente, Marcio, los dioses te crearon en un mal momento: eres demasiado tonto. Las mujeres no podemos amar sino a los hombres fuertes, audaces. ¿Crees que nos da gusto ser raptadas, robadas, reclamadas, perdidas, encontradas y vivir siempre así?

Una voz.-¡Proserpinita querida!

Proserpina.-¿Cómo te va, amigo mío? (A Marcio.) No queremos que se nos trate como un objeto cualquiera. Apenas me habitúo a un hombre, llega otro y me roba; apenas me aficiono al nuevo marido, se presenta el primero y se empeña en que me vaya con él. ¡No, Marcio! Si quieres conservar a la mujer, no la cedas a nadie; defiéndela de todo agresor, con las armas en la mano, sin retroceder ante los peligros, ante la muerte misma. Créeme, las mujeres saben apreciar tal suerte de heroísmo. Y ten en cuenta que las mujeres no traicionan sino a quienes las han traicionado antes.

Marcio.-¿Pero cómo podemos reñir con ellos? ¡Están armados, y nosotros estamos inermes!

Proserpina.-No tenéis más que armaros también.

Marcio.-Tienen músculos fuertes, mientras que nosotros…

Proserpina.-No tenéis más que fortaleceros también. ¡No, Marcio, eres terriblemente tonto!

Marcio. (Alejándose de ella.)-Y tú, mujer, estás loca. ¡Viva la ley! ¡Viva el derecho! Pueden arrebatarme brutalmente a mi mujer, pueden demoler mi casa, robar todos mis bienes; ¡yo no dejaré de conducirme conforme a la ley! El mundo entero puede burlarse de los desgraciados sabinos; ¡ellos no dejarán de respetar la ley! ¡Señores sabinos, en marcha! ¡Volvamos a nuestra casa! Llorad, derramad lágrimas, sin avergonzaros. Aunque se mofen de vosotros, aunque os tiren piedras, ¡llorad! Aunque os insulten, aunque os escupan en la cara, no dejéis de llorar, señores sabinos; debemos derramar lágrimas pensando en la ley ultrajada, en el derecho pisoteado. ¡Adelante, sabinos! ¡Trompetas, tocad la marcha fúnebre! ¡Dos pasos al frente, un paso atrás! ¡Dos pasos al frente, un paso atrás! (Las mujeres se echan a llorar.)

Cleopatra.-Espera, Marcio… ¡Un momento!

Marcio.-¡Déjame, mujer! No quiero ya nada contigo. ¡Un, dos! ¡Un, dos!

(Las trompetas tocan una marcha fúnebre. Las mujeres, llorando y gritando, pretenden lanzarse hacia sus antiguos mandos, pero se lo impiden los romanos entre carcajadas de triunfo. Sin hacer caso del llanto de las mujeres ni de la risa de los romanos, los sabinos se alejan lentamente, encorvados bajo el peso de los voluminosos temas jurídicos. ¡Dos pasos al frente, un paso atrás!)

TELÓN

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