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   Clásico 2 No.2

Cuentos morales Por Leopoldo Alas Palabras: 7491

Actualizado: 2018-11-14 00:04


Excuso decir que yo dejé de atender al quinto o al sexto verso; pero lo que después, en prosa, me dijo Higadillos acerca del cura de Vericueto, me llamó la atención bastante; y me propuse, en volviendo a la tierra, conocer la original personaje de quien se burlaba el famoso mozalbete de repugnante impiedad superficial y bachillera.

II

Yo tengo mi casa de campo en la marina, donde los montes alzan poco la cresta y parecen las olas suaves y nada altaneras que se deshacen sobre la playa en ondas graciosas, tenues, cada vez más tenues, hasta ser un cordón de encaje que entre el sol y la arena disipan de una sola chupadura. Las montañas, como olas de la tierra que van al encuentro de las olas del agua, son, en el alta mar de los puertos, gigantes que meten la cabeza cana, como de rizada espuma, por las nubes plomizas; pero según se van acercando a la costa, se van achicando, achicando, hasta ser colinas, cubiertas de verdores, hasta la cima, y luego suaves lomas que llegan a confundirse con las dunas, donde las montañas del Océano también se desvanecen.

Desde un altozano, donde tengo una huerta, u en medio de ella un modesto belvedere, suelo yo contemplar en la lejanía del horizonte, medio borrados por la niebla, los picos y las crestas de las sierras y cordales, que son la espina dorsal del Pirineo por esta parte cantábrica. Cuando el cielo está muy despejado por todos los puntos cardinales, se ve desde mi huerta los Picos de Europa, que parecen girones de nubes que a veces dora el sol, para mí ya ausente.

Pues una tarde, recreándome con la vaga poesía romántica de tales contemplaciones, este verano, me vino a la memoria de repente la imagen, a mi modo fabricada, del cura aquel de la montaña que Higadillos me había pintado en Madrid como un Harpagón de misa y olla. Por aquella tarde del horizonte, en uno de aquellos repliegues de piedra blanquecina que se destaca sobre las laderas de hayas, pinos, robles y castaños, vivía y tenía su parroquia el pobre sacerdote que yo deseaba conocer. En una de las estribaciones del Cordal de Suaveces estaba Vericueto, el lugar que daba nombre a la parroquia de mi señor cura.

Pensar en él y reanimarse el deseo de visitarle fue en mí todo uno; y como Higadillos vivía por allí cerca, y me había invitado repetidas veces con franca hospitalidad, y como pago de no pocos socorros con que mi flaca bolsa le había sacado de varios apuros, sin vacilar, decidí el viaje; y al día siguiente el tren me llevó cerca de aquellas sierras; u desde cierta estación, un mal caballo me sirvió para andar lo peor del camino, que fue el subir por cañadas peligrosas las primeras cuestas del Cordal de Suaveces; hasta dar con mis huesos molidos en la parroquia de Antuña, donde Higadillos me recibió con los brazos abiertos, pues era tan alegre y expansivo camarada, como superficial pensador y profundo mentecato.

Cuando le recordé su promesa de llevarme a casa del cura de Vericueto, y le declaré que esta visita era el móvil principal de mi viaje, se turbó un poco; así, cual algo contrariado; pero pronto se repuso, y, por lo menos, fingió celebrar mucho mi buena memoria y excelente propósito.

Y al día siguiente, muy de mañana, a pie, emprendimos la marcha, que fue toda cuesta arriba, pues era Vericueto lugar muy bien pintado por su nombre; porque, si os queréis figurar una montaña, muy puntiaguda, como una gran torre, podéis decir que Vericueto ocupaba el campanario.

III

Vericueto es una bandada de chozas pardas y algunas casuchas blancas esparcidas por la ladera aquella de Suaveces; parece que van al asalto de la cumbre, berrueco inmenso que amenaza desplomarse sobre la diseminada tropa y aplastar todas las viviendas que

encuentre en su caída; a la cabeza del asalto, es decir, en lo más empinado del lugarejo, se ve un grupo de aquellas chozas, de las más humildes, de las más viejas, rodeando la iglesia parroquial, mezquina fábrica, una mala capilla cuadrada, fea, prosaica, que hacen bien en ocultar casi por completo los corpulentos robles que la rodean, con hojarasca siempre gárrula y temblona, a poco, casi nada que sople la brisa. Si la iglesia estuviera blanqueada, como el obispo mandó muchas veces, la nieve de sus paredes brillaría entre las ramas verdes con hernioso contraste; pero no hay tal contraste, porque el cura aborrece los sepulcros -y la iglesia- blanqueados por fuera, y no quiere dar ganancias a los borrachos de los albañiles, blasfemos, quimeristas, jugadores… y volterianos, probablemente, aunque es claro que sin saberlo. Sin contar con que la mano de obra cuesta un sentido. Además, ¿qué se diría si el cura gastase dinero de la fábrica en pompas y vanidades, mientras no puede emplear un céntimo en lo otro, en lo del pique?

¿Qué es lo del pique? Ya se verá luego.

Más alta que la iglesia, más alta que todas las chozas del grupo, está la casa del señor cura, que para dar ejemplo de humildad y de protesta contra la hipocresía, tampoco está blanqueada por fuera… ni por dentro; y se está cayendo a pedazos y deja que yedra y más yedra trepe por los costados y amenace comérsela y enterrarla.

Si alguien le dice al párroco, y hace ya mucho tiempo que nadie le dice nada que se refiera al presupuesto de gastos, -Señor cura, ¿por qué no reteja usted la rectoral?

-En un pesebre -contesta el cura- nació Nuestro Señor; en un portal, o tal vez en una cueva, pero de seguro a teja vana.

-Pero, señor, que las paredes se están haciendo polvo…

-Quia pulvis es… Nosotros y las paredes de la rectoral somos de barro, y en cuanto hay sequía, naturalmente, volvemos al polvo.

Además, ¿había de gastar dinero en tejas y adornos de confitería para poner la rectoral como un castillo de terrones y bizcocho, mientras no se gasta un ochavo, a pesar del peligro inminente que amenaza a todos, en lo del pique?

Y sobre todo, concluía el cura; Fiat just et ruat caelum. -Cúmplase la ley, y húndase el cielo, y con él la rectoral-. Y la ley es: «que tu mano izquierda no gaste lo que gane la derecha».

Pero repito que todas estas conversaciones ya estaban en desuso. Años hacía que nadie se acordaba de molestar al cura de Vericueto aconsejándole gastos que no había de hacer.

La única vez que el obispo llegó en su visita cerca de Vericueto, se abstuvo de subir a la iglesia porque estaba muy arriba, y porque lo del pique, que el cura le exageró, a propósito, para que no subiera, le dio un poco de asco y le hizo pensar: «No vaya a llegar el obispo en el momento en la cosa suceda… ya que ha de suceder». Y no subió a Vericueto.

Pero ya es hora de que subamos nosotros, sin miedo a lo del pique; que por ahora no sabemos lo que es.

Jadeante, dignos de que nos enjugara el rostro la Verónica, con la americana al hombro, llegamos Higadillos y yo al atrio de la iglesiuca; asomamos las narices por unos agujeros de la puerta principal, que dejaba ver el interior del templo, mezquino, adornado más de grietas y telarañas que de retablos e imágenes… Pero allí corría un vientecillo más fresco, y el miedo a la pulmonía nos hizo continuar la marcha, hasta dar en la quintana de la rectoral misma; y sin pararnos a saludar a las gallinas y al perro, que nos recibió gruñendo, entramos en lo que debiera ser portal y era ya la cocina. O no había chimenea para el hogar, o el funcionaba bien; ello era que le humo llenaba la estancia, y después de muchas idas y venidas salía por el tejado, metiéndose por donde podía.

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