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   Clásico 3 No.3

Cuentos morales By Leopoldo Alas Palabras: 8014

Updated: 2018-11-14 00:03


La casa tenía planta baja y un piso; pero la parte de este, que estaba sobre la cocina hacía muchos años que se había deshecho, podrida la madera; se había inutilizado y a trechos se veía desde abajo el desván. El humo salía por allí a sus anchas; en la cocina no encontramos alma humana, pero sí de cerda, pues, gruñendo también, nos salieron al encuentro dos de la piara de Epicuro, como diría el párroco; pero no dos volterianos, sino dos de Teberga, con la oreja larga, dos que prometían para un próximo porvenir excelentes jamones, dignos de la fama de su pueblo.

Al sentir que no cejábamos, los señores de la Cerda se acobardaron y corrieron hacia las habitaciones interiores, sirviéndonos, sin pensarlo, de guías, y anunciando nuestra presencia.

-¿Quién anda ahí? -gritó una voz áspera y perezosa allá dentro.

-Gente de paz -contestó Higadillos disfrazando la suya.

-¡Ramona! ¿No está ahí Ramona? ¿Qué pasa? ¿quién va?

-¡Somos los hombres… del porvenir!… -cantó mi amigo con música de La Marsellesa.

-¡Ah, vaya! Adelante… el Gran Oriente.

Pisando despacio, con cierto recelo o respeto, no sé por qué, entramos en una sala estrecha, cuyo pavimento no se sabía de qué era, pues lo cubría capa empedernida de secular suciedad, aluvión de la desidia amasada con polvo, restos de todos los despojos e inmundicias. En la sala no había nadie más que los futuros Ifigenios del mondongo, que al creerse acosados, parecían dispuestos a una defensa digna del más refractario jabalí.

Higadillos y el que suscribe tuvimos miedo.

Pero la voz, que sonaba en una alcoba del fondo, rugió de esta suerte:

-¡Chin! ¡chin! ¡fuera, chin! ¡Ramona, torna los gochos!

No se presentó aquella mitológica Ramona a tornar a los señores de la Cerda; pero ellos, a los gritos del amo (tal vez porque se llamaban chin los dos, siendo tocayos), huyeron por la puerta que dejamos franca con mil amores. La sala era, por lo visto, comedor y biblioteca y… bodega. A un lado había una mesa de castaño, de grandes alas dobladas; cerca de ella anqueles de pino con platos y otros enseres de rudimentario menaje culinario; enfrente, en un estante, en forma de tríptico, tosco y sucio y viejo, algunas docenas de libros mezclados con botellas, unas lacradas y otras vacías. La leyenda de oro estaba custodiada por dos ejemplares de sidra de Cima embotellada; y en cuanto a Perrone parecía que le llevaban preso dos corpulentas, y muy galoneadas de oro y rojo, botellas de cognac, de cuello de cigüeña.

-¿Se puede, señor de la tribu de Levi?

-Ya he dicho que pase el Gran Oriente.

-Es que no vengo solo.

-Pues adelante con los faroles… de toda la masonería militante…

Higadillos levantó una cortina de percal verde, y yo, sin pasar del umbral, desde la puerta de la alcoba, que tenía luz propia, la de una gran ventana a Oriente, vi en una cama de nogal, ancha y recia, bajo una colcha de punto, blanca y limpia, un busto de clerigón, una camisa de buen hilo, de señor, fina y reluciente, pero sin tirilla, como si hubiera reventado por arriba para dejar libre la salida del cuello de atleta, fuerte, sonrosado, de músculos fornidos; digno fuste de una cabeza que me recordó en seguida algunos de los grabados con que Doré ilustró los Cuentos droláticos de Balzac.

La impresión general que producía aquel rostro despertaba la imagen del tronco de una añosa encina… con verrugas. Era una gran masa de carne surcada por arrugas expresivas, regueros por donde corría la malicia que tenía sus manantiales en los ojos pequeños, agudos, picarescos, llenos de chispas que saltaban con las palabras. La cara del cura de Vericueto no era un cliché de la fisonomía del avaro, era un misterio complicado en que no había de seguro más que la malicia, la astucia… y un no se sabía qué de bondad, de honradez latente arraigada en el espíritu. Recordaba una de esas grandes sátiras con que la Edad Media supo zaherir al clero sin lastimar a la Iglesia.

IV

Don Tomás Celorio, a quien t

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odos los curas del arciprestazgo llamaban familiarmente «Vericueto» por el nombre de su parroquia, llevaba de párroco propietario veinte años, y hacía dos que no se movía de la cama.

Poco a poco le habían ido acorralando los achaques, y cuando ya no pudo defenderse y tuvo que rendirse al peso de su corpachón y de los cánones, que exigieron otro clérigo en la parroquia, admitió el auxilio a regañadientes, tomó al coadjutor como a enemigo solapado de los intereses propios, y no le cedió un ochavo de cuantos derechos le pertenecían, habiendo de atenerse el intruso, que en rigor lo hacía todo, al mezquino sueldo de su Cargo Secundario.

Celorio mandaba y disponía desde la cama cual un Caudillo que, rendido por las heridas en tierra, sigue dirigiendo una batalla. El cura seguía siendo él; nada de economato; un coadjutor como otro cualquiera; no consentía Celorio, ni al obispo en persona, que se le tratara como un trasto inútil. «Yo soy ahora un párroco inmueble, gritaba, pero párroco en funciones; mi iglesia es mía». Y como no podía ir al templo, ejercía la cura de almas desde su lecho como Dios le daba a entender. Su gran afán era no perder un cuarto de cuantos la ley católica le concedía como cura propio de Vericueto. No bautizaba, ni llevaba al Señor a los enfermos, ni casaba ni enterraba a nadie, pero cobraba todo lo que hacía a la caso, y para cumplir con las apariencias, de tarde en tarde, reunía en torno de su lecho a las beatas y a los santurrones de la parroquia, y les enderezaba una plática breve, con voz gangosa y enérgica entonación, predicando siempre en favor de la caridad y el desprecio de los bienes efímeros de este mundo.

También seguía siendo desde la cama padre espiritual de algunas privilegiadas criaturas, viejas místicas que acudían a la cabecera del lecho de nogal convertido en confesionario, y allí, de rodillas junto a la mesilla de noche, declaraban sus culpas, que Celorio oía rascándose el cogote. Lo más gracioso era que no pareciéndole decente escuchar los pecados ajenos, y atar y desatar en mangas de camisa, como un mozo de cordel, reconocía la necesidad de revestirse de ciertas ropas que, sin hacerle salir del lecho, dejarán ver en él al sacerdote. No le servía la sotana, que era demasiado larga… y además porque estaba hecha pedazos. La única que tenía le había durado veinte años, y estaba or todas partes agujereada, inservible; y como en la cama no la necesitaba, había discurrido no comprar otra; siendo, en su opinión, esta una de sus economías más razonables. Pero, gracias a Dios, Ramona, el ama de Celorio, vestía de por vida el hábito de los Dolores, u el cura dio en la peregrina invención de meterse por la cabeza una falda negra, de alpaca, propiedad de Ramona, que la lucía los domingos. Con aquella falda sobre la camisa absolvía Celorio a las hijas de confesión que acudían al pie de su lecho en busca de la gracia.

Lo mismo que la cura de almas y consiguientes derechos de estola y pie de altar, dirigía y cobraba a don Tomás, sin salir de la cama, sus negocios y ganancias temporales: pues dijeran lo que quisiesen allá en palacio, era el párroco de Vericueto tratante en una porción de artículos de consumo, y ejercía en el mercado de la próxima villa de Suaveces una especie de hegemonía económica, que no era monopolio, pero sí supremacía lucrativa. Con gran descaro, y sin miedo a denuncias, Celorio ganaba honradamente, pero con olvido de las leyes eclesiásticas, muy buenos réditos de un capital esparcido en multitud de pequeñas industrias y comercios, tales como la cría de cerdos, las vacas en comuña o aparcería, venta de legumbres, frutas, gallinas y hasta pañuelos de seda en una tienda del aire, o sea puesto ambulante, de baratijas, en que, junto a los colorines de la seda indiana, brillaban las piedras falsas de la joyería, pendientes y collares mezclados y confundidos con rosarios, escapularios, cintas tocadas al Santísimo Cristo de Cueto, y medallas procedentes de Roma y bendecidas por el Papa.

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