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   Clásico 4 No.4

Cuentos morales Por Leopoldo Alas Palabras: 8015

Actualizado: 2018-11-14 00:04


Si a todos estos anzuelos del industrioso párroco acudían los ochavos que con tanto sudor ganaban los aldeanos del contorno, debíase, no a malas artes, ni menos a imposiciones hierocráticas, sino a la lealtad y honradez de las transacciones, a la baratura de los productos, a la parsimonia con que Celorio procuraba cierta ganancia en cada trato, en cada venta, siendo su afán, no el lucro excesivo, fabuloso, en cada caso, sino la muchedumbre de negocios. Su lema era no consentir cohecho ni perdonar derecho; todo lo suyo para él, pero nada más que lo suyo.

«El ojo del amo engorda el caballo», era otra máxima popular que le sirvió de guía y norte mientras pudo andar por su pie. Aunque es claro que, descaradamente, él no se ponía en el mercado detrás del mostrador (un banco portátil) de su tienda a vender arracadas y cintas del Cristo, rondaba por allí cerca: iba, además, de un puesto a otro; de las berzas, repollos y remolachas a la cesta de fruta, y hasta se le veía en el mercado de cerdos, saltar entre los menudos lechoncillos con la sotana un poco levantada, como al descuido, pero muy atento, las transacciones que le importaban harto más que el encargado de la venta. A veces olvidaba todo disimulo, y cuando sus intereses estaban amenazados por exigencias excesivas del comprador, el cura, con toda su actividad y pericia, terciaba en el trato; y hasta llegaba a declararse propietario de la cosa en la venta cuando se ponía en duda el mérito de los productos. Solía esto suceder tratándose de lechugas, tomates y pimientos, que eran el orgullo del buen párroco, hortelano de vocación. Sabía él que declarar la procedencia de aquellos frutos era tanto como hacer su apología, pues la huerta del cura de Vericueto tenía fama muchas leguas a la redonda.

En ocasiones, cuando todos eran de casa, es decir, no había en el mercado gente forastera, Celorio se despojaba de todo disimulo y se sentaba sobre una cesta volcada, entre sus repollos y berzas; y mientras se comía una cebolla que iba remojando en agua, pesaba y repesaba, cobraba la calderilla y entregaba al comprador los cogollos rozagantes, orgullo y amor del buen Columela tonsurado.

Que de estos y otros parecidos excesos llegaban soplos al obispo, ya lo sabía él; pero también le enseñaba la experiencia que el obispo hacía oídos de mercader, porque profesaba a Celorio un cariño cogido allá en la adolescencia, en el seminario, a la edad en que las amistades se injertan para no separarse en la vida.

Siempre le había repugnado la idea de que el lícito comercio estuviera vedado a los clérigos. Parecíale esta prohibición especie de estigma que para siempre deshonraba la industria más universal y necesaria. «Mientras tenga la Iglesia por cosa mala para sus sacerdotes el cambio leal y justo de sus mercancías por dinero, los mercaderes se creerán autorizados para ser algo ladrones. Si el comercio estuviera sólo en manos de quien recibe al Señor en su cuerpo todas las mañanas, y lo recibe dignamente, mejor andarían los negocios; iría el crédito como una seda, se evitarían pleitos, gastos, policía, cien y cien trabas, obra muerta, muy cara y embarazosa, de la vida económica. Quédese para los paganos tener el mismo dios para el robo y para el comercio. Si Jesucristo arrojó del templo a los mercaderes fue por vender en el templo; pero al mandarnos pagar el tributo, que es el precio de la paz y el orden que debemos al Estado, bien nos dijo el Señor que en comprar y vender no hay pecado.

Más aún que tales teorías, la irresistible necesidad del lucro legítimo mantenía a Celorio en aquella situación algo irregular de pastor que convertía a su rebaño en consumidores de sus productos; de párroco que convertía a sus feligreses en parroquianos.

Pero no bastaba ganar, era necesario ahorrar, gastar lo menos posible. Celorio vivía como un cenobita, no por penitencia, no por mortificar la carne, que de todos modos en él prosperaba, gracias al buen natural y a la vida morigerada e higiénica; vivía con m

uy poco por guardar mucho; y a tanto llegó en él este espíritu de economía, que le sacrificó hasta el instinto de conservación, como lo demostró en el asunto que se llamaba del pique, el cual vamos a ver, por fin, en qué consistía.

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V

En lo más alto de aquella montaña, camino de cuya cumbre, y no muy lejos, estaba la iglesia y rectoral de Vericueto, mas otras muchas casas y chozas de la parroquia, había, según ya se ha dicho, un enorme berrueco, o sea peñón ingente que, no sé si se dijo también, amenazaba desplomarse sobre aquellas frágiles moradas y hacerlas polvo. Esto de la amenaza no es retórica, sino la pura verdad; porque, según pude ver por mis ojos aquel día que visité al cura Celorio, la tal peña, grandísima y formidable, estaba como por milagro sostenida en la altura, y el instinto de las leyes del equilibrio que a nuestro modo, y por observación, tenemos todos, le decía a cualquiera que la mole granítica o lo que fuese (granítica no sería, pero ya pesaba sus miles de quintales) no debía de poder mantenerse mucho tiempo, si caigo o no caigo, y tenía que caer por fuerza el día menos pensado. Poco a poco ya se había venido inclinando, y si había grandes tormentas, cuando las aguas arañando la tierra rodaban con gran fragor de lo más pino y eminente, la fiera de la altura se sacudía un poco, rompiendo algunos eslabones de la cadena que la sujetaba todavía; ello era, sin metáforas, que el agua y el viento trabajaban como en una mina, en el asiento secular de aquella mole, y cada vez era mayor el peligro de que le faltase punto de apoyo y se dejara caer al valle rodando, de seguro, pues no había otro en camino, sobre la rectoral de Vericueto, su iglesia y el lugarejo que las rodeaba. Y si el berrueco se desplomaba no podía quedar piedra sobre piedra, ni bicho viviente en todos aquellos edificios que tenían existencia tan precaria con amenaza tan fiera.

La industria de aquellos pobres montañeses ya de muy atrás había procurado impedir, o por lo menos dilatar, la catástrofe; y aunque parezca mentira es verdad que con cuerda, con débiles cuerdas, puntales, ramaje entrelazado, especies de trincheras y otras fábricas no más seguras, los vecinos de Vericueto habían puesto como dique al diluvio de piedra que los amenazaba; y tenían como obligación inmemorial el renovar de tarde en tarde la complicada máquina de su pobre defensa.

Muchos forasteros, al ver con espanto aquel inminente peligro, habían indicado la idea de emigración de aquellas buenas gentes. «¿Cómo consentían en seguir habitando lugares que tanto daño podían recibir a la hora menos pensada?». A esto los de Vericueto no contestaban más que con encogerse de hombros, como los aldeanos pobres, y aún muchos ricos, cuando les hablan de curar males crónicos y de muerte con gastos exorbitantes

¡Mudarse! Ahí es nada, ¿Y adónde había de ir? -El cura Celorio era el primero que encontraba descabellada la idea de abandonar la parroquia. Sería una especie de traición. Además, la costumbre del peligro se lo había hecho ver tan remoto que, en el fondo, los naturales de aquella altura amenazada ya no tenían miedo. En tiempo de sus padres y de sus abuelos ya amenazaba caer la Muela, que así llamaban al peñón, no sé por qué; y no había caído. ¿No tiraría una generación más? Nadie negaba que había desprendimientos de tierra, que la peña se ladeaba más cada pocos años, que la defensa de cuerdas, maderos y tierra era pobre cosa, cada día más inútil… Pero el peligro, que en buena filosofía, en pura lógica, nadie negaba, no los tenía asustados. El cura veía que era algo así como las amenazas de los castigos eternos, o muy largos y duros, de la otra vida, que nadie por allí negaba, y sin embargo hacían en los feligreses poca mella. Nadie desconocía que al malo le espera el infierno o el purgatorio, a buen dar; y con todo… se vivía como si el fuego eterno, o secular por lo menos, fuera cosa d ela semana que no traía jueves. Lo mismo sucedía con lo del peñasco.

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