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   Clásico 5 No.5

Cuentos morales Por Leopoldo Alas Palabras: 8377

Actualizado: 2018-11-14 00:04


Celorio era de los que más claro veía el peligro, pero también de los que, generalmente, menos miedo tenían a la catástrofe, para él indefiniblemente aplazada. «No será en mis días», pensaba con cierta esperanza, parodiando sin saberlo, la famosa frase de un diplomático, también con órdenes mayores.

En los gastos que ocasionaba la pobre defensa que de tantos años tenía fabricada Vericueto para que la peña no se le viniera encima, comenzaron las disensiones y reyertas entre los vecinos, y principalmente con el cura; reyertas y disensiones que envenenaban la vida de la aldea harto más que el miedo a la común desgracia que no acababa de venir. Para algunos escépticos era una superstición, aunque ellos no le llamaban así, el miedo a la Muela; estos empíricos exagerados, como no pocos sabios, no admitían que lo que no había sucedido en tantos y tantos años fuera a suceder el mejor, o más bien, el peor día. Lo de desplomarse, y hundir el lugar, el berrueco, era para ellos como la metafísica para ciertos boticarios científicos. «¡Muy largo nos lo fiáis!» venían a pensar, como decía el don Juan Tenorio de Tirso.

El cura no era de estos; pero él creía que los gastos de la reparación de cuerdas, trabajos en los estribos y puntales, etc., etc., que contenían la Muela, debían estar repartidos a proporción del miedo de cada quisque. Otros que más debía gastar el que más tenía que perder; pero el cura a esto replicaba que secundum quid. Él, bienes materiales tenía por allí más que otros, pero no tenía mujer ni hijos, y a Ramona… que la partiera un rayo. Y sobre todo, que no era el interés sino el miedo al peligro lo que debía, contarse. Y fundado en esto, se negaba a contribuir al entretenimiento de la fábrica de defensa, porque, en resumidas cuentas, él no tenía miedo a la muerte, ni estaría bien que diese tanto precio a la efímera existencia terrena un ministro del Señor.

«Si en desplomarse o no la Muela me fuese a mí la vida del alma, yo pagaría, aunque fuera sólo, todas las cuerdas y vigas que fuese menester: pero el cuerpo, ¿qué me importa a mí el cuerpo?».

Después, cuando supe ciertas cosas, comprendí que a Celorio otra le quedaba; importábale mucho, por lo que más adelante se verá, que su vida terrenal no se cortase de repente y llegara a cierto tiempo; pero en él luchaba el miedo al peligro de perder la existencia, necesaria para las ganancias, con la repugnancia a gastar en obra tan improductiva, y acaso inútil, como aquellas ataduras frágiles de la Muela.

Toda esta guerra de vecindad, sin embargo, era sorda casi siempre y de poco alcance; pero otra cosa fue cuando surgió la cuestión verdaderamente política y social, que se llegó a llamar lo del pique.

Ello fue que un alcalde de Suaveces, más celoso que otros, o más enemigo de Celorio y los de su partido, que era el retrógrado, el absolutista, o como quiera llamarse, llevó a cabo en la cumbre de Vericueto una revista, que él llamó inspección ocular, y vino en decretar que el berrueco llamado la Muela amenazaba ruina (así dijo en el Ayuntamiento) y era necesario que mediante una derrama, o sea contribución local extraordinaria, los vecinos de Vericueto aflojasen la mosca para pagar los gastos necesarios para proceder al derribo, o lo que fuera, de aquel peñón que podía aplastar medio concejo.

Pero los de la parroquia, unidos esta vez al cura como un solo avaro, pusieron el grito en el cielo, cuanto y más en el berrueco, y juraron morir aplastados como sapos antes que cargar con el mochuelo; pues lo que se les pedía estaba muy por encima de sus posibles, y la obra que el alcalde juzgaba necesaria era en interés, no sólo de Vericueto, sino de todo el concejo; por lo cual Suaveces en masa debía contribuir a los gastos.

Que sí, que no, que qué sé yo; ello fue que se hizo cuestión de partido, de cacique contra cacique, de elecciones; y unos por otros la casa por barrer: el Ayuntamiento que el cura, el cura que el Ayuntamiento o Poncio Pilatos; el berrueco siempre tan tieso, es decir, tan torcido, y si caigo no caigo.

Y esto era lo del pique. Por si has de pagar tú o he de pagar yo, nadie se acordaba de conjurar el peligro, que podía ser en daño

de muchos; y los más interesados en la obra proyectada eran los más tercos. Estaban dispuestos a morir como héroes antes que soltar un cuarto al efecto de lo que el alcalde pedía.

Y así pasaron años, y el cura Celorio cayó en cama; de modo que para su persona el peligro aumentaba. Vino el alcalde a verle para hacerle la forzosa; le dijo que reparase en el peligro que corría; que ahora no podía valerse ni echar a correr; más es, recordando una frase que le había apuntado el médico, exclamó:

-Mire, señor cura, que con tener el peñón como lo tiene constantemente, amenazándole encima de su cabeza, está usted como si estuviera bajo la espada de Demócrito.

-Bueno -repuso el cura-; pues dele expresiones a Demócrito, señor alcalde, que yo no aflojo la bolsa ni por Demócrito riendo, ni por Heráclito llorando, cuanto más por ese Damocles como otros le llaman.

Y en esta situación estaban Celorio y lo del pique, cuando yo acompañado de Higadillos, fui a conocer y tratar a D. Tomás Celorio, cura de Vericueto.

VI

No saqué de aquella, y otras visitas, la impresión y el juicio que Higadillos pensaba; encontraba, lo mismo en los ojos que en la sonrisa, que en las palabras de Celorio, un fondo de delicadeza así como vergonzante, que no se compadecía con las cualidades del tipo, groseramente epicurista, avaro, carnal y cazurro que Higadillos pintaba en su poema y en su conversación.

Lo que yo vi, por lo pronto, en nuestras prácticas con Celorio, es que este se burlaba lindamente, pero sin saña, de la ciencia valetudinaria de mi huésped y amigo, el cual, en materias filosóficas y de teología, así dogmática como histórica, estaba muy poco fuerte.

Higadillos, por ejemplo, opinaba que los católicos tenían obligación de creer que Cristo estaba en el cielo sentado a la diestra de Dios Padre; y era de ver cómo Celorio, oyendo esto, sacudía la cama de nogal con las carcajadas, y hasta un poco de tos, que el donoso disparate le producía.

-Pero, ciruelo -exclamaba en dejando de toser-, ¿cómo ha de ser literal eso de la diestra de Dios, si Dios, como no es cuerpo, no tiene derecha ni izquierda?

-Pues es de fe -gritaba Higadillos.

-Lo que es de fe, yo a lo menos lo creo como si lo viera, es que sabe usted tanto de teología como yo de herrar moscas.

Era Celorio hombre de cierta instrucción, aunque de pocas noticias precisas, por tener sus principales estudios fecha muy remota.

Noté que a veces, si Higadillos no le miraba, guiñaba un ojo, sacaba la lengua, y vine a comprender que la preparaba una gran broma.

Segunda parte

I

«En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Yo, Tomás Celorio, cura párroco de Vericueto, quiero que valga como testamento mío, en que dejo declarada mi última voluntad, este que firmo y redacto por mi propia mano en esta forma tan diferente de las usadas para tales casos, pero no menos válida si hay justicia en la tierra. -No dejo el cuerpo a los gusanos, que ya ellos se lo tomarán sin mi permiso, como cosa muy suya que es; ni dejo el alma a Dios, que fuera dejarle lo que nunca fue mío y siempre de Su Divina Majestad, como Él probará con mandarla adonde a su Justicia convenga. Lo único mío es este montón de papeles, entre los cuales se encontrará este mi testamento, junto todo ello en un arca, si antes algún ladrón, engañado por la fama falsa de rico de que me ha cargado la malicia, no entra en él escondite del supuesto tesoro que guardo bajo la cama, y con la ira del desencanto destruye todos esos documentos para él inútiles, y que para mí representan el descanso de mi vejez, la paz de mi conciencia, y el rescate de mi pundonor ultrajado. Pues esto de que dispongo, y que ha de ser todo lo mío, si se liquida bien mi herencia, y se compara justamente el debe y el haber que dejo a la hora de mi muerte, quiero que sea de la propiedad de D. Gil Higadillos y Fernández, filósofo y maldiciente de profesión, mi buen amigo a pesar de todo, y que ha de tener un buen sentir antes de verse en el trance por que yo habré pasado cuando esto se lea, y morirá en el seno de mi Santa Madre la Iglesia, según a Dios le pido en mis frecuentes oraciones.

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