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   Clásico 6 No.6

Cuentos morales Por Leopoldo Alas Palabras: 8330

Actualizado: 2018-11-14 00:04


Es asimismo voluntad mía que ese montón de papeles bien doblados no sea registrado sino después de que este mi testamento sea leído por las personas a quien dé el encargo de que apenas yo cierre el ojo abran el arca, que tengo debajo de mi cama y se enteren, ante todo, del contenido del primer documento que encuentren, que será este, si la ajena codicia no me revolvió los papeles.

Ya tengo dicho, y así espero que se cumpla, que esta lectura ha de hacerse en alta y clara voz por el mismo Higadillos, mi heredero, si como espero está presente al acto, y creo que estará, pues su gran curiosidad, su poco de codicia y algo de piedad, le obligarán a satisfacer este deseo mío, que tantas veces le tengo manifestado. Si Higadillos no estuviere presente, leerá mi coadjutor, y a falta de este la persona de más respeto entre los presentes; y no creo que a esto se falte, pues muchas veces se lo tengo pedido a Ramona Cencillo, mi ama de llaves, a quien buen chasco espera, al coadjutor D. Sancho Benítez y a varios feligreses que serán los que probablemente rodearán mi lecho cuando yo expire.

Para explicar cómo teniendo yo fama de rico, gracias a la usura en que viví más de veinte años, muero tan pobre como pronto verán los que otra cosa esperan, dejo aquí escrita parte de mi historia, toda la que hace al caso para mi disculpa. También la escribo para que con ella adquiera mi heredero algo más de provecho que los papeles adjuntos, pues más que esos papeles y más que cuantos bienes materiales pasaron por mis manos, vale la lección que el filósofo Higadillos puede sacar y disfrutar aprendiendo a no juzgar a los hombres por las apariencias, ni el fondo de los corazones por la exterioridad de ciertos hábitos; que el hábito no hace al monje.

Y sin más preámbulo, empiezo ya a decir quién soy yo y cómo y por qué vine a parar en tan económico administrador de los viles intereses de que fui por poco tiempo a manera de depositario.

Nací en una aldea, no lejana a estos contornos, en casa que tenía escudo sobre la puerta, recuerdos de antigua bienandanza y de sempiterna honradez, y al venir yo al mundo mermadas rentas, ni con mucho bastantes a mantener, con el decoro necesario a la hidalguía nuestra, a ocho hijos que éramos, entre varones y hembras; diez bocas, contando a los padres, y catorce incluyendo a toda la servidumbre indispensable para ayudarnos en el cuidado de las tierras y ciertas industrias caseras y aldeanas que nos ayudaban no poco. No era yo el primero ni el último de los cinco hermanos varones, ni el mimo de mis padres, ni un estropajo en la casa; se me quería como a todos; pero un buen natural o lo que fuera, seguramente la gran repugnancia que me causaban las reyertas y el dolor propio o ajeno, y sobre todo, el horror a la injusticia, al mal reparto de lo que a cada cual corresponde, me hicieron siempre ceder antes que otros mis pretensiones, por no reñir, por no molestar, por no ser injusto. Grave problema era en la casa el de ir despachando la competencia de los dientes, es decir, colocando tanta herramienta de consumir la hacienda donde menos daño hiciera o ya no lo hiciese; y los expedientes para lograr este anhelo constante de la familia consistían en casar hijas o meterlas en un convento, y en mandar a la Habana a un hijo a que hiciera fortuna, si Dios era servido; buscarle a otro un empleo y aprovechar para alguno la ventaja de cierta modesta pensión que en el testamento de un canónigo pariente se le dejaba a aquel de nosotros que abrazare el estado eclesiástico. Mi hermano mayor era débil, flaco, enfermizo, amigo del estudio, pero no de las faldas negras que el pariente pedía como condición para su liberalidad póstuma; además, mi padre no quería clérigo al primogénito; el que seguía demostró su afición a los viajes, a los azares de la suerte, y fue el que embarcó casi sin consultar con los otros; y yo, aunque era tal vez el más robusto y el más aficionado a la vida de labrador, a sus tareas y placeres, cargué, no sé cómo ni por qué, por el despego de los demás, antes que por mi afición, con la gravísima incumbencia de cantar misa y cobrar la pensión, con la cual, por acuerdo de

mis padres y hermanos, que creían, como yo, interpretar así la real voluntad del tío difunto, había de ayudar a aquellos de mis hermanos que menos amparados quedasen, y aun a mis padres si llegaran a necesitarlo.

Fui sacerdote sin gran vocación, pero también sin repugnancia, con fe bastante para tomar en serio la estrecha disciplina de mis deberes. La vida que me esperaba no me parecía muy diferente de la que todas suertes hubiera yo escogido, y sólo en el capítulo de la carne vi un poco de cuesta arriba; pero esto ya cuando le había tomado gusto a la carrera y me había interesado muy de veras la teología, pues aquella especie de matemáticas celestiales de Santo Tomás eran muy eran muy de mi gusto; y por defender tal doctrina, que me parecía evidente, hubiera yo andado a silogismos, y aun a cintarazos, con cualquiera. Si al principio la vida del seminario me disgustó no poco, fue por la libertad campesina que me faltaba, no por el rigor del régimen eclesiástico; por fin, el hábito, el compañerismo, el espíritu de cuerpo, hicieron de mí un cuervo (como nos llamaban), entusiasta, sincero, de aplicación más que mediana, si no modelo de virtudes, tampoco escándalo de la santa casa, donde había muchos como yo que, si transigían con el diablo algunas veces, rescataban los pecados con la debida penitencia, muy sincera, y no pocas veces vencían en aquellas luchas en que la tentación no era ni tan fuerte ni tan hermosa como suelen figurarse los profanos que escriben cosas de literatura a costa de clérigos.

Nunca había yo soñado con casarme; y aun el tiempo en que era libre y podía dejar el seminario, jamás se me pasó por las mientes echar de menos el matrimonio, y la cáfila de hijos con sus docenas de muelas, y los apuros del hambre y las carreras, y las bodas de las hijas, etc., etc. De todo esto había visto sobrado en mi casa; y si algo sentía yo que le faltaba al clérigo que podía serle agradable, no era ciertamente el verse como yo había visto a mi buen padre, a quien nunca llegaba el agua al sal. No, el matrimonio no era una tentación; pero es claro que una cosa es el matrimonio y otra la mujer. El clérigo renuncia ostensiblemente al matrimonio y a la mujer; pero sabe que si transige con el pecado, el matrimonio seguirá siéndole imposible, pero el amor posible, aunque ilícito. Yo no sé lo que pasará por los demás clérigos que no sean muy buenos; pero por mí, que era mediano, pasó esto que declaro: casi sin darme cuenta de ello, el distingo que dejo apuntado contribuyó no poco a que sin gran esfuerzo ni solemnidades de conciencia contrajera el compromiso de castidad a que me ligaba mi estado. Después, la experiencia me enseñó que no era tan fiero el león como le pintaban. Si primero hubo lucha, no muy encarnizada, y no fue siempre la victoria de la virtud, las batallas ganadas para el bien eran las más, y esto borraba el remordimiento de las pérdidas, amén del considerar que en tales alternativas de fortuna se pasaba la juventud de infinidad de compañeros míos. Del no jactarme de bravucón en tales combates con las tentaciones, creo yo que vino la paz en que me fui viendo luego, pues encontré la concupiscencia un derivativo en el moderado afán de luego que no podía tener en mí otra forma que la del juego. Los apuros pecuniarios que habían sido el tema constante de las preocupaciones familiares en la casa paterna, habían dado como un tinte amarillento a todos mis actos mi actividad, fuerte y fecunda, se encaminaba siempre en pos de la legítima ganancia, con gran anhelo de la legítima ganancia, con gran anhelo de la propia y respeto de la ajena. Las tentaciones del amor fueron pronto para mí tortas y pan pintado en comparación de las tentaciones del oro. Pero hubiera yo querido conquistarlo en franca y noble lucha con la naturaleza, en industria lícita y útil a la república. Vedábame el estado sacerdotal todo conato en tal sentido, y hube de atenerme al tresillo, al solo y… a la santina, o sea el monte, que se jugaba en las rectorales en las noches que seguían a las fiestas del Sacramento y otras no menos solemnes. No había para mí otro modo de dar expansión a mi deseo de legítima ganancia.

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