ManoBook > Literatura > Cuentos morales

   Clásico 8 No.8

Cuentos morales Por Leopoldo Alas Palabras: 7670

Actualizado: 2018-11-14 00:04


Entre los vecinos y amigos de más lejos que frecuentaban la tertulia del conde, había algunos mayorazguetes y dos o tres barones y vizcondes. Uno de aquellos, el bañón de Cabranes, me interesaba a mí por su buena figura, aristocrática de veras, aunque melancólica y algo delicadilla, y sobre todo porque sabía de él desgracias análogas y aun superiores a las mías. Muerto su padre, había quedado a la cabeza de una muy numerosa familia en que abundan las señoritas, que no se casarían jamás por falta de dote y sobra de necesidades ficticias; eran nobles y no eran ricos, iban camino d ela ruina como D. Quijote a la cena en el castillo, sin quitar la celada. Era el de Cabranes joven muy afable, siempre triste y taciturno… y jugaba como un desesperado, no al tresillo, que no sabía, sino en cuanto se ponía el cobertor (costumbre misteriosa) para los juegos de azar o de envite.

Una noche, después de una francachela en casa del conde, en la cual se me hizo a mí beber mucho más de lo acostumbrado, ya a muy altas horas de la noche, la suerte, el diablo se empeñó en ponernos uno frente al otro al barón y a mí; todo lo ganaba él o todo lo ganaba yo; golpes fuertes de prosperidad o de extraño revés iban y venían de él a mí, dejando como en la sombra a los demás jugadores, el conde inclusive, que, envidioso, en vano hacía locuras de audacia con su dinero para disputarnos la atención de todos. Era todo esto anuncio del tremendo desafío que se preparaba entre bromas corteses y fraternales, entre alegría de clérigos bonachones, en la excitación de la buena pero algo excesiva bebida.

Llegó un momento en que yo le ganaba un dineral al barón de Cabranes; algunos curas, menos amigos del oro que yo ordinariamente, pero también menos capaces de rasgos de grandeza y menos cuidadosos del brillo de su raza, me daban con el codo para que dejase de tentar a la suerte y me retirase con mi ganancia, que a ninguna trampa ni cosa fea debía; pero más caso hacía yo de los impulsos generosos del vino, también generoso, de la nobleza que inspira la suerte que sopla favorable, y particularmente de las miradas y sonrisas del conde, que parecían decirme: «Vamos, plebeyo, retírate si te atreves; ¡si lo estás deseando, hidalgüelo! Sólo un noble como yo es capaz de seguir dando el desquite hasta que salga el sol a este pobre barón que pálido y tembloroso, por más que disimule, ya empieza a jugar sobre su palabra acaso más de lo que tiene». Yo no cejaba; ganaba siempre, y siempre daba el desquite.

III

No sólo el orgullo me incitaba a darle tiempo y forma al barón para cambiar la rueda de la fortuna: también la simpatía que me inspiraba, la lástima que le tenía me animaban a ello. Fingía el infeliz gran serenidad: sonreía, sonreía sobre todo cuando la risa fina del conde le desafiaba, tentaba su valor. A cada nuevo golpe repetía Cabranes:

-Pero, amigo capellán, esto no vale; así va usted a acabar por perder de fijo… Basta, basta… le debo a usted…

-Adelante, adelante -interrumpía yo, entre la admiración de todos.

Empezó el trance fiero de jugar lo que ya no había presente; riqueza que se tenía o no se tenía… ¡Pero bastaba la palabra de un noble! Yo no sé si creía en el dinero ausente, pero creía en la palabra. ¡Debajo de las piedras buscaría un Cabranes el dinero que ofrecía!

El conde, ante aquellos dos valientes, cada cual a su modo, lleno de envidia, empezó a apuntar la idea de que… todo era broma; de que no entendía el barón deber de veras lo que perdía de palabra… El barón, como si hubiese que mostrarse fino, distinguido, fingiendo seguir la broma de que aquello pareciese broma… por el bien parecer, algo dijo en este sentido; pero mirando al conde y mirándome a mí de suerte que quería decir: «El que crea eso de veras, que yo no he de pagar en serio, me ofende como si m

e diera una bofetada». Y al barón nadie le abofeteaba sin pagar con la vida.

Tan lejos fue, huyendo de él, la suerte, que llegó mi ganancia a términos que me dejaban bien claramente ver que los Cabranes no tenían con qué satisfacer la deuda… sin que por eso dejasen de tenerla por sagrada.

Y yo seguía ofreciendo el desquite.

No lo jugaba, es claro, el barón todo de una vez; la vergüenza no le consentía doblar cantidades, que pronto hubieran hecho fabulosa la deuda; perdía poco a poco; iba cayendo de peña en peña, rebotando, por aquel abismo abajo.

Llegó un momento en que cesaron las fingidas bromas, los comentarios: el barón callaba por no jurar y desesperarse, yo por prudencia, los demás por la seriedad honda del caso.

Yo mismo sentí cierta alegría, como un consuelo, como si respirase mejor, la primera vez que dejo de perder el de Cabranes; ganó después otra cantidad, y otra, y otra; u en mí empezó ya cierto temor supersticioso; cuando lo ya desquitado por el barón montó a una suma de miles de duros, me dolía a mí en el alma aquel caudal imaginario que acababa de írseme de entre… las musarañas de la fantasía, como si hubiera tenido que vender las pocas tierras de mis padres para pagar aquello.

Hubo después alternativas; la suerte coqueteaba, y entonces, mucho más que antes el orgullo, me ataban el egoísmo, el interés, la rivalidad, la lucha, a la terrible partida en mal hora empeñada.

Mi arrogancia, mi audacia de jugador afortunado, seguía después de que ya nada le debía a la suerte y sí algo al barón; me parecía un derecho mío seguir ganando. Llegó un momento en que era yo quien tenía que intentar el desquite.

Entonces volvió a reír el conde, y era a mí a quien desafiaban y tentaban sus ojazos azules, nobles y fríos.

Ni se habló siquiera de interrumpir el juego. El cura hidalgo no era menos que el noble tronado; en eso estábamos. Se me daba el desquite, como lo había dado yo. Y corría la noche. Se acercaba el alba, y con ella la hora de decir misa varios de los que rodeaban la mesa cubierta con el cobertor peludo de Palencia.

El conde volvió a cesar en sus cuchufletas y risitas cuando yo, lleno a mi vez de vergüenza, empecé a perder también bajo mi palabra. El barón, radiante de alegría, con la generosidad poco segura de los afortunados, daba a entender muy discretamente que estaba dispuesto a creer en mis riquezas fiduciarias como yo había creído en las suyas.

Pero yo comprendía, con terror, que los circunstantes me concedían, en silencio, mucho más limitado crédito que al barón de Cabranes. Este era pobre para ser noble y para sustentar numerosa familia; pero, al fin, mucho más rico que el mísero capellán que vivía de pitanzas y de una pensión de limosna.

Con todo, seguí jugando. Yo también caía de peña en peña, rebotando, en aquel abismo de la deuda inverosímil; el tiempo volaba, la partida tenía que acabarse, entraba la luz del alba por las rendijas de los balcones cerrados y difundía por la sala el color de las capillas de los condenados a muerte, a la hora de la agonía. Seguía perdiendo poco a poco. Pero ya perdía miles y miles de duros. Los mirones empezaban a bostezar, a cansarse, el interés de lo incierto desaparecía: ya se veía la solución: que yo no me desquitaba. El conde, cansado de respetar mi desgracia, manifestó hastío, desdén; como era verdad que tenía el valor de despreciar sus propias pérdidas, se permitía despreciar también la mía; ya daba a entender que iba a suspenderse el juego, por el bien parecer, porque era muy tarde, es decir, muy temprano; con cierta crueldad fingía olvidarse de lo que allí más importaba, que era mi situación; daba por supuesto que yo también atribuía, o fingía atribuir, más importancia a la circunstancia de la hora que era, que al estado en que me iba a dejar la suspensión del juego.

(← Acceso rápido del teclado) Anterior Contenidos (Acceso rápido del teclado →)
 Novels To Read Online Free

Escanea el código para descargar la aplicación Manobook.

Subir

Compartir