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   Clásico 9 No.9

Cuentos morales Por Leopoldo Alas Palabras: 8380

Actualizado: 2018-11-14 00:04


Un rayo de luz viva entró, como si fuera la policía, hasta iluminar la baraja; se levantaron dos o tres de los testigos de aquel duelo… y fuera sonó una campana. Tocaban a misa. La misa de Fray Fernando, que debían oír el conde, el barón y otros legos.

Desaparecieron los naipes, se retiró el cobertor, se abrieron los balcones, entró la claridad del día a borbotones y con las sombras desapareció la pesadilla. Pero quedaba la realidad de que ya parecía acordarme yo solo. Debía al barón de Cabranes miles de duros.

Aquella mañana yo no dije misa. Cuando volvieron los demás de oír la de Fray Fernando, nos reunimos en el cenador de la huerta del conde a tomar chocolate.

Vegarrubia, o me tuvo lástima, o quiso menospreciarme. Y volvió a su tema de que la partida, en la parte confiada al crédito, había sido broma. Daba por hecho que el barón no creía que yo, con toda formalidad, le debía tantos miles de duros. Llegaron señoras y el conde insistió en hablar del capital que yo debía. Entonces hice lo que antes había hecho el barón: fingir que creía fantástica la deuda, cosa de juego, de buen humor… Pero mi modo de mirar al barón debió darle a entender lo mismo que yo había comprendido en su mirada de aquella noche: que era darme de bofetadas el pensar que yo creía aquello que estaba diciendo: «No tengo con qué pagar, decían mis ojos, pero debo… y para este hidalgo, para pagar, lo esencial no es tener, sino deber. Debo… luego pago… aunque no tenga. Dios no hace milagros con el dinero, que es vil, y menos a favor de los jugadores; pero un hidalgo como yo, auque sea cura, paga… paga… ».

El barón sonreía… pero bien comprendí que no se negaría a cobrar todo lo que yo pudiera pagarle.

Al conde no le miré siquiera.

Al día siguiente escribí al de Cabranes una casta, porque no me atreví a ir a decirle en persona «que esperase»; y en la carta le decía, en sustancia, esto: «Ahí va todo lo que tengo, todo lo que hoy por hoy es mío. Seguiré pagando a medida que pueda, y crea usted que no me reservaré más bienes que los que la ley más severa concede al deudor menos digno de miramientos. Hasta que pague todo lo que debo, que es mucho más de lo que yo puedo ganar en muchos años, atado como estoy de pies y manos, para hacerme rico, por mis votos, hasta que no le deba nada, me condeno a presidio, a trabajos forzados de miseria, de sordidez, de avaricia. Hágame el favor de aceptar esta manera de cumplir con usted, estos plazos indefinidos, pero seguros; y además, no como favor, con el derecho que me asiste, le pido que ni pos las mientes se le pase hablar de perdonar la deuda, ni reducirla ni cosa por el estilo. Antes que nada, aun antes que sacerdote, soy hombre. Este deber de pagar deudas de juego no es cosa de mi ministerio, porque el buen sacerdote no juega, es deber humano, de mi condición pecadora de hombre vicioso… pero hidalgo».

El barón me contestó muy fino, muy correcto, como se dice ahora, dándome para el pago todos los plazos que quisiera, y no aludiendo ni remotamente a la idea de perdonar ni de reducir la deuda. Era lo que yo le exigía… y sin duda lo que él necesitaba.

¡Estaban tan pobres!

Después de leer su carta, satisfecho, en cierto modo, pero por mil razones aturdido, loco… dirigime por instinto al reclinatorio de mi alcoba, sobre el cual estaba abierta la Biblia por el Nuevo Testamento.

¡Luz, Señor! grité, y, de rodillas, lancé una mirada sobre el sagrado texto.

Decía:

«Deja tus bienes a los pobres y sígueme». Pero yo leí: «Deja tus bienes al barón, y sígueme».

Ya sabía el camino. Todo para el barón, para mí la pobreza. Mi sudor, mi trabajo, mis afanes, mis ganancias, el oro serio, inflexible, con el cual no se hacen milagros… para mi deuda.

IV

Deber… y no poder pagar es un tormento que se le olvidó al Dante en su Infierno. Por algo se llama deber a la obligación; el deber supremo… es pagar lo que está en deber. La conciencia me decía que yo iría a buscar siete estados bajo la tierra lo que se me debiera, lo que fuese mío y no me lo dieran… pues lo mismo había de respetar el derecho de los demás. Mi acreedor para mí era una cosa sagrada, casi un ídolo de terror.

Comprendía aquella ley de las XII Tablas, que al que no pagaba lo entregaban sin defensa al acreedor. «Ni judicatum facit… secum ducito, vincito, aut nervo, aut compedibus… Si no paga que le lleve a su casa, y si quiere que le encadene, le ponga cadenas o hierros en los pies… ». Y luego, si no hay quien compre al mísero esclavo de la deuda… tertiis nundinis partis secanto; pasado el tercer día de mercado, que le partan en pedazos y se lo repartan los acreedores.

Ya lo sabía el barón; como yo no valía nada, como ni de balde habría quien me quisiera, podía partirme en cachos, hacer de mí picadillo. Esta era la ley que yo encontraba justa. Me hubiera vendido al otro lado del Nalón (ya que el Tíber estaba lejos), de muy buena gana, para pagar a Cabranes aquellos miles de duros. Pero ¿quién compra a un sacerdote… que no se vende? Porque ¡ay!, como sacerdote, yo no me vendía. Bien sabía yo que el dinero que necesitaba para pagar no lo adquiriría jamás por medios ilícitos. Y los lícitos en mi profesión ¡eran tan poca cosa! ¿Camino del clérigo para la riqueza? La simonía. Yo no había de ser simoniaco. Veía que otros, sin valer más que yo, llegaban a obispos, juntaban grandes rentas; pero yo no era bastante virtuoso, ni bastante sabio para merecer por tales conceptos subir a las alturas; ni era intrigante y adulador y falso, mojigato, hipócrita, para usurpar las dignidades primeras debidas al mérito. Además, no me sentía ambicioso; me faltaban las alas aquilinas de la vanidad y el orgullo; mi pobre vuelo de gallina me apartaba de la ambición y me condenaba a la avaricia cominera, a escarbar en las miseriucas de la vida prosaica, rastrera, para chuparle a la tierra gusanos. Por aquel tiempo cayó en mis manos un libraco, pienso que de un señor Bastiat, en el que vi la apología del ahorro; allí se cantaban los milagros del petit centime. ¡Aquel era mi camino! Por el céntimo tenía yo que ir en busca de mi reconquista, de mi libertad, perdida en las cadenas de la deuda. Pero ¡ahorrar! ¿Cómo ahorra un pobre capellán, que si tiene para cenar no tiene para comer? En otro oficio, yo estaba seguro de que mi ingenio me ayudaría para ganar, a fuerza de trabajo y escasez, para mis necesidades, lo que bastara a cumplir con mi compromiso; pero la sotana me ataba y me impedía la acción, la defensa, como al pobre Agamenón la enmarañada urdimbre de Clitemnestra arrojó sobre su cabeza, para que a mansalva le rematara Egisto.

Estábame prohibido el comercio, para el cual yo me sentía con grandes facultades; no se me abría ninguna otra puerta del templo de la riqueza, por donde pudiera pasar dignamente un sacerdote. ¡Ser buen hombre, buen sacerdote, y tener que pagar miles de duros sin falta, para pagar una deuda sagrada, de caballero!

Admití, aunque vi que era meterme en un callejón sin salida, un humilde curato que se me ofreció; lo firmé resignado, y metime en Vericueto como en una cueva, que no era, ciertamente, la de una mina.

Veinte años llevo arañando la tierra, cuidando esta pobre viña del Señor, donde he tenido que encerrar toda mi actividad, todos mis esfuerzos. Me sitié por hambre; me traté como un anacoreta. Pero esto no era lo más doloroso. No bastaba lo que yo pudiera ahorrar escatimándolo a las necesidades de mi propio cuerpo; si quería llegar a juntar algo, ir pagando poco a poco, tenía que poner a contribución a los demás, a los que tenían derecho a mi caridad, a los pobres. La caridad para mí era un lujo que mi deuda me prohibía: «Tendré la caridad en el corazón», me dije; pero esto mismo llegó a parecerme una hipocresía; desear el bien ajeno y no procurarlo, compadecer a los demás y no ayudarlos con la limosna, me repugnaba; preferí endurecerme hasta que llegaran tiempos mejores. No admitía cohecho, pero no perdonaba derecho. Todo lo que podía legítimamente conseguir del pie de altar, lo procuraba. Era una ley inflexible, a la romana. Esta dureza, esta inflexibilidad, las conseguí pensando una cosa muy sencilla: que mi dinero no era mío, era de Cabranes; que toda largueza, toda liberalidad, por mi parte, hubieran sido falsas; un fraude, pues yo no tenía derecho a ser generoso con lo que era ajeno, de mi acreedor.

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