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   Clásico 25 No.25

Cuentos morales Por Leopoldo Alas Palabras: 7465

Actualizado: 2018-11-14 00:04


Si de este modo servía ahora a la patria, antes le había dado algo que valía más; su sangre y el continuo peligro de la vida; había sido bravo militar, llegando a general, y en todos los grados de su carrera había tenido ocasión de probar el valor en verdaderas hazañas. Aún más que por todo esto, le estimaban en su tierra por lo llano, alegre y franco del carácter. No se diga que despreciaba sus pergaminos, pero tenía la democracia del trato, como rasgo capital, en la sangre; y por algo le llamaban el duque de los abrazos. En los membrudos remos, como él decía, que no desdeñaban las armas del trabajo del campo, estrechaba con sincera hermandad a los humildes aldeanos, que adoraban en él y le acompañaban en su vida sana, activa, de cazador y labrador y buen camarada en honestas francachelas.

Vivía casi siempre en el campo, en un gran palacio, con aspecto de castillo feudal, donde el más aristocrático señorío se mostraba por todas partes.

El amo inspiraba confianza en cuanto se le veía; su regia mansión, situada en medio de sus dominios, rodeada de bosques, imponía frío respeto.

Pero mientras D. Juan Candelario, duque de Candelario, vivió, venció él a todos a la tradicional reserva, a la etiqueta linajuda, al aspecto imponente y aristocrático de su casa; y lo que era más arduo, venció la sorda oposición de su digna esposa, tan noble como él, no menos buena, pero de gustos menos democráticos, menos expansiva en el trato de los inferiores. El duque, burla burlando, tenía voluntad de hierro, y donde estaba él no mandaba marinero. Así era su gran palacio casa de todos, porque él lo quería, y hacíase tratar como un labrador más rico que los otros, pero no de otra madera.

Tenía sólo un hijo, que, en cuanto fue posible, su madre se apresuró a enviar a Inglaterra a que se educara en Eton, después en Oxford y después en la escuela del gran mundo inglés. No se opuso el duque, porque le pareció racional que su heredero recibiese la sólida instrucción y las lecciones de vida de gran señor que allá lejos sabía él que se adquirían; pero esto no le impidió suspirar cuando advirtió que su Don se había entregado a ideas, hábitos y tendencias que distaban mucho de aquella sencillez castellana que para D. Juan era educación y naturaleza.

Su hijo se parecía más a la duquesa que al duque mismo, y la educación que este llamaba estirada, correcta y fría, ponía el sello a las diferencias que lamentaba. Pero no se quejó. Cada cual sería a su manera. A él, ni Diego, ni nadie le sacaría ya de su paso; pero el sucesor, que fuera como Dios tuviese dispuesto; dejaba a los demás la libertad, que él para sí había reclamado, de vivir a su modo. Ahora sí; mientras el duque viejo existiese, su casa, pusiera el señorito el gesto que pusiera, seguiría marchando como siempre.

Diego, en efecto, sentía invencible repugnancia ante aquellas costumbres de su padre. Él, que había tenido criados estudiantes, que desde el colegio había aprendido a medir las distancias que la realidad establece entre las clases diferentes, por necesidad, veía hasta una hipocresía, o por lo menos una ilusión ridícula, de mal gusto, en aquella aparente igualdad del trato, que no pasaba de la superficie, que no podía llegar al fondo. Todo esto, pensaba, es una comedia grotesca, que a nosotros nos molesta y a los pobres aldeanos los humillaría, si fueran de más fina epidermis.

Con lo que menos transigía, con lo que estaba a matar, era con la confianza dichosa, extendida a las relaciones de los amos y de la servidumbre. Aquí lo grotesco y lo incómodo rayaban en tormento.

-Es preferible -decía D. Don a su madre en secreto- servirse a sí propio a ser por otros servido de esta manera; un criado que no es una máqu

ina respetuosa, un autómata perfecto, es la mayor impertinencia que puede haber en un hogar. Siempre he distinguido a los verdaderos nobles de los improvisados y de los personajes plebeyos, por la servidumbre. La de estos últimos suele ser descuidada en el vestir, incorrecta en las ceremonias del trato, y todo ello sin que su señor, tal vez déspota, note semejantes distancias, que pregonan su humilde origen. El criado adivina al señor verdadero, y aunque en su servicio tenga que soportar más severa disciplina, en él está más satisfecho, tomando más en serio su oficio.

Casi odio contra su querido padre sentía don Diego, al ver cómo trataba al duque Ramón, su antiguo compañero de glorias y fatigas, un héroe de la clase de tropa, y ahora jardinero y un poco mayordomo, y claramente favorito del amo. Don era el ídolo de Ramón; antes de marchar el chico a Inglaterra, a las nodrizas y al ayo había disputado el veterano el cariño, los cuidados del rapaz, que, cuando no estaba sobre su rodilla sana, estaba sobre su pata de palo, y si no sobre sus hombros, apretándole las orejas como los ijares a un caballo. Con la ausencia, el cariño del jardinero no se enfrió, se idealizó, cuando volvió el señorito tieso, pulquérrimo, frío, con aires de gran señor, que hasta en el menor gesto muestra la sangre privilegiada. Ramón convirtió de repente la mitad de su cariño en respeto; si antes le quería como a un ídolo familiar, ahora le temía como a un dios, con temor amoroso, reconociendo la suprema justicia de aquella desigualdad que se le señalaba. Si con el amo viejo era confianzudo, era por cumplir una consigna; porque así se lo había ordenado implícitamente; por lo demás, él tenía el respeto a la sangre donde el señorito la nobleza, en el fondo de la conciencia. Bueno se hubiera puesto el duque si Ramón le hubiese venido con remilgos y etiquetas. Verdad era que poco a poco aquellas relaciones de hermandad, aquella vida de camaradas, las había ido tomando como cosa de la naturaleza; y como todo lo que él decía o hacía estaba bien para el amo, y como su celo por el interés de la casa era de corazón, apasionado, y esto lo estimaba el duque más que un tesoro, Ramón se dejaba llevar por aquella plácida pendiente. Aun en presencia del duque joven continuó tratando al viejo con la franqueza igualitaria de siempre; porque ¡ay de él y de todos si el amo hubiera advertido que allí que allí se desobedecía a nueva voluntad, a gustos nuevos!

-En muriendo yo -había dicho una vez don Juan- que te cuelguen de un árbol, o que te pongan una casaca verde, si quieren; pero mientras yo viva… ¡lo de siempre!

*****o******

Pasaron años; Don vivió lejos de su padre, a lo gran señor, en el mundo; se casó con una duquesa, y no volvió al palacio de Candelario hasta que murió su madre. Estuvo allí poco tiempo. Lo bastante para convencerse que el duque llenaría el vacío que dejaba su mujer, en lo posible, con la influencia de Ramón. Sin malas artes, sin astucia, sin ambición, por su inteligencia, su energía y su celo, el jardinero había invadido todas las funciones de mando. El duque, muy postrado, decía:

-Él es mis pies y mis manos… y eso que no tiene ni manos, ni pies.

En efecto; el veterano, que había dejado una pierna en la guerra, había dejado después, poco hacía, en un tejado del palacio, un brazo, con ocasión de apagar un incendio. No importaba; con lo que le quedaba, Ramón lo dirigía todo, lo vigilaba todo.

Diego, al verle de tal modo lisiado, le puso un mote que hizo sonreír a su esposa la duquesa, poco amiga también de aquellas confianzas de los criados; le llamó el Torso, porque apenas le quedaba más que el tronco, y ese, viejo y arrugado, aunque fuerte como una encina.

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