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   Clásico 29 No.29

Cuentos morales Por Leopoldo Alas Palabras: 7566

Actualizado: 2018-11-14 00:04


con muro de leve arena,

es necesario que el buen pedagogo, esto es, director de niños, enfrene las malas pasiones de ustedes y los extravíos psicofísicos propios de la edad por que ustedes atraviesan, no con muros de arena, sino con una de arena… y otra de cal, es decir, por las dulces y por las agrias, por aquello de que, entre col y col, lechuga. Mucho recreo, mucha expansión al aire libre… pero todo con método, con orden, con medida; ya lo dijo la Sabiduría: omnia in mensura, in numero, in pondere disposuisti. El aire libre, el libre ambiente es cosa muy recomendable… pero con medida. ¡Oh, si hubiera contadores de aire como los hay para el agua y para el gas! Señores, yo lo confieso, cada vez que veo una cuerda me enternezco y bendigo a la naturaleza que la ha criado, o por lo menos ha criado la primera materia que la industria aprovecha para hacer cuerda. ¡Una cuerda! ¿No ven ustedes en ella el símbolo de la sociedad?». Y callaba un momento D. Urbano, para hacer con toda intensidad una pausa, que él tenía como recurso retórico muy socorrido. En las comedias románticas de la época leía él muchas veces la palabra pausa, entre paréntesis, y le causaba siempre excelente efecto. Pues bueno, en sus discursos de la escuela hacía pausas, particularmente cuando cometía la figura de interrogación; y también le gustaba mucho cometer figuras, y atreverse con las licencias que le permitían, en cierta medida, la gramática de la Academia y la retórica de Terradillos. Cada vez que decía: Lo he visto con mis propios ojos, se quedaba muy hueco y se tenía por un pillín, temerario como él sólo en materia de pleonasmos. Y el infeliz, que no había roto un plato en su vida, tenía remordimientos gramaticales, y a media noche despertaba diciéndose: «Se me figura que ayer, en aquella solicitud a la Junta provincial de Instrucción pública… he abusado de las sinalefas». Porque es de advertir que D. Urbano escribía estas solicitudes en verso, aunque disimulado por la forma de los renglones; era verso libre; siempre endecasílabos u octosílabos, muy bien medidos (¡la dicha de medir!) por los dedos, pero como no caían en copla, la Junta de Instrucción pública no caía en la cuenta, y tomaba por prosa la poesía.

Si D. Urbano escribía así, no era por faltar al respeto a los señores vocales, sino por el gusto de medirlo todo. «Mida usted sus palabras», quería decir para él: «hable usted en verso». ¡El verso, el metro! ¿ven ustedes? decía D. Urbano a sus párvulos; el metro es la poesía y el metro es la medida; luego la medida es la poesía, porque dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí.

Volviendo a lo de la cuerda, después de hacer aquella pausa para dar tiempo a los chicos a contestarle algo, si se les ocurría alguna objeción, cosa inverosímil, D. Urbano proseguía:

-Sí, señores; la cuerda es el símbolo de la sociedad, porque la sociedad es un vínculo de derecho, vinculum juris, un lazo, algo que ata; y ¿con qué se hacen los lazos, las lazadas y los nudos? Con cuerda. Además, la cuerda no sólo es materia del lazo social, del vínculo, sino sanción para impedir o castigar las transgresiones, y de aquí el trato de cuerda, los azotes, las disciplinas. Esto, elevado a institución religiosa, es el cilicio, la cuerda del mendicante. Si de estas regiones místicas descendemos a los intereses materiales, tenemos que sin cuerda no habría ciudades ni propiedad rústica bien deslindada; porque con la cuerda de la plomada construimos los sólidos edificios, para que obedezcan a las leyes arquitectónicas y den a la vertical lo que es suyo; con las cuerdas determinamos las rasantes de las calles, alineamos las arboledas municipales, lugares de recreo, trazamos los caminos a través de la tierra, y por último, medimos las heredades y

las distinguimos y separamos con sus linderos correspondientes, en digno tributo a la divinidad del dios Terminus. Por eso, señores, lejos de quejarse, deben ustedes dar gracias a Dios, que crió el cáñamo, cuando yo les ato la mano a la pluma o les ato ambas manos a la espalda para corregir sus desafueros, y enseñarles, por el sistema preventivo, lo que es la pena del galeote y del presidiario que va a purgar su delito atado codo con codo; y como la educación debe ser integral, y ustedes deben ir creándose hábitos para toda clase de finalidad racional; como cabe en lo racional que algunos de ustedes acaben en un presidio, bueno es que sepan de todo y aprendan por experiencia propia cómo las gasta la vindicta pública para reprimir los excesos de la libertad en los ciudadanos.

Porque sí, señores míos; a propio intento, y como manda la retórica, he dejado lo de más efecto para lo último en esta apología de la cuerda; la forma sublime de la cuerda es la cuerda de presidiarios, porque esta es la que sirve para garantía del orden, para sujetar el mal y dejar libre el bien; y aun si quisiera remontarme más a la suprema expresión de la cuerda simbólica, representaría ante la pasmada fantasía de ustedes la imagen de una horca, en la que el papel principal lo representa una cuerda; una cuerda con un nudo, siquiera sea corredizo; para demostrar que al que huyó del lazo del vínculo social, este lazo, este nudo se le aprieta al cuello».

Y D. Urbano enjugaba el sudor de la frente con un pañuelo de hierbas.

Pero ¡ay! Fueron en vano sus discursos. Los párvulos no le comprendían. Cambió de escuela, trató de enderezar a mocosos más talladitos, y peor. -¡Peor, gritaba él: la cera está fría, ya no es cera, es hierro; y esto es machacar en hierro frío!-. No había remedio; la humanidad se torcía; no había rodrigones que bastaran; todo el esparto y todo el cáñamo del mundo no eran suficientes para guiar por el buen camino, ni la letra ni el espíritu de la infancia. El corazón del niño, como los perfiles de su pluma, iban de mal en peor.

Fue inútil que D. Urbano inventase varias máquinas de madera y cuerda, todas mecánico-intuitivas, como las llamaba él, para corregir los defectos de la humanidad pueril. Los chicos seguían siendo el diablo.

Por fin, cansado de luchar, dejó la enseñanza, y procuró conquistar una plaza de delineante al lado del arquitecto municipal.

Ya que los hombres no se dejaban alinear, alinearía casas. ¡Oh, la santa simetría! Su Biblia, en adelante, fueron las ordenanzas municipales, que tan sabias disposiciones contenían para impedir las demasías arquitectónicas de los vecinos.

D. Urbano se convirtió en un verdadero familiar de aquella inquisición de policía urbana. Era un espía del alcalde, y le denunciaba los abusos de la vecindad que abría una puerta a la calle, ensanchaba un hueco o cambiaba la disposición de una tapia.

Acudía a las sesiones del ayuntamiento, ávido siempre de denunciar abusos de este género a los concejales celosos.

Lo que más le preocupaba eran los áticos y las rasantes. «¡Que Fulano Gómez ha sacado un ático sobre el segundo piso! ¡Fuego en él! ¡Embargo! ¡Que Zutano Ren no sigue la rasante de la calle Tal en su casa nueva! ¡Multa y embargo!

La gente empezó a murmurar. Todos decían:

-Pero ¡qué mala intención tiene el maestro de párvulos! ¿Qué le importará a él que una casa sea más alta que otra, o que avance más o menos hacia el arroyo?

¡Mala intención! No, señor; era amor de la medida, del orden, de la plomada y del nivel, de la simetría, de la línea recta. Y no cejaba en su empeño. Si en el Ayuntamiento no le hacían caso, se iba a los periódicos, y procuraba deslizar una gacetilla que se titulaba, por ejemplo, (con letras gordas):

¡Alinear por la derecha!

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