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   Clásico 31 No.31

Cuentos morales Por Leopoldo Alas Palabras: 7965

Actualizado: 2018-11-14 00:04


-¡Oh! ¡Si yo pudiera… aunque fuese soñando, volver a creer esto mismo que ahora siento… y no creo! ¿Por qué en mí la poesía y el amor son creyentes, y no lo es la inteligencia? Si me viera por dentro, ¿vería en mí la Iglesia un enemigo? ¡Ah! Debiera ser yo para ella, como tantos otros, un enfermo, pero un enfermo suyo. ¿Qué tengo yo que ver con el Papa? Y, sin embargo, ¡qué, escalofríos me da el frío del Papa! Todo un símbolo tierno y melancólico…

Volvió a sentarse Aurelio Marco en su sillón de cuero, y creyendo oír todavía, a lo lejos, los ayes del clarinete del rey Baltasar, inclinada la cabeza, se quedó dormido.

Había vuelto a los siete años; le llevaba una garrida Mo del pueblo, de la mano, corriendo, corriendo, haciéndole volar, tocando apenas con los delicados pies el polvo de la carretera; su melena flotante batía sobre sus hombros como unas alas, y le infundía como un soplo en la nuca.

Era de noche, una noche muy clara, helada, de estrellas que parecían acabadas de lavar. La carretera, bien la conocía, era la de Castilla, la de Madrid, la del ancho mundo, la de los ensueños ambiciosos… por allí se iba a la dicha misteriosa, vaga, pero segura. Y, sin embargo, mirando mejor a los lados, desconocía el camino. A derecha o izquierda edificios sin cuento, todos tristes, solemnes, de piedra; todos sepulcros: aquella inmensa mole parecía el gran monumento fúnebre de Cecilia Metela… Aquella era la carretera de Castilla, y era, además, algo así como la Vía Apia.

-¿Adónde vamos? ¿Adónde va tanta gente? ¡A esperar los Reyes!

En el corazón y en el pensamiento de Aurelio había los anhelos del niño y la experiencia y la ciencia del adulto.

¿Qué era ir a esperar los Reyes? Nada, un juego, una ilusión; y, con todo, ¡qué alegría! ¡qué exaltación! Aquel engaño, que no engañaba a nadie, engañaba a todos. Era una imagen, un símbolo de la vida aquella carrera en la noche helada, por la Vía Apia arriba. Viéndose apenas, distinguiéndose mal, como en la vida, donde apenas nos conocemos, la multitud se apresuraba, se disputaba el paso, atropellándose por llegar primero, ¿adónde? A la ilusión. Salían al camino a los Reyes… que no habían de encontrar.

-¡Allí vienen! ¡Allí vienen! ¡Aquella luz! -gritaban los de la broma.

Y Aurelio casi los creía, y la carrera se precipitaba. La luz era de una taberna. Allí no había Reyes; había borrachos y mujerzuelas, que también preguntaban por los Reyes.

-¡Más arriba! ¡Más arriba! ¡Otra luz! ¡Otra taberna! ¡Adelante! ¡Más arriba!… Tumbas, sombras a los lados; estrellas frías y brillantes en el cielo; oscuridad y esperanza enfrente, a lo lejos. ¡Adelante!

*****o*****

La multitud va quedando zaguera; la ilusión ya la fatiga; las tabernas van tragando por el camino al pueblo que vuelve a la realidad para caer en la ilusión alcohólica sin ideal y de despertar amargo. Aurelio y la Mo garrida que le hace volar, llevándole en vilo, llegan a verse solos… no importa, siguen. El camino hace un recodo en un altozano; el horizonte se ensancha y lo corta con obscuridad simétrica el perfil de un gran templo, de cúpula inmensa. Aurelio se ve solo dentro de la nave cuyas bóvedas se pierden en las sombras de la altura. Por la parte del ábside el gran templo está en ruinas y deja ver el campo, las montañas y las estrellas; en el altar mayor hay una cuna humilde en un pesebre; del lado del Evangelio hay una cama de hospital, limpia y pobre; en la cuna gime y tirita de frío un niño de piel de rosas; en la cama humilde tirita un anciano caduco, pálido como la cera, de piel transparente, en los huesos.

Las estrellas parece que envían sobre la cuna y la cama efluvios de hielo. ¡Cuánto frío! ¡Qué desnudez! Una mula y un buey están al lado de la cuna; el buey arroja nubes del vapor de su aliento sobre el niño en la cuna. El anciano, que se muere de frío, de tarde en tarde levanta la cabeza temblorosa y mira hacia la cuna, y sonríe agradecido al buey que calienta con su a

liento al niño. El frío hace delirar al anciano, que piensa, con esos consuelos de la pesadilla que huye del dolor: «Mientras él no se hiele, yo no me hielo».

Aurelio ve que de repente entran en la nave del templo tres personajes vestidos de púrpura y oro, con sendas coronas en la frente; son, como el buey y la mula, figuras de nacimiento de tamaño natural. Bien los conoce: son Baltasar, zapatero y clarinete en la murga del municipio; Melchor, sacristán y figle de la banda; Gaspar, panadero y cornetín. Los Reyes Magos rodean el lecho del anciano. «¡Se muere de frío!» dijo Melchor.

-«¡Se hiela en esta noche eterna del mundo sin fe, sin esperanza, sin caridad». Esto lo dijo Gaspar.

Y Baltasar, suspirando: «Cubrámosle con nuestro manto».

Y Baltasar entonces echó sobre el Pontífice León XIII, que este era el anciano del lecho humilde, echó su manto pesado de púrpura, y Gaspar el suyo, y Melchor el suyo.

El buey, que los veía, dejó un momento al Niño, y vino también a calentar con su aliento al Papa, que se moría de frío.

Aurelio Marco, de rodillas, sentía la inefable emoción del dolor religioso, de la sumisión piadosa a las despiadadas lecciones del misterio impenetrable y santo. «¡El Niño, en la cuna, muriendo de frío al nacer!; ¡el anciano, el Pontífice, sucesor de Pedro, vicario del Niño en la tierra, muriendo de frío en la extrema vejez!

El buey, Aurelio lo conocía, era el buey mudo disfrazado, Santo Tomás, que con el aliento de su doctrina quería calentar al Papa aterido. Los mantos de los Reyes eran: la tradición respetada; las grandezas del mundo que se adherían a la Iglesia para salvar el capital de la civilización cristiana; el poder de la herencia de la fe, de la belleza mística…

Todo era en vano; el viejo daba diente con diente.

Los Reyes Magos ya no sabían qué hacer; cómo dar un poco de calor al cuerpo débil que los temblores sacudían.

Miraban al cielo. Por la parte del ábside derruido se veía la bóveda estrellada. Allí estaba quieta, como un ascua de oro, su guía fiel, la estrella de Oriente… pero fría, como todas las demás, indiferente.

-¡Si saliera el sol! ¡si saliera el sol! decían los Reyes Magos.

Y arropaban bien, ciñéndole los mantos al triste cuerpo consumido, el Papa, que se moría de frío.

Y el Papa, de tarde en tarde, sonriendo entre los temblores, levantaba la cabeza y miraba hacia la cuna del pesebre, en el altar mayor. En el delirio, cuajado en su cerebro, pensaba:

«Mientras Él no se hiele, yo no me hielo».

Y Melchor, Gaspar y Baltasar, como un coro, repetían:

«¡Si saliera el sol! ¡Si saliera el sol!».

León Benavides

«Un león por armas tengo,

y Benavides se llama».

(TIRSO DE MOLINA - La prudencia en la mujer.)

Apuesto cualquier cosa a que la mayor parte de los lectores no saben la historia ni el nombre del león del Congreso, el primero que se encuentra conforme se baja por la Carrera de San Jerónimo. Pues, llamar, se llama… León, naturalmente. Pero ¿y el apellido? ¿Cómo se apellida? Se apellida Benavides.

Pero más vale dejarle a él la palabra, y oír su historia tal como él mismo tuvo la amabilidad de contármela, una noche de luna en que yo le contemplaba, encontrándole un no sé qué particular que no tenía su compañero de la izquierda.

«¿Qué tiene este león de interesante, de solemne, de noble y melancólico que no tiene el otro; el cual, sin embargo, a la observación superficial, puede parecerle lo mismo absolutamente que este?».

Hacia la mitad de la frente estaba el misterio; en las arrugas del entrecejo. No se sabía cómo, pero allí había una idea que le faltaba al otro; y sólo por aquella diferencia el uno era simbólico, grande, artístico, casi casi religioso, y el otro vulgar, de pacotilla; el uno la patria, el otro la patriotería. El uno estaba ungido por la idea sagrada, el otro no. Pero ¿en qué consistía la diferencia escultórica? ¿Qué pliegue había en la frente del uno que faltaba a la del otro?

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