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   Clásico 45 No.45

Cuentos morales Por Leopoldo Alas Palabras: 7671

Actualizado: 2018-11-14 00:04


El señorito era el mandón de la villa, el cacique de cuyo bando era Manín, que tenía dinero suyo a réditos y en arrendamiento cierta tierruca de hombre tan poderoso. El Artillero también tenía mandón que le protegiera: fue lucha de caciques. El juez, oficiosamente, hizo que la cosa se pusiera en manos que lo resolvieran sin llegar a un juicio, dando a entender que él, llegado el caso, daría una solución igual; quería servir al más poderoso dilatando o conjurando el compromiso. El mandón más fuerte, el señorito, el de Manín, salió con la suya. El Artillero tuvo miedo y se dio por vencido, antes de serlo en el mal afamado foro de la villa.

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Pero toda esta guerra pseudo-jurídica de influencias, intrigas, rencores y vanidades duró semanas y semanas, y en tanto la yegua ni curaba ni se moría. Poco a poco, alrededor de Falo, que la cuidaba, fueron acudiendo algunos vecinos inteligentes, por amor al arte de la veterinaria. Rosenda y la Chinta también empezaron a interesarse por el animal y sus lacerías. Manín fue el último, pero acudió también, y acabó por ser el más solícito, el que más se esmeraba en aliviar los males de la trampa.

La Chula, iba siendo cosa familiar, como la carretera. Hasta las vacas paraban mientes en ella. No se diga las gallinas, que le andaban todo el día entre las patas.

La idea de que era «un animal de Dios» esparció por el corral un ambiente de asilo caritativo. Falo triunfaba, radiante.

La yegua, al cabo, empezó a mejorar algo, muy poco; la familia le tomaba ley. Hasta el cura de la parroquia vino un día a verla. Era el cura, como la Chula, castellano, grave, noble, triste, cortés; también echaba de menos la ancha llanura. Declaró el párroco, dándole palmadas en el vientre, que era la yegua una buena pieza, que sanaría tal vez, que no tenía más que el peso de los años y ciertos vicios de la sangre. Apuntó la idea de que era, relativamente, caso de conciencia el cuidar al pobre animal, que parecía agradecer los remedios y el halago.

*****o*****

Una mañana se presentó el Artillero blasfemando, con el bolsillo de cuero en una mano y una cabezada en la otra. Venía por al yegua. «Le habían hecho una charranada; pero ya la pagarían en las próximas elecciones. Habría tiros». Arrojó el dinero a los pies de Manín, entró en el corral y se puso a desatar del pesebre a la Chula, como quien toma lo suyo. Salió con ella a la quintana, le puso la cabezada, montó, a pelo, de un brinco y, sin despedirse, apretó los ijares de la bestia para emprender la marcha… Pero la Chula no se movía.

Sin fijarse en este detalle importante, dando patadas feroces en el vientre de la torda, el Artillero, gritaba: «¡Esto es contra ley! ¡Esto clama al cielo! Si no fueran arriba y abajo todos unos pillos, yo acudiría al juez y a la Audencia por mis trescientas pesetas; pero el pobre en todas partes se escachifolla y se repudre… y se… ¡Anda borrica!». y ¡zas, zas! ¡qué patadas y qué ramalazos!

Falo, enfrente del Artillero, como para cortarle el paso, le contemplaba; pálido, mordiendo los labios. Manín, detrás de la Chula, rodeado de las mujeres, tenía un pie sobre el bolsillo que el Artillero había arrojado al suelo, y revolvía dentro de su cerebro estrecho grandes pensamientos.

De tal modo maltrataba el Artillero a la yegua, que no podía moverse, que la indignación estaba pronta a estallar en todos los del grupo. La familia contemplaba en silencio el trato cruel. La vieja, la ochentona, la varonil Rosenda, fue la primera que gritó:

-Cacho de bruto, ¿no ves que no quiere? ¿No tienes entrañas? Deja la torda o por las piernas te cojo y vas a tierra…

-Y si no lo hace la abuela, lo hago yo -dijo Falo, dando un paso adelante.

-La yegua es mía; pa eso ganasteis el pleito en ca el señorito. ¡Puñales! ¡Y que a esto lo

llamen justicia!…

-Tuya es la yegua -contestó Manín de Chinta, más sereno que Falo-; pero como el animal le tiene ley a la casa, por lo visto… y como no se quie dir… por mí, que se quede. Conque apéate; toma tu dinero, que ahí está donde lo dejaste, y la Chula vuelva al pesebre.

Y Manín separó el pie que pisaba el bolsillo y puso una mano sobre la grupa de la yegua.

Después de pensarlo, el Artillero, dejando de maltratar al animal, dijo con tono conciliador, pero no sin cierta sorna:

-Bien está lo que dices; pero has de pagar las costas.

-¿Qué costas, si todo se arregló entre amigos?

-Amigos, ¿eh? ¡del demonio! Las costas son la sangre que me habéis quemao y retepodrido, y lo que he gastao en zapatos en viajes a la villa… Con cinco pesos encima tuya es la yegua.

Y después de dimes y diretes, dudas, vacilaciones y embozados insultos, se hizo el trato; volvió la Chula a la cuadra, Falo a cuidarla, y el Artillero se fue con sus trescientas pesetas y veinticinco que no había traído.

La Chula, después de algunas semanas, pudo volver a tirar del carricoche. Cumplía con su oficio medianamente; como un veterano que ya merece el retiro. El carretón no se cargaba demasiado. Al llegar a las cuestas grandes, la gente a tierra; la Chula subía poco a poco; no se la apuraba. Se paraba a veces y se hacía la vista gorda. Ella procuraba cumplir lo mejor que podía; la familia le toleraba sus flaquezas naturales, su horror a lo empinado.

Así se vivía, soportándose unos a otros; como se sufría a la vieja, que ya no trabajaba y gruñía; como todos tenían algo que tolerarse, algo que perdonarse mutuamente. Así es la vida entre los que se quieren y atraviesan este valle de lágrimas juntos, unidas las manos para que no los disperse el viento del infortunio.

Se paraba la Chula en la Grandota; se sentaba la Chinta sobre un montón de grava y, con toda calma, fumaba un cigarrillo que en vez de papel tenía media hoja seca de maíz. Y Falo esperaba, silbando, pasando la mano por el lomo a la yegua torda, que se parecía al caballo que él había dejado muerto en un campo de batalla.

Don Patricio o el premio gordo en Melilla

-¿Por qué me llamaré yo Patricio? -se había preguntado muchas veces, para sus adentros, el señor de Caracoles, mientras metía las manos en los bolsillos de los pantalones, que siempre traía repletos de oro y plata, y sacudía con los dedos, haciéndolo sonar, el vil metal que le hacía cosquillas al saltar sobre los muslos.

«¡Patricio Clemente Caracoles y Cerrajería!»-. «Los apellidos, seguía pensando, están bien; sobre todo el materno, me tiene orgulloso; es toda una garantía. Cerrajería, Cerrajero…, Cerrojo… ¡Magnífico! Llevo en este apellido una caja de caudales, de esas que se disparan solas contra los ladrones. Caracoles… tampoco está mal. La vida del caracol me gusta; se ha dicho: no hay hombre sin hombre; yo digo: no hay hombre sin concha; el que no sea testaceo que se muera. Pero… ¡Clemente!, ¿a qué viene eso? ¡Patricio!… Como quien dice: patriota… patriotero… ¡ay, qué risa!».

Patricio Clemente había hecho su fortuna, un fortunón, pues venía a cobrar tres onzas diarias de renta, allá en la Habana; había empezado por coime en una casa de juego y había concluido por ser dueño de ella, casi, casi en sociedad con lo más principal de la población, a lo menos desde el punto de vista de la jurisdicción y el imperio.

Después había hecho muchísimos negocios, todos muy bonitos para él; y como se había acostumbrado en su antiguo trato a cobrar la puerta, para él todo negocio había de tener puerta, y puerta de oro, pues siempre se había de cobrar. Él siempre, en cualquier contrato, había de sacar un diezmo de puerta, o vi o clan o metu, pero siempre lo sacaba. Y para tranquilizar la conciencia, se decía: «Esto es por la puerta».

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