ManoBook > Literatura > El gallo de Sócrates

   Clásico 4 No.4

El gallo de Sócrates Por Leopoldo Alas Palabras: 7753

Actualizado: 2018-11-14 00:04


"Te aseguro, mi querido poeta, que representándome las sonrisas de mi hijo redivivo; la dicha que me aguardaba en sus primeras caricias; la felicidad de llorar de placer juntos y de dar gracias a Dios la madre, el padre y el hijo… ; las injurias de aquella noche horrible no me llegaban a lo más hondo de las entrañas… No era yo del todo el que recibía aquellos agravios. Yo, más que el autor de mi pobre drama, era el padre de mi pobre hijo. Este no podían matármelo los morenos. Dios quería librarlo de las garras de la fiebre; un enemigo mucho más serio que el público de los lunes clásicos.

El sombrero del cura

El señor obispo de la diócesis, por razones muy dignas de respeto, prohibió, hace algunos años, que el clero rural anduviera por prados y callejas, costas y montañas, luciendo el levitón de anchos faldones y el sombrero de copa alta, demasiado alta muchas veces. Hoy todos los curas de mi verde Erín, de mi católica y pintoresca Asturias, usan traje talar, sombrero de teja, de alas sueltas y cortas; y, a fuerza de humildad y con prodigios de obediencia, consiguen montar a caballo con sotana o balandrán, sin hacer la triste figura y sortear las espinas de los setos, sin dejar entre las zarzas jirones del paño negro.

Pero en los tiempos a que me refiero, no lejanos, el cura de la aldea ordinariamente parecía un caballero particular vestido de luto, con alzacuello de seda o de abalorios menudos y con levita y chistera, de remotísima moda las más veces.

El diputado Morales, cacique desde Madrid de una gran porción del territorio del Norte, lo menos, del que abarca dos o tres arciprestazgos, pasa los veranos en su magnífica posesión de la Matiella, en lo más alto de una colina cercana al mar. Desde el palacio, que así lo llaman los aldeanos, de los Morales se ve el cabo de Peñas, que avanza sobre el Cantábrico con gallardía escultórica; y del otro lado, al Oriente, se domina la costa accidentada, verde y alegre, hasta el cabo del Olivo. Y por la parte de tierra asisten los pasmados ojos, por un momento, a la sesión permanente que, en augusto conclave, celebran, por siglos de siglos, los gigantes de Asturias, de las Asturias de piedra: el Sueve, los Picos de Europa, el Aramo… , y tantas otras moles venerables que el buen hijo de esta patria llega a conocer y amar como a sacras imágenes de un augusto misterioso abolengo geológico… De barro somos, y no es mucho pensar con respeto y cariño en la tierra, abuela…

Pero Morales no pensaba en eso ni se paraba a contemplar el gran paisaje (panorama le llamaba él constantemente) que se podía admirar desde la Matiella. Sabía Morales que aquellas vistas valían mucho dinero, que por un capricho un indiano poderoso, o un banquero arrogante darían muchos miles de duros, encima de lo que por sí valía la quinta, nada más que por pagar las vistas soberbias… , que tampoco se pararían a contemplar banqueros soberbios ni soberbios indianos.

-Mire usted, mire usted qué panorama -decía Morales a cualquier huésped de la Matiella, y apuntaba con el dedo al horizonte, mientras él le miraba al amigo la cadena del reloj, los guantes o la corbata.

Para el cacique de la Matiella, diputado por juro de heredad, la Naturaleza, es decir, el campo, no era más que un marco para hacer resaltar el lujo de verano.

A sus ojos, mucho más tenían que admirar las porquerías de escayola con que él había adornado la quinta que el Sueve y Peña Mayor, que él confundía vilmente.

Sí; la Naturaleza era un buen mareo para sus vanidades veraniegas… , pero había que pulirlo, dorarlo… , echarle arena y cal hidráulica. La arena era su manía. Aborrecía los senderos en que se ve la tierra que se pisa. Senda sin arena, para Morales, era vergonzosa desnudez. Le encantaba también el pérfido engaño del cemento, que parece piedra, y oportune ataque inportune, el cacique interrumpí

a la vida lozana de aquellos verdores con obras de cal hidráulica.

Otro adorno de sus dominios era… el clero rural: los párrocos, coadjutores, ecónomes y capellanes sueltos de aquellos contornos.

Morales, naturalmente, creía en Dios, o, mejor, en la necesidad de inventarlo; un Dios personal, por supuesto, especie de freno automático para contener las pasiones de la multitud y conservar las venerandas instituciones… el papel en alza, cuando convenía. La impiedad le parecía a Morales una falta de respeto al jefe del Gobierno. Era, pues, muy propio de un conservador incondicional rodearse de toda la clerecía de aquellos arciprestazgos, de que él venía a ser el brazo secular por mediación de alcaldes, jueces municipales, etc., etc.

Sí, quería el freno religioso, el triunfo de la Iglesia… , pero con el concordato. Daba mucha importancia a las regalías. Le encantaba una Iglesia que fuese como la religión romana antigua, la de los paganos, una rueda de la administración pública… Miraba, dígase todo, en el fondo… , muy en el fondo… ; dudaba… , creía que el progreso… ; en fin, él había leído un artículo en que se extractaba la doctrina de Taine… , y… se atenía a los hechos. Quería el dogma para evitar que el mundo volviera a la barbarie; guardaba muchas consideraciones, a los señores curas… ; pero… , ¡estaban tan atrasados!… ¡Aquella Teología! ¡Aquellos sombreros! El verdadero Dios de Morales, sin saberlo él, era una diosa: la moda. La moda en todo. En la ropa, en el arte, en las enfermedades, en los barbarismos y en la filosofía. ¡Y aquel respetable clero que se reunía en la Matiella vestía de una manera!… Morales era muy amigo de repetir que él, gracias al progreso, sabía más qué Aristóteles. Excuso decir que sabía mucho menos. También sabía más que Santo Tomás. Se reía, en el seno de la confianza, de la forma silogística. Aborrecía la rima en el verso; quería que las casas fueran de hierro, y filosofaba a lo jónico, moderno, asegurando que todo era electricidad.

Llamaba neurastenia a todo lo que excedía de los alcances de su mísero espíritu, y creía bajo su palabra a la gente nueva cada vez que ésta le anunciaba que todo lo conocido caducaba, y que estaba para brotar el nuevo genio, el de la gran generación. A pesar de todo, era conservador en política, porque no había otra manera de conservar el distrito y la influencia de todos aquellos Ayuntamientos del contorno. ¡Pero, en el fondo, era él lo más avanzado, lo más modernista!… Y todo esto le venía de su real y espontánea afición, el último figurín, en materia de trapos. En fin: el gran villano, cuando hablaba a solas con su mujer, ¡llamaba cursi al cura de la Matiella!

Era un sacerdote alto, moreno, de cara larga, no mucho, bien proporcionadas facciones, dientes limpios y sanos, labios frescos, cuello fuerte, buen torso, pierna larga, majestuoso sin afectación en los andares, pulcro y sencillo en el vestir. También usaba levita larga, pero no mucho; y el sombrero…

-¡Verán ustedes qué sombrero! -nos dijo Morales una tarde de agosto, en que tomábamos café en la glorieta central del parque de la Matiella.

Un criado acababa de anunciar al señor cura de la parroquia.

Morales y el cura, por cosquillas de Morales y dignidad del párroco, habían estado sin verse dos o tres años; pero le había convenido al cacique una reconciliación, y el clérigo se había apresurado a admitirla, por caridad y espíritu sinceramente humilde. La tarde anterior, Morales había visitado al cura, le había invitado a tomar café al día siguiente, y él no tenía sobre la cabeza más que un humildísimo gorro negro.

-¡Verán ustedes qué sombrero! -repitió Morales, pensando en la chistera que usaba el cura tres o cuatro años antes.

No recordaba el sombrero, sino la impresión que a él le había hecho; no recordaba, sino que era de modelo antiquísimo, de figura antediluviana…

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