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   Clásico 13 No.13

Pipá By Leopoldo Alas Palabras: 7673

Updated: 2018-11-14 00:04


-Gaité -gritaba entre tanto el poeta-, no temas que mi justa indignación traspase los límites en que me encierra el respeto de tu honra.

-Mira amigo mío, que matar a ese hombre es un crimen innecesario y dejarle con vida y agraviado un gran peligro.

-Nada temas, bien mío, que lo que intento en nada le lastima, si no es que aún persiste en amarte y tenerse por rival mío este mal sacerdote de Cristo. Tráeme un cordel o haré de mis manos tenazas que le ahoguen; y aquí Orazio apretó un poco al cardenal para darle una idea de las tenazas aludidas.

Trajo, en fin, el cordel la cómica; ató a los pies del lecho monumental el poeta al purpurado, y tras esto salió diciendo: -Aguarda, señora, y aquí me verás en breve acompañado de quien pueda poner fin honroso a todo esto.

-Desátame, que me ahogo -gritó el cardenal en cuanto sintió que el amante estaba fuera.

-No, en mi vida -respondió la actriz mal repuesta del susto-, que luego no sabré hacer los nudos que él hizo y descubrirá el enredo.

-Pues aparéjate a contraer matrimonio con el endiablado poeta, si no prefieres huir conmigo de esta casa; escapemos del peligro y yo te dejaré con Brunetti o quien digas.

-No, y mil veces no; que Formi es mi dueño y si el matrimonio que intenta no pega, porque llueve sobre mojado, bastará que él se crea mi esposo, aunque siga siendo sólo mi amante, que para mi gusto con eso basta; que yo le quiero es seguro y convencido está de que el cardenal en vano me asedia.

-A bien que pronto se dio por vencido, y en confiar tanto da a entender que el casamiento lo tomó por lo serio, pues ya parece marido por lo ciego.

-Ya ves si cree en mi virtud; no aguardó a la segunda prueba siquiera.

-Pues lo siento, no sólo por esta soga maldita que me desuella, sino porque el papel de general francés lo tenía yo muy bien ensayado, y en el de príncipe Froski pensaba lucirme.

-Ay, mi querido Agamenón, que siento pasos; me parece que vuelve tu verdugo.

-Yo me descubro -replicó Agamenón.

-Saldrás de mi compañía si tal haces. Cardenal serás hasta que de mi casa te arrojen, a coces probablemente.

Calló el cardenal Agamenón, porque ya sonaba en la escalera ruido de pasos. Con discreto modo dieron los de fuera golpes suaves a la puerta.

-Adelante -dijo la cantarina- y pasaron dos caballeros, muy bien parecidos y de toda gala vestidos. Hicieron muchos saludos ceremoniosos y el más viejo habló así: -Somos amigos de Orazio Formi, y por su ruego asistimos en calidad de testigos a un matrimonio clandestino que con la señora Gaité Provenzalli quiere contraer el querido poeta. Suplicamos en su nombre a esta sublime artista, gloria de la escena, se digne esperar breves instantes, que serán los que tarde Orazio en traer consigo al sacerdote facultado para esta clase de funciones.

Poco sabía, o no sabía nada la Provenzalli de los ritos católicos, ni de las condiciones que para celebrar el sacramento del matrimonio se requieren; y así, empezó a turbarse con la presencia y las palabras de los testigos, y ya sospechaba si aquel matrimonio sería más verdadero de lo que convenía, para no tener que ver luego con la justicia.

Callaba el cardenal atado allá en la alcoba, guardaron silencio y tomaron asiento los testigos, y pasado apenas un cuarto de hora sonaron otros golpes discretos y penetró en la estancia un venerable sacerdote, muy parecido al figurón que todos conocemos por don Basilio, el del Barbero. Saludó el eclesiástico de luenga barba; sacó de los pliegues del manteo un libro viejo, un hisopo, una taza con agua bendita y dos cabos de cera. Improvisó un altarcico sobre el tocador de Gaité, encendió los cabos, todo en silencio, y postrado de hinojos ante el espejo, al que había arrimado una Chen de palo, quedose en oración, murmurando latines.

Sin saber lo que hacía, y dando u

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na importancia real a cuanto veía, Gaité arrodillose también, y ya que rezar apenas sabía, diose a temblar con todo el fervor de su alma. Los testigos también se arrodillaron.

Poco después entró en la estancia Orazio, vestido de raso blanco, con el traje más cumplido de novio, según el refinado lujo de la época.

-Señor párroco -dijo-, pues autorizado estáis para intervenir y facilitar esta clase de matrimonios, que por deudas de la honra no admiten dilaciones; pues Su Santidad os da el poder de atar estos indisolubles lazos que quiero me unan a Gaité Provenzalli, aquí, en el silencio de la noche, en el secreto de esta ocasión clandestina, os pido y humildemente ruego me deis por esposa a esta señora de mis pensamientos.

Púsose en pie el clérigo, y haciendo una seña al más viejo de los testigos, acercose a la atribulada esposa, sobre cuya cabeza puso ambas manos. Entonces el testigo requerido exclamó:

-Señora, acaso ignoráis, y por eso os advierto que el sacerdote que asiste en un matrimonio secreto no puede hablar, porque el rito le supone mudo, en señal de que le falta lengua para divulgar lo que oculto se quiere.

-Nada sé -respondió la cómica temblando-, disponed de mí como queráis.

-En tal caso, el testigo de más edad lleva la palabra y el sacerdote hace la maniobra (llamémosla así).

Miró Formi con inquietos ojos a su esposa, temiendo que aquello de la maniobra la hubiese puesto en cuidado; mas ella todo lo tenía por serio y bueno, y aunque la hubiesen casado por los ritos del Zend-Avesta nada hubiera sospechado.

Entonces el testigo viejo preguntó lo que se pregunta en todos los matrimonios. Quisieron, recibieron y otorgaron la cómica y el poeta cuanto hacía al caso, y el clérigo que, en silencio, había hecho mil aspavientos, como sancionando cuanto el seglar decía, apagó los cabos de cera a sendos soplos, recogió el hisopo, con que había hecho quinientas aspersiones, guardó el Cristo y se dirigió a la puerta, después de hacer genuflexiones humildísimas. Fuéronse tras él los testigos, y en cuanto quedaron solos Orazio se arrojó en los brazos de su legítima esposa, de cuya virtud hizo el más cumplido elogio, marcando los superlativos con ardorosos y muy sonoros besos que le repartía por el cuerpo. Tras esto pareciole oportuno tomar fiera venganza del cardenal, que aún yacía bajo el lecho, vacilando entre el miedo de sofocarse y el de perder su plaza en la compañía de Provenzalli, donde representaba papeles serios, tal como el de Agamenón, cuyo nombre le había quedado, el de Néstor, el de Ulises, el de viejo pastor en las comedias bucólicas y otros parecidos.

Discurrió Formi que pasaran la noche primera de sus amores lícitos en aquel lecho que había sido el de sus devaneos; el cardenal velaría su sueño atado debajo de la cama, como estaba.

Quiso Gaité disuadir al novio, pero fue en vano. El cardenal callaba, porque si por su culpa se descubría la trampa cardenalicia, ¿qué sería de su suerte? ¿En qué otra compañía ganaría lo que ganaba con la famosa cómica francesa?

Formi fue inflexible. Acostáronse en la blanda pluma los amantes, y fue en vano el crujir de dientes del cardenal, como vanas fueron las súplicas de la compasiva esposa, que temblaba temiendo ver concluida a cada instante la paciencia del pacientísimo Agamenón.

El mísero, abrumado con el peso de su cadena, o mejor diré del lecho, que ahora cargaba sobre sus espaldas, y no menos sofocado por la vergüenza, quiso echarlo a rodar todo, cuando creyó a los felices novios más olvidados de su pena y más atentos a la propia dicha. Así, como Titán que siente el peso de un mundo, sacudió la vergonzosa carga, bramó desesperado y dijo con voz que parecía salir de un subterráneo:

-Ténganse allá, ténganse allá, que no quiero más sufrir por culpas que no son mías. Yo diré quién soy.

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