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   Clásico 27 No.27

Pipá By Leopoldo Alas Palabras: 8826

Updated: 2018-11-14 00:04


Silencio otra vez. Doña Petra se acostó primero; volvió a rezar, porque le pareció que las oraciones de aquella tarde ya no servían, y quiso purificarse con otro rosario de coronilla. En tanto, don Casto paseaba por la sala en mangas de camisa, con los tirantes colgando, y así estuvo hasta que se le ocurrió una frase que reputó oportuna porque no decía nada y decía mucho. Mientras procuraba, maquinalmente y en vano, quitarse la corbata, mirándose al espejo, exclamó en voz alta, para que doña Petra le oyera:

-¡Lo barato es caro!

Este aforismo económico-alegórico-moral, como para sí le llamó Avecilla, no mereció respuesta ni comentarios por parte de doña Petra, sin embargo de que lo había entendido perfectamente. -¡Acuéstate, Avecilla! -fue lo que ella dijo.

-Bien quisiera; pero, la verdad, esta maldita corbata… estos malditos resortes, esta industria transpirenaica… ¡No sé por dónde metió la niña esta punta de acero! ¡Ay!

-¿Qué es eso, Avecilla?

-Nada, un pinchazo… ¿Pero, Señor, por dónde se saca eso?… Y lo peor es que me aprieta, me ahoga… ¡Parece un remordimiento esta corbata!… ¡Puf! ¡Renuncio, renuncio!

-¡Ven acá, hombre, a ver si yo puedo!

Doña Petra tampoco pudo.

Avecilla va y viene del espejo a la cama, de la cama al espejo; ni él ni su digna Petra son capaces de encontrar el resorte de aquella condenada máquina del plastrón.

-Comprendo lo de Sedán -gruñe don Casto, dando pataditas en el suelo-. No se parece la mecánica de esta corbata a la del Estado; en la máquina pública todo es armonía, relación; aquí… ¡no hay diablos que den en el intríngulis de este artefacto!… Si por aquí, nada; si tiro de aquí, menos -y sudaba sangre el buen señor. -¡Llama a Pepita! -dijo doña Petra.

-¡No en mis días! ¡Déjala dormir en el sueño de la inocencia! -y continuó:

-Estoy resuelto, ¡me acostaré con corbata y con camisa! ¡Yo, que no he consentido jamás que me hicieran dormir con ropa almidonada! ¡Pero, en fin, me sacrificaré! ¡Todo, antes que interrumpir el sueño de la inocencia! Porque aún será el sueño de la inocencia, ¿verdad, Petra mía?

-¡Pues claro, hombre!

Ambos esposos pensaban en lo mismo, en la pantorrilla de Mlle. Goguenard.

Don Casto se acostó sin quitarse la corbata. Apagó la luz. -Duerme -dijo a su señora. -¿Y tú? -¡Yo! ¿Quién duerme con este lazo al cuello?… ¡Soñaría que me daban garrote! -¿Pues por qué no quieres despertar a Pepita? -¡Que duerma, que duerma la inocencia… su padre vela!

Reinó el silencio en la oscuridad. Don Casto, sentado en la cama, apoyada la espalda en los almohadones, daba suspiros al viento con la fuerza de muchos fuelles. Doña Petra no suspiraba, pero tampoco dormía. Un reloj dio las dos.

-¡Si hubiéramos ido a la Zarzuela! -se atrevió a decir doña Petra, como continuando una conversación entablada de espíritu a espíritu, sin necesidad de palabras, entre los cónyuges.

-¡Sí; debimos haber ido a la Zarzuela!

-Pero como tú dices que es un espectáculo híbrido.

-Eso es cierto, híbrido.

Nueva pausa. Nuevo atrevimiento de doña Petra.

-¿Y qué significa eso de híbrido?

-Petra -respondió el viejo, ocultando mal su enfado-, diversas y varias veces te tengo reprendido, en el tono de la más cordial amistad, ese espíritu concupiscente de preguntarlo todo. Y sobre que más pregunta un necio que responde un sabio, debo advertirte que yo no recuerdo en este momento lo que esa palabreja significa; pero ten por seguro que la zarzuela es un espectáculo híbrido, pues yo lo he leído en críticos famosos y a ellos me atengo. Y duerme y calla, que harto tengo yo con esta maldita corbata para martirio de esta noche, y si no fuera un absurdo en el terreno de la economía, ya habría cogido unas tijeras…

-¡Jesús, hombre! ¡Una corbata que costó tantos reales!

-¡Pues por eso digo que sería un absurdo!

Durmió doña Petra y al cabo don Casto también, y soñó que le llevaban al patíbulo, como había previsto, y que por el camino del patíbulo había tendidas mujeres gordas, entre cuyas piernas mal cubiertas tenía que pasar don Casto, pisando carne por todos lados… Doña Petra no soñó nada. A la mañana siguiente, la rueda administrativa se despertó en D. Casto con grandes ansias de funcionar. Pepita, contra su costumbre, no se había levantado todavía. Avecilla se alegró en el fondo del alma. Salió muy temprano, sin hacer ruido, y como las oficinas no estarían aún abiertas, se

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fue al Retiro. -¡Oh! ¡La naturaleza -pensaba don Casto-, único espectáculo gratuito y moralizador! Cuando quiera que Pepita se distraiga y dé libre vuelo a su imaginación, la traeré al Retiro por la mañana, en vez de llevarla al teatro por la noche. Aquí las Fu deleitan el sentido del olfato, las aves el del oído, la naturaleza entera el de la vista, las brisas el del tacto, que según aseguran los sabios, está esparcido por todo el cuerpo, y por último, podemos corrernos con un cuartillo de leche de vaca, recreo sabrosísimo del gusto, leche con bizcochos… -y siguió perdiéndose en aquel idilio y entre las enramadas del Retiro.

Cuando entró en la oficina, ya estaban trabajando, es decir, leyendo periódicos, algunos compañeros.

-¡Hola, hola, Casto! -se permitió decirle un vejete, el único que le tuteaba-. ¡Parece que se trasnocha!… Sero venis. ¡Y qué cara, qué palidez, qué ojos hinchados! ¡Ah, Casto, Casto! ¡Me parece que andas en malos pasos!…

-Señores, ¿quién ha contado aquí?…

-¡Todo se sabe! -dijo el viejo con malicia, para descubrir algo.

-¡Me han visto en la barraca de la mujer gorda! -pensó Avecilla horrorizado-. ¡Pues bien, señores, juro con la mano puesta sobre el corazón, por mi honor y por los Santos Evangelios, que mi curiosidad era puramente artístico-científica! Es cierto que la pantorrilla de aquella robusta señora…

-¡Bravo, bravo, confiesa! -gritaron todos a coro.

No se le dejó proseguir; ya no pudo en su vida explicar aquellas palabras, y quedó como artículo de fe en la oficina que don Casto Avecilla era como los demás, que tenía una querida y era robusta.

-En fin, caballeros -dijo don Casto, renunciando a explicarse porque no le dejaban-, todo lo que ustedes quieran será; pero yo les ruego por caridad que alguno que entienda estas trampas de las corbatas con resorte, me libre de este dogal que me sofoca.

-¡Uf! -respiró don Casto, moviendo la cabeza, sacudido ya el ominoso yugo.

Respiró con libertad; ¡pero ay!, su reputación de casto esposo, de modelo de padres de familia, había desaparecido para siempre.

¿Y su hija? Su hija… ¿había perdido la inocencia aquella noche?

Yo le diré al lector, en secreto, que no hubo tal cosa.

Pero cuando, años después, la pobre Pepita, como tantas otras, sucumbió a los pérfidos halagos del amor de infantería y fue víctima de los engaños de un subteniente, huésped de la casa, don Casto, llorando su deshonra, se atribuyó toda la culpa de tan grande infortunio…

-¡Sí, sí! -exclamaba medio loco, mesándose las venerables canas-. ¡Yo la prostituí aquella maldita noche, por no llevarla a un teatro clásico, por querer ahorrar ocho reales! ¡Lo barato es caro, lo barato es caro!… ¡Yo bien decía!

Y doña Petra, por todo consuelo, repetía cien y cien veces:

-¡Si hubiéramos ido a la Zarzuela!

Zaragoza, 1882

El hombre de los estrenos

Yo le conocí una vez que mudé de fonda, que, como diría D. Juan Ruiz de Alarcón:

«Sólo es mudar de dolor».

Entré en el comedor a las doce del día, y me vi solo.

Habían almorzado ya todos los huéspedes, menos uno, cuyo cubierto, intacto, estaba enfrente del mío.

A las doce y cuarto entró un caballero robusto, alto, blanco, de grandes ojos azules claros, con traje flamante, si bien de corte mediano, pechera reluciente, bigote engomado. Parecía un elegante de provincia.

Me saludó con una cabezada, y con voz sonora, rimbombante, gritó, mientras daba una palmadita discreta:

-¡Perico, fritos!

Pedía huevos fritos, según colegí del contexto, o sea de los huevos que aparecieron acto continuo, fritos efectivamente.

El caballero, a quien sin más misterio llamaré desde ahora D. Remigio, pues este era su nombre, D. Remigio Comella, para que se sepa todo, colocó a su lado, a la derecha, sobre el terso mantel, cinco periódicos, uno sobre otro. Desenvolvió el primero, después de hacer igual operación con la servilleta, que puso sobre las rodillas no sin meter una punta por un resquicio del chaleco de piqué blanco. Paseó una mirada de águila… del Retiro por la plana primera del papel impreso, que olía así como a petróleo; dio la vuelta a la hoja con desdén, miró todas las columnas de la segunda plana de arriba a abajo, y al llegar a la tercera, respiró satisfecho; me miró a mí casi sonriendo, dobló otra vez el periódico a su modo y se abismó en la lectura de aquellas letras borrosas, que apestaban.

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