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   Clásico 2 No.2

Novelas ejemplares Por Miguel Cervantes Palabras: 8553

Actualizado: 2018-11-14 00:04


Allí va el furioso Marte

en la persona curiosa

de más de un gallardo joven,

que de su sombra se asombra.

Junto a la casa del Sol

va Júpiter; que no hay cosa

difícil a la privanza

fundada en prudentes obras.

Va la Luna en las mejillas

de una y otra humana diosa;

Venus casta, en la belleza

de las que este cielo forman.

Pequeñuelos Ganimedes

cruzan, van, vuelven y tornan

por el cinto tachonado

de esta esfera milagrosa.

Y, para que todo admire

y todo asombre, no hay cosa

que de liberal no pase

hasta el estremo de pródiga.

Milán con sus ricas telas

allí va en vista curiosa;

las Indias con sus diamantes,

y Arabia con sus aromas.

Con los mal intencionados

va la envidia mordedora,

y la bondad en los pechos

de la lealtad española.

La alegría universal,

huyendo de la congoja,

calles y plazas discurre,

descompuesta y casi loca.

A mil mudas bendiciones

abre el silencio la boca,

y repiten los muchachos

lo que los hombres entonan.

Cuál dice: ''Fecunda vid,

crece, sube, abraza y toca

el olmo felice tuyo

que mil siglos te haga sombra

para gloria de ti misma,

para bien de España y honra,

para arrimo de la Iglesia,

para asombro de Mahoma''.

Otra lengua clama y dice:

''Vivas, ¡oh blanca paloma!,

que nos has de dar por crías

águilas de dos coronas,

para ahuyentar de los aires

las de rapiña furiosas;

para cubrir con sus alas

a las virtudes medrosas''.

Otra, más discreta y grave,

más aguda y más curiosa

dice, vertiendo alegría

por los ojos y la boca:

''Esta perla que nos diste,

nácar de Austria, única y sola,

¡qué de máquinas que rompe!,

¡qué [de] disignios que corta!,

¡qué de esperanzas que infunde!,

¡qué de deseos mal logra!,

¡qué de temores aumenta!,

¡qué de preñados aborta!''

En esto, se llegó al templo

del Fénix santo que en Roma

fue abrasado, y quedó vivo

en la fama y en la gloria.

A la imagen de la vida,

a la del cielo Señora,

a la que por ser humilde

las estrellas pisa agora,

a la Madre y Virgen junto,

a la Hija y a la Esposa

de Dios, hincada de hinojos,

Margarita así razona:

''Lo que me has dado te doy,

mano siempre dadivosa;

que a do falta el favor tuyo,

siempre la miseria sobra.

Las primicias de mis frutos

te ofrezco, Virgen hermosa:

tales cuales son las mira,

recibe, ampara y mejora.

A su padre te encomiendo,

que, humano Atlante, se encorva

al peso de tantos reinos

y de climas tan remotas.

Sé que el corazón del Rey

en las manos de Dios mora,

y sé que puedes con Dios

cuanto quieres piadosa''.

Acabada esta oración,

otra semejante entonan

himnos y voces que muestran

que está en el suelo la Gloria.

Acabados los oficios

con reales ceremonias,

volvió a su punto este cielo

y esfera maravillosa.

Apenas acabó Preciosa su romance, cuando del ilustre auditorio y grave senado que la oía, de muchas se formó una voz sola que dijo:

-¡Torna a cantar, Preciosica, que no faltarán cuartos como tierra!

Más de docientas personas estaban mirando el baile y escuchando el canto de las gitanas, y en la fuga dél acertó a pasar por allí uno de los tinientes de la villa, y, viendo tanta gente junta, preguntó qué era; y fuele respondido que estaban escuchando a la gitanilla hermosa, que cantaba. Llegóse el tiniente, que era curioso, y escuchó un rato, y, por no ir contra su gravedad, no escuchó el romance hasta la fin; y, habiéndole parecido por todo estremo bien la gitanilla, mandó a un paje suyo dijese a la gitana vieja que al anochecer fuese a su casa con las gitanillas, que quería que las oyese doña Clara, su mujer. Hízolo así el paje, y la vieja dijo que sí iría.

Acabaron el baile y el canto, y mudaron lugar; y en esto llegó un paje muy bien aderezado a Preciosa, y, dándole un papel doblado, le dijo:

-Preciosica, canta el romance que aquí va, porque es muy bueno, y yo te daré otros de cuando en cuando, con que cobres fama de la mejor romancera del mundo.

-Eso aprenderé yo de muy buena gana -respondió Preciosa-; y mire, señor, que no me deje de dar los romances que dice, con tal condición que sean h

onestos; y si quisiere que se los pague, concertémonos por docenas, y docena cantada y docena pagada; porque pensar que le tengo de pagar adelantado es pensar lo imposible.

-Para papel, siquiera, que me dé la señora Preciosica -dijo el paje-, estaré contento; y más, que el romance que no saliere bueno y honesto, no ha de entrar en cuenta.

-A la mía quede el escogerlos -respondió Preciosa.

Y con esto, se fueron la calle adelante, y desde una reja llamaron unos caballeros a las gitanas. Asomóse Preciosa a la reja, que era baja, y vio en una sala muy bien aderezada y muy fresca muchos caballeros que, unos paseándose y otros jugando a diversos juegos, se entretenían.

-¿Quiérenme dar barato, cenores? -dijo Preciosa (que, como gitana, hablaba ceceoso, y esto es artificio en ellas, que no naturaleza).

A la voz de Preciosa y a su rostro, dejaron los que jugaban el juego y el paseo los paseantes; y los unos y los otros acudieron a la reja por verla, que ya tenían noticia della, y dijeron:

-Entren, entren las gitanillas, que aquí les daremos barato.

-Caro sería ello -respondió Preciosa- si nos pellizcacen.

-No, a fe de caballeros -respondió uno-; bien puedes entrar, niña, segura, que nadie te tocará a la vira de tu zapato; no, por el hábito que traigo en el pecho.

Y púsose la mano sobre uno de Calatrava.

-Si tú quieres entrar, Preciosa -dijo una de las tres gitanillas que iban con ella-, entra en hora buena; que yo no pienso entrar adonde hay tantos hombres.

-Mira, Cristina -respondió Preciosa-: de lo que te has de guardar es de un hombre solo y a solas, y no de tantos juntos; porque antes el ser muchos quita el miedo y el recelo de ser ofendidas. Advierte, Cristinica, y está cierta de una cosa: que la mujer que se determina a ser honrada, entre un ejército de soldados lo puede ser. Verdad es que es bueno huir de las ocasiones, pero han de ser de las secretas y no de las públicas.

-Entremos, Preciosa -dijo Cristina-, que tú sabes más que un sabio.

Animólas la gitana vieja, y entraron; y apenas hubo entrado Preciosa, cuando el caballero del hábito vio el papel que traía en el seno, y llegándose a ella se le tomó, y dijo Preciosa:

-¡Y no me le tome, señor, que es un romance que me acaban de dar ahora, que aún no le he leído!

-Y ¿sabes tú leer, hija? -dijo uno.

-Y escribir -respondió la vieja-; que a mi nieta hela criado yo como si fuera hija de un letrado.

Abrió el caballero el papel y vio que venía dentro dél un escudo de oro, y dijo:

-En verdad, Preciosa, que trae esta carta el porte dentro; toma este escudo que en el romance viene.

-¡Basta! -dijo Preciosa-, que me ha tratado de pobre el poeta, pues cierto que es más milagro darme a mí un poeta un escudo que yo recebirle; si con esta añadidura han de venir sus romances, traslade todo el Romancero general y envíemelos uno a uno, que yo les tentaré el pulso, y si vinieren duros, seré yo blanda en recebillos.

Admirados quedaron los que oían a la gitanica, así de su discreción como del donaire con que hablaba.

-Lea, señor -dijo ella-, y lea alto; veremos si es tan discreto ese poeta como es liberal.

Y el caballero leyó así:

-Gitanica, que de hermosa

te pueden dar parabienes:

por lo que de piedra tienes

te llama el mundo Preciosa.

Desta verdad me asegura

esto, como en ti verás;

que no se apartan jamás

la esquiveza y la hermosura.

Si como en valor subido

vas creciendo en arrogancia,

no le arriendo la ganancia

a la edad en que has nacido;

que un basilisco se cría

en ti, que mate mirando,

y un imperio que, aunque blando,

nos parezca tiranía.

Entre pobres y aduares,

¿cómo nació tal belleza?

O ¿cómo crió tal pieza

el humilde Manzanares?

Por esto será famoso

al par del Tajo dorado

y por Preciosa preciado

más que el Ganges caudaloso.

Dices la buenaventura,

y dasla mala contino;

que no van por un camino

tu intención y tu hermosura.

Porque en el peligro fuerte

de mirarte o contemplarte

tu intención va a desculparte,

y tu hermosura a dar muerte.

Dicen que son hechiceras

todas las de tu nación,

pero tus hechizos son

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