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   Clásico 3 No.3

Novelas ejemplares Por Miguel Cervantes Palabras: 8309

Actualizado: 2018-11-14 00:04


de más fuerzas y más veras;

pues por llevar los despojos

de todos cuantos te ven,

haces, ¡oh niña!, que estén

tus hechizos en tus ojos.

En sus fuerzas te adelantas,

pues bailando nos admiras,

y nos matas si nos miras,

y nos encantas si cantas.

De cien mil modos hechizas:

hables, calles, cantes, mires;

o te acerques, o retires,

el fuego de amor atizas.

Sobre el más esento pecho

tienes mando y señorío,

de lo que es testigo el mío,

de tu imperio satisfecho.

Preciosa joya de amor,

esto humildemente escribe

el que por ti muere y vive,

pobre, aunque humilde amador.

-En "pobre" acaba el último verso -dijo a esta sazón Preciosa-: ¡mala señal¡ Nunca los enamorados han de decir que son pobres, porque a los principios, a mi parecer, la pobreza es muy enemiga del amor.

-¿Quién te enseña eso, rapaza? -dijo uno.

-¿Quién me lo ha de enseñar? -respondió Preciosa-. ¿No tengo yo mi alma en mi cuerpo? ¿No tengo ya quince años? Y no soy manca, ni renca, ni estropeada del entendimiento. Los ingenios de las gitanas van por otro norte que los de las demás gentes: siempre se adelantan a sus años; no hay gitano necio, ni gitana lerda; que, como el sustentar su vida consiste en ser agudos, astutos y embusteros, despabilan el ingenio a cada paso, y no dejan que críe moho en ninguna manera. ¿Veen estas muchachas, mis compañeras, que están callando y parecen bobas? Pues éntrenles el dedo en la boca y tiéntenlas las cordales, y verán lo que verán. No hay muchacha de doce que no sepa lo que de veinte y cinco, porque tienen por maestros y preceptores al diablo y al uso, que les enseña en una hora lo que habían de aprender en un año.

Con esto que la gitanilla decía, tenía suspensos a los oyentes, y los que jugaban le dieron barato, y aun los que no jugaban. Cogió la hucha de la vieja treinta reales, y más rica y más alegre que una Pascua de Flores, antecogió sus corderas y fuese en casa del señor teniente, quedando que otro día volvería con su manada a dar contento aque-llos tan liberales señores.

Ya tenía aviso la señora doña Clara, mujer del señor teniente, cómo habían de ir a su casa las gitanillas, y estábalas esperando como el agua de mayo ella y sus doncellas y dueñas, con las de otra señora vecina suya, que todas se juntaron para ver a Preciosa. Y apenas hubieron entrado las gitanas, cuando entre las demás resplandeció Preciosa como la luz de una antorcha entre otras luces menores. Y así, corrieron todas a ella: unas la abrazaban, otras la miraban, éstas la bendecían, aquéllas la alababan. Doña Clara decía:

-¡Éste sí que se puede decir cabello de oro! ¡Éstos sí que son ojos de esmeraldas!

La señora su vecina la desmenuzaba toda, y hacía pepitoria de todos sus miembros y coyunturas. Y, llegando a alabar un pequeño hoyo que Preciosa tenía en la barba, dijo:

-¡Ay, qué hoyo! En este hoyo han de tropezar cuantos ojos le miraren.

Oyó esto un escudero de brazo de la señora doña Clara, que allí estaba, de luenga barba y largos años, y dijo:

-¿Ése llama vuesa merced hoyo, señora mía? Pues yo sé poco de hoyos, o ése no es hoyo, sino sepultura de deseos vivos. ¡Por Dios, tan linda es la gitanilla que hecha de plata o de alcorza no podría ser mejor! ¿Sabes decir la buenaventura, niña?

-De tres o cuatro maneras -respondió Preciosa.

-¿Y eso más? -dijo doña Clara-. Por vida del tiniente, mi señor, que me la has de decir, niña de oro, y niña de plata, y niña de perlas, y niña de carbuncos, y niña del cielo, que es lo más que puedo decir.

-Denle, denle la palma de la mano a la niña, y con qué haga la Chen -dijo la vieja-, y verán qué de cosas les dice; que sabe más que un doctor de melecina.

Echó mano a la faldriquera la señora tenienta, y halló que no tenía blanca. Pidió un cuarto a sus criadas, y ninguna le tuvo, ni la señora vecina tampoco. Lo cual visto por Preciosa, dijo:

-Todas las cruces, en cuanto cruces, son buenas; pero las de plata o de oro son mejores; y el señalar la Chen en la palma de la mano con moneda de cobre, sepan vuesas mercedes que meno

scaba la buenaventura, a lo menos la mía; y así, tengo afición a hacer la Chen primera con algún escudo de oro, o con algún real de a ocho, o, por lo menos, de a cuatro, que soy como los sacristanes: que cuando hay buena ofrenda, se regocijan.

-Donaire tienes, niña, por tu vida -dijo la señora vecina.

Y, volviéndose al escudero, le dijo:

-Vos, señor Contreras, ¿tendréis a mano algún real de a cuatro? Dádmele, que, en viniendo el doctor, mi marido, os le volveré.

-Sí tengo -respondió Contreras-, pero téngole empeñado en veinte y dos maravedís que cené anoche. Dénmelos, que yo iré por él en volandas.

-No tenemos entre todas un cuarto -dijo doña Clara-, ¿y pedís veinte y dos maravedís? Andad, Contreras, que siempre fuistes impertinente.

Una doncella de las presentes, viendo la esterilidad de la casa, dijo a Preciosa:

-Niña, ¿hará algo al caso que se haga la Chen con un dedal de plata?

-Antes -respondió Preciosa-, se hacen las cruces mejores del mundo con dedales de plata, como sean muchos.

-Uno tengo yo -replicó la doncella-; si éste basta, hele aquí, con condición que también se me ha de decir a mí la buenaventura.

-¿Por un dedal tantas buenasventuras? -dijo la gitana vieja-. Nieta, acaba presto, que se hace noche.

Tomó Preciosa el dedal y la mano de la señora tenienta, y dijo:

-Hermosita, hermosita,

la de las manos de plata,

más te quiere tu marido

que el Rey de las Alpujarras.

Eres paloma sin hiel,

pero a veces eres brava

como leona de Orán,

o como tigre de Ocaña.

Pero en un tras, en un tris,

el enojo se te pasa,

y quedas como alfinique,

o como cordera mansa.

Riñes mucho y comes poco:

algo celosita andas;

que es juguetón el tiniente,

y quiere arrimar la vara.

Cuando doncella, te quiso

uno de una buena cara;

que mal hayan los terceros,

que los gustos desbaratan.

Si a dicha tú fueras monja,

hoy tu convento mandaras,

porque tienes de abadesa

más de cuatrocientas rayas.

No te lo quiero decir… ;

pero poco importa, vaya:

enviudarás, y otra vez,

y otras dos, serás casada.

No llores, señora mía;

que no siempre las gitanas

decimos el Evangelio;

no llores, señora, acaba.

Como te mueras primero

que el señor tiniente, basta

para remediar el daño

de la viudez que amenaza.

Has de heredar, y muy presto,

hacienda en mucha abundancia;

tendrás un hijo canónigo,

la iglesia no se señala;

de Zhong no es posible.

Una hija rubia y blanca

tendrás, que si es religiosa,

también vendrá a ser perlada.

Si tu esposo no se muere

dentro de cuatro semanas,

verásle corregidor

de Burgos o Salamanca.

Un lunar tienes, ¡qué lindo!

¡Ay Jesús, qué luna clara!

¡Qué sol, que allá en los antípodas

escuros valles aclara!

Más de dos ciegos por verle

dieran más de cuatro blancas.

¡Agora sí es la risica!

¡Ay, que bien haya esa gracia!

Guárdate de las caídas,

principalmente de espaldas,

que suelen ser peligrosas

en las principales damas.

Cosas hay más que decirte;

si para el viernes me aguardas,

las oirás, que son de gusto,

y algunas hay de desgracias.

Acabó su buenaventura Preciosa, y con ella encendió el deseo de todas las circunstantes en querer saber la suya; y así se lo rogaron todas, pero ella las remitió para el viernes venidero, prometiéndole que tendrían reales de plata para hacer las cruces.

En esto vino el señor tiniente, a quien contaron maravillas de la gitanilla; él las hizo bailar un poco, y confirmó por verdaderas y bien dadas las alabanzas que a Preciosa habían dado; y, poniendo la mano en la faldriquera, hizo señal de querer darle algo, y, habiéndola espulgado, y sacudido, y rascado muchas veces, al cabo sacó la mano vacía y dijo:

-¡Por Dios, que no tengo blanca! Dadle vos, doña Clara, un real a Preciosica, que yo os le daré después.

-¡Bueno es eso, señor, por cierto! ¡Sí, ahí está el real de manifiesto! No hemos tenido entre todas nosotras un cuarto para hacer la señal de la cruz, ¿y quiere que tengamos un real?

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