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   Clásico 1 No.1

Los héroes de la visera By Antonio De Hoyos y Vinent Palabras: 8849

Updated: 2018-11-14 00:03


Parte 1

Capítulo 1

Cayetano hizo su aparición en la taberna y, encarándose con el «Carreterito», avisó:

-La «Rubia», que te espera ahí fuera.

Alzó la cabeza el torero con un gesto brusco, que echó hacia atrás la dorada onda dormida sobre la frente, y separando los ojos de las cartas formuló con impaciencia:

-La dices que se «ahueque», ¿estás tú? Y que haga el pijotero favor de dejarme en paz… ¡Ah! -añadió al ver que el otro se disponía a retirarse-, y tú que no me vengas con «embajás».

Salió el maletilla con jacarandosos andares toreros, orgulloso de su terno perla, de su cordobés flamante, de la jarifa corbata roja rayada de verde y, sobre todo, de su belleza de niño gitano, que le ayudaba a vivir en los años juveniles al amparo de las hembras de trapío con la misma alegre inconsciencia con que viven los pájaros en los días primaverales al amparo de los árboles vestidos de follaje; cayó nuevamente la cortina de rayado percal sobre el luminoso cuadro de la puerta, y el santuario de Baco quedó sumido en la semipenumbra, que hacía de él un oasis en el bochorno de la tarde estival.

En el recinto, menos sucio de lo que era de temer, reinaba, con las sombras bienhechoras, un acre olor a cueva y humedad, que subía del piso, prolijamente regado. Un zócalo imitación de roble, sosteniendo botellas de cuanto líquido crearon la naturaleza, la química y la mala fe de los taberneros, daba la vuelta al cuarto; grandes carteles taurinos, de hórridos colorines y figuras convencionales -corridas madrileñas, novilladas de Vista Alegre y Tetuán y pueblunos festejos taurinos-, adornaban los muros, empapelados de verde, y como presidiendo aquel templo de la «afición», y justificando su nombre de «Círculo Taurino», una cabeza de toro disecado miraba temerosa a los futuros astros de la coleta. Era el astado bruto el «Intencionaíto», miureño que echó a mejor vida al pobre «Remendao», un buen torero y buen cliente de la casa, que en ella vivió sus glorias y fatigas, mereciendo que en homenaje a su memoria el testuz de su enemigo fuese disecado y expuesto a la pública execración. Frente a la puerta, defendida del sol por la cortina, que mal cerrada dejaba colarse dos rayos de luz en cuyo dorado polvillo zumbaban los moscones su monorrítmica melodía, alzábase sobre el fondo de los anaqueles, cargados de frascos, el mostrador de cine. Tras él, don Elías, el amo, que en mangas de camisa dormía ese sueño que han dado en atribuir no sé si con razón a los justos.

Hallábase el establecimiento, a aquella temprana hora, vacío; las redondas mesas de pino, ilustradas por cien inscripciones trazadas con las puntas de las navajas, yacían abandonadas, rodeadas de incómodas banquetas, y sólo en un rincón el «Carreterito» jugaba al tute con Pozuelo, el «tocaor», y el «Niño de los Caireles». Reinaba en el recinto religioso silencio, únicamente interrumpido por el zumbido de los insectos y las palabras litúrgicas del juego: «¡Las cuarenta!» «¡Veinte en copas!» «¡Las diez de últimas!»

Cayetano volvía:

-¡Esa, que no se «quié dir»!

El «Carreterito» tiró las cartas con rabia y, alzando la cabeza, clamó.

-¡Pues que se «quee»! A mí no me da la gana de salir, ¿estás tú?

-¡Pero, hombre, Julián… !

-¡Qué hombre ni qué pajoleros mengues que te lleven! ¡Que no me da la gana, y que no, y que no! ¡Ya te he dicho que no me vengas con «embajás»!

El pecho echado hacia afuera ostentando la robusta musculatura de un joven gladiador, el ceño fruncido endureciendo la expresión un poco pueril del rostro, los ojos azules velados por súbita ira, tenía la apostura cruel de los luchadores que apartan de su camino el amor que puede detenerles en su marcha hacia la conquista del ideal.

Pozuelo y el de los «Caireles», ante la querencia de la guapa hembra, se habían alzado de sus asientos, y asomándose a la puerta, la piropeaban a su sabor, deslumbrados por su arrogante belleza matronil.

-¡Vaya una mujer, «Mare de Dió»!

-¡Señora, «tié usté» un perfil «berebere» que atufa!

Ella, espléndida, en la plenitud de su hermosura de Gracia de Rubens, cuya gama un poco pálida -oro, rosa y nieve- realzaban los magníficos solitarios fulgurantes en sus orejas, sonreía reclinada en la capota de la «manuela», aparentando complacencia, mientras sus ojos de turquesa inquirían ansiosos lo que pasaba tras de la cortina.

Cayetano mientras tanto volvía a la carg

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a:

-¡Julián, no seas «asaúra», que te «quie da un recao»!

-¡Que se lo dé a su padre!

Nuevo Lucifer en la montaña, el chulo quiso tentarle:

-¡No desprecies, hombre, que está con er coche y te lleva de verbena y a cenar a la «Bombi»… ! -misterioso y turbador-: Trae unos brillantes así de grandes -y cerraba el puño.

-Pues que te lleve a ti -desdeñó el torero.

-¡No me «quie llevá», que es por ti por quien está «chalá»! -aseguró, no sin secreta pena, el maleta.

-¡Pues a mí no me compra nadie por un duro! ¿Estás?

-¡Si no «é» un duro! -protestó, amante de la exactitud, sobre todo en cuestiones pecuniarias, el otro.

-¡Ni por diez, ni por veinte, ni por mil! Yo lo que tengo me lo gano con los toros, y mis «cornás» me cuesta, ¿estás? Y si la «Rubia» quiere chulos, que los busque, que gentes sin aprensión no le han de faltar.

El emisario insistió reprochador:

-¡Si te quiere a ti!

-¡Qué querer ni qué música! Pinturerías, y «na ma» que pinturerías. ¡Lo que ella «quie» y lo que «quién» todas es darse postín por ahí con un chulo a su vera! Pues si la señora -y en el despectivo acento con que matizaba de ironía aquella «señora» ponía todo el desdén de sus triunfales veinticinco años ante el crepúsculo, espléndido sí, pero crepúsculo al fin y al cabo, en que se hundía su adorada- «quie» un monete, que lo compre, porque lo que es a mí…

Partió el embajador a dar cuenta del fracaso de su misión; arrancó el coche, llevando a la ofendida beldad, y reintegrados a sus asientos Pozuelo y «Caireles», más Cayetano, que, acabada su misión, venía a echar un trago, discutieron el caso.

¡Parecía mentira! ¡Desdeñar a una «gachí» como aquélla, que además estaba «chalaíta» por él! ¡Y cuidado que valía la hembra! Con unos ojos como un cacho de cielo y una boca como una rosa y unas formas que quitaban el sentido (esto fue comentario de Cayetano, que se pirraba por las hembras de fachada). Y luego, que era una mujer a quien no dolían prendas; siempre dispuesta a gastarse veinte duros en una juerga, y muy capaz de lanzar a un hombre que le gustase y hasta de hacerle torero como se le metiese en el moño. ¡Y cuidado que estaba loca por Julián! ¡No había sino verlo! ¡Coches por acá, mantones por allá, y cada brillante como una nuez! Sí, Nati, la «Rubia», estaba pero que muy bien desde que el carcamal del marqués murió dejándola el riñón bien cubierto, y era persona para hacer la suerte de cualquiera.

Julián hubo de defenderse explicando su conducta.

¡Él no quería vivir de las hembras! Quedárase eso para los «desahogaos» que no pensaban más que en pasarlo bien, llenando la andorga sin trabajar; él tenía sed de gloria y de dinero y anhelaba ganarse el pan noblemente, como se lo ganan los hombres, frente a frente con el toro, jugándose la piel y quizá la vida. ¡Ah, las mujeres! ¡Las mujeres eran la perdición! Ellas convierten un héroe en un vencido. ¡Ay del que en los primeros pasos caía en sus manos! Con sus mimos hacían de luchadores, poltrones aficionados a la comodidad y el regalo; ellas, con celos y egoísmos, agrían el carácter, o con locuras y coqueterías tornan receloso y desconfiado; ellas con sus lágrimas transforman en cobarde al valiente; con sus caricias quiebran las fuerzas, y el que cae en sus garras de gata en ellas se convierte en juguete. Amaba a las mujeres sobre todo, pero no para transformarse en un monigote en su poder, sino para ser el macho fuerte que las toma y las deja a su sabor. ¡Pero líos, que atan y estorban, jamás! Una juerga, una noche de amor y… a otra. Por eso aspiraba a ser un gran torero, a ganar el oro a montones para gozar de la vida, para poseer, no aquellas cansadas cortesanas que en el ocaso se aferran a un amor que guardan a fuerza de sacrificios, sino las que él quisiese, nenas «pimpantes» como rosales en flor; cocotas, de esas de teatro, que quitan el sentido. Poseerlas para cubrirlas de brillantes y luego, harto de ellas, arrojarlas como a una muñeca rota; ser el domador y no la presa. Y después, cuando ya ahíto de aplausos y dinero, el cuerpo le pidiese reposo y el espíritu cariño, casarse con una mujercita dulce y buena, que ignorase lo que son pinturas y líos y aventuras y que le quisiese mucho. ¿Pero él irse a vivir con una de aquellas criaturas hartas de caer y de rodar, a compartir sus mentiras y enredos, a ver sus porquerías, sus mixtificaciones… ? ¡Nunca! Antes volvía a morirse de hambre.

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