MoboReader> Literatura > Cuentos

   Clásico 2 No.2

Cuentos By Nathaniel Hawthorne Palabras: 9351

Updated: 2018-11-14 00:03


-¡0h. Dios de los ejércitos! -clamó una voz entre la multitud, -¡envía un salvador a tu pueblo!-

Esta exclamación, lanzada en voz muy alta, pareció ser el grito del heraldo para introducir un notable personaje. La multitud había retrocedido y se hallaba en aquel momento en plena confusión a la extremidad de la calle, mientras los soldados avanzaban en una tercera parte de su longitud. El espacio intermedio estaba vacío, mostrando la calzada libre entre altos edificios que arrojaban sombras confusas sobre toda la escena. De pronto, vióse aparecer la figura de un anciano, que parecía haber brotado de en medio del pueblo y avanzaba solo hacia el centro de la calle, hasta ponerse enfrente del bando armado. Llevaba el antiguo vestido de los puritanos: capa obscura y sombrero de alta copa a la moda de cincuenta años atrás, por lo menos, y gran espada al costado; pero llevaba además un bastón en la mano para sostener el trémulo temblor de los años.

Cuando estuvo a cierta distancia de la multitud volvióse el anciano lentamente, mostrando un semblante impregnado de antigua majestad, y doblemente venerable por la blanca barba que descendía hasta su pecho. Hizo un ademán de aliento y expectativa a la vez y, dando media vuelta, prosiguió su camino en linea recta hacia adelante.

-¿Quién es este anciano patriarca? -preguntaron los jóvenes a sus padres.-

-¿Quién es este hermano venerable? -se preguntaron los viejos unos a otros.-

Nadie pudo responder. Los patriarcas del pueblo, que contaban ochenta años y algo más, se preocuparon cavilando sobre su extraño olvido respecto de esta evidente personalidad, a quien probablemente habían conocido en los días primitivos como asociado de Wínthrop y todos los viejos consejeros, dictando leyes y elevando plegarias, y apercibiéndoles contra el salvajismo. Los hombres mayores debían recordar sin duda haberle visto cuando jóvenes, con mechones tan grises como los que ellos ostentaban ahora. ¡Y los jóvenes! ¿Cómo se había borrado tan completamente en su memoria el recuerdo de este blanco patriarca, reliquia del tiempo desvanecido, cuya venerada bendición había acariciado seguramente en la infancia sus cabezas descubiertas?

-¿De dónde ha salido? ¿Qué se propone? ¿Quién puede ser este hombre?- susurraba la admirada multitud.

Entretanto el venerable extranjero, con su bastón en la mano, proseguía su solitaria marcha por el medio de la calzada. Cuando se encontró más cerca de los soldados que avanzaban y llegó claramente a sus oídos el redoble del tambor, irguióse el anciano en toda su altura, envuelto en sombría e inquebrantable dignidad, pareciendo que toda la decrepitud de la edad caía de sus hombros. Marchaba ahora con paso marcial, llevando el compás de la música militar. De esta manera avanzaron, la antigua aparición de un lado y toda la parada de soldados y magistrados por el otro, hasta que apenas quedaban veinte yardas de distancia en medio de ellos; y entonces el anciano, cogiendo su vara por la mitad y blandiéndola en alto como una insignia de mando, exclamó:

-¡Deteneos!-

La mirada, el continente y la actitud de mandato; el solemne y marcial timbre de la voz, acostumbrada tanto a dirigir las huestes en el campo de batalla como a elevarse hasta la divinidad en fervorosa plegaria, fueron irresistibles. A la voz del anciano y ante su brazo erguido, calló inmediatamente el redoble del tambor y la línea entera se detuvo. Un temblor de entusiasmo se apoderó de la multitud. Aquella augusta aparición, en que se cambinaban la santidad y el poder, tan blanca, tan vagamente entrevista, con sus antiguas vestiduras, podía ser únicamente algún viejo campeón de la causa de la justicia, levantado de su tumba por el redoble del tambor de los opresores. Lanzaron una triunfante y reverente exclamación, y aguardaron la liberación de la Nueva Inglaterra.

El gobernador y los caballeros de su bando, al darse cuenta de su inesperada detención, avanzaron rápidamente como si quisieran lanzar sus atemorizados y palpitantes corceles contra la blanca aparición. El anciano, sin embargo, no retrocedió un paso; y recorriendo con mirada austera el grupo que le rodeaba a medias, la fijó al cabo severamente en Sir Édmund Andros. Podría haberse creído que el sombrío anciano era el jefe allí, y que el gobernador y el consejo, con todos los soldados que les acompañaban, representando todo el poder y la autoridad real, no tenían más recurso que obedecer.

-¿Qué hace aquí este viejo?- gritó Édward Rándolph ferozmente. -¡Adelante, Sir Édmund! Haced avanzar a los soldados y no dejéis a este viejo chocho más alternativa que la que dais a toda la nación: ¡hacerse a un lado

MoboReader, bring tons of novels with you.
Free toDescargar Manobook

o ser pisoteados!

-Vamos, vamos, mostremos algún respeto al buen patriarca, -dijo riendo Búllivant.-¿No veis que es algún antiguo dignatario que ha estado durmiendo estos treinta años y no sabe nada de los cambios ocurridos? ¡Sin duda piensa echarnos abajo con alguna proclama en nombre del viejo Noll![3]

-¿Estáis loco, anciano? -preguntó Sir Édmund Andros en tono rudo e incisivo. -¿Cómo os atrevéis a detener la marcha del gobernador del rey Jaime?

-Habría detenido en estos momentos aun la marcha del mismo rey,-replicó el respetable personaje con severa compostura. -Me encuentro aquí, señor gobernador, porque el grito del pueblo oprimido ha llegado hasta mi escondida morada; e implorando ardientemente la protección del Señor, me ha sido otorgado aparecer una vez más sobre la tierra en defensa de la causa justa de sus santos. Y ¿qué diré de Jaime? No existe ya este tirano en el trono de Inglaterra; y mañana al mediodía su nombre será objeto de escarnio en esta misma calle donde vos lo hacíais emblema de terror. ¡Atrás, tú que has sido gobernador, atrás! ¡Esta noche tu poder ha terminado; mañana, la prisión! ¡Atrás, a menos que desees que te pronostique el cadalso!-

El pueblo se había aproximado más y más, bebiendo las palabras de su campeón, que hablaba con acento singular, como alguien que no estuviera acostumbrado a hacer uso de la palabra, excepto con los muertos de años atrás. Pero su voz sacudió el espíritu de la multitud. Afrontaron a los soldados, sacando a relucir algunas armas y listos a convertir en instrumentos de muerte las mismas piedras de las calles. Sir Édmund Andros miró al anciano; recorrió luego la multitud con ojos duros y crueles, encontrando por todas partes aquella ira sombría tan difícil de ablandar o quebrantar; y otra vez fijó su mirada en la figura del anciano, obscuramente delineada en el espacio libre, donde ni amigos ni enemigos se habían atrevido a penetrar. Cualesquiera que fuesen sus pensamientos, no pronunció una sola palabra que pudiera descubrirlos. Mas, sea que estuviese dominado por la mirada del blanco adalid, sea que adivinara el peligro en la actitud amenazadora del pueblo, lo cierto es que retrocedió ordenando a sus soldados una retirada lenta y a la defensiva. Antes de que se pusiera el nuevo sol, el gobernador y todos los generales que tan orgullosamente montaban a su lado estaban prisioneros, y tan pronto como se supo que Jaime había abdicado, Guillermo fué proclamado rey en toda la Nueva Inglaterra.

Mas ¿dónde estaba el anciano Campeón? Algunos dijeron que mientras se retiraban las tropas de King Street y el pueblo se amotinaba tumultuosamente en su seguimiento, vióse a Brádstreet, el viejo gobernador, abrazar a una figura que aparentaba ser aun de mucha más edad que él. Otros afirmaban muy seriamente que, en tanto que se maravillaban del aspecto imponente del anciano, habíase éste desvanecido ante sus ojos, fundiéndose suavemente entre las sombras del crepúsculo hasta que quedó solamente el espacio vacio. Pero todos convenían en que la blanca figura había desaparecido. Los hombres de aquella época aguardaron mucho tiempo su reaparición, tanto a la luz del día como en las horas del crepúsculo; pero jamás volvieron a verle, ni supieron cuándo se celebraron sus exequias, ni dónde se encontraba su piedra tumularia.

¿Quién fué el anciano campeón? Quizá podría descubrirse su nombre en los anales de aquel tribunal que dictó una sentencia, demasiado excelsa para el tiempo, pero gloriosa en la eternidad por su lección humillante para los monarcas, y altamente ejemplarizadora para los vasallos. He oído decir que dondequiera que los puritanos necesitan mostrar el espíritu de sus ascendientes, aparece de nuevo el anciano. Transcurridos ochenta años, se presentó otra vez en King Street. Cinco años después, en la aurora de cierta mañana de abril, apareció en la pradera frente a la capilla de los cuáqueros en Léxington, donde se levanta ahora el obelisco de granito con una lápida conmemorativa de la primera caida de la revolución. Y cuando nuestros padres preparaban el parapeto de Búnker Hill, el viejo guerrero estuvo rondando toda la noche en los alrededores. ¡Mucho, mucho riempo puede transcurrir antes de que se presente otra vez! Su hora es la hora de obscuridad, de adversidad y de peligro. Mas, si la tiranía nacional nos oprimiera alguna vez o el paso de los invasores violara nuestro suelo, volvería de nuevo el anciano campeón, porque encarna el espíritu genuino de la Nueva Inglaterra; y su aparición simbólica en la hora del peligro representará siempre la promesa de que los hijos de la Nueva Inglaterra sabrán corresponder a su alcurnia.

Free toDescargar Manobook
(← Keyboard shortcut) Previous Contenidos (Keyboard shortcut →)
 Novels To Read Online Free

Escanea el código para descargar la aplicación Manobook.

Back to Top