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   Clásico 3 No.3

Cuentos By Nathaniel Hawthorne Palabras: 7876

Updated: 2018-11-14 00:03


EL ENTIERRO DE RÓGER MALVIN

LA EXPEDICIÓN proyectada el año 1725 en defensa de las fronteras» y que terminó en la renombrada "batalla de Lóvell" es uno de los pocos incidentes de la guerra india su- ceptibles de la luz fantástica del romance. Dejando a la sombra judiciaría ciertas circunstancias, la imaginación encuentra mucho que admirar en el heroísmo de una pequeña banda que presentó batalla a enemigo dos veces superior, en el corazón de su propio país. La valentía desplegada por ambas partes estuvo de acuerdo con las ideas civilizadas sobre el valor; y aun la caballería andante no se avergonzaría de registrar en sus anales las hazañas individuales de uno o dos de aquellos combatientes. La batalla a que nos referimos, aunque fatal para los beligerantes, no tuvo consecuencias funestas para la nación, porque derrocó el poderío de una tribu y condujo a la paz que subsistió durante varios años consecutivos. La historia y la tradición son minuciosas en sus crónicas sobre este asunto; y el capitán de una partida de exploradores en la frontera adquiría renombre militar tan positivo como el del jefe que condujera millares de hombres a la victoria. A pesar de la substitución de nombres ficticios por los verdaderos, será fácil reconocer algunos de los incidentes que se refieren en las páginas siguientes, como el mismo relato escuchado de labios de los ancianos sobre la suerte de los pocos combatientes que sobrevivieron en la retirada de la "batalla de Lóvell."

Brillaban alegremente los primeros rayos del sol sobre la copa de los árboles a cuyo pie reposaron la noche anterior dos hombres, sus miembros fatigados y heridos. Habían preparado su lecho de hojas secas de roble sobre el pequeño plano que se extendía al pie de una roca situada cerca del punto prominente de una de aquellas ondulaciones del terreno que prestan tan variado aspecto a la comarca. La masa de granito, elevando su bruñida y lisa superficie a quince o veinte pies sobre sus cabezas, semejaba una gigantesca piedra tumularia, en que las venas naturales parecían formar una inscripción en caracteres olvidados. En una extensión de varios acres en tomo de esta roca, los robles y otros árboles de madera dura habían reemplazado a los pinos, producto ordinario del terreno, y un joven y vigoroso renuevo de roble se erguía inmediatamente detrás de los viajeros.

Las graves heridas del hombre más anciano le habían privado del sueño evidentemente; pues apenas se posó el primer rayo del sol en la copa del árbol más elevado, enderezóse penosamente de su posición yacente y se sentó. Las líneas profundas de su rostro y algunas hebras grises en sus cabellos acusaban que había pasado de la edad mediana; pero su musculoso cuerpo habría sido capaz de resistir la fatiga como en la fuerza de la juventud, a no ser por el efecto de sus heridas. La languidez y el agotamiento se revelaban en sus macilentas facciones; y la mirada desolada que arrojó a las profundidades de la selva manifestaba la íntima convicción de que su peregrinaje había terminado. Volvió en seguida los ojos al compañero que estaba acostado al lado suyo. Era un joven que apenas habría alcanzado la edad viril, y yacía, con la cabeza sobre el brazo, entregado a un sueño intranquilo, que un estremecimiento causado por el dolor de sus heridas parecía a cada instante a punto de romper. Su mano derecha asía un fusil; y a juzgar por el juego violento de sus facciones, su sueño le mostraba de nuevo la visión del conflicto del cual era uno de los escasos sobrevivientes. Un grito, agudo y fuerte sin duda en su soñadora fantasía, llegó a sus labios en vago murmullo; y, estremeciéndose a este ligero eco de su propia voz, despertó repentinamente. Su primera preocupación al recobrar sus sentidos fué preguntar ansiosamente por el estado de su compañero herido. Éste sacudió la cabeza.

-Rubén, hijo mío, -dijo, -esta roca tras de la cual nos encontramos servirá de piedra t

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umularia a un viejo cazador. Hay todavía largas millas de tétrica soledad ante nosotros; y sería lo mismo para mí aun cuando el humo de la propia chimenea de mi casa estuviera al extremo de esta ondulación del terreno. Las balas indias son más mortíferas de lo que yo pensaba.

-Estáis débil por efecto de nuestra caminata de tres días, -replicó el joven, -y un poco de descanso os devolverá la fuerzas. Quedad aquí mientras busco en el bosque las hierbas y raíces que deben sustentarnos; y después de haber comido, apoyándoos en mí, emprenderemos la vuelta al hogar. No dudo de que con mi ayuda podréis llegar hasta una de las guarniciones de la frontera.

-No tengo dos días de vida, Rubén, -dijo el otro, serenamente, -y mi cuerpo inútil no debe ser más tiempo una carga para ti, que con dificultad puedes sostenerte a ti mismo. Tus heridas son profundas y tus fuerzas decaen rápidamente; sin embargo, puedes salvarte aún, si te apresuras a avanzar solo. Para mí no hay esperanza, y aguardaré aquí la muerte.

-Si es así, permaneceré a vuestro lado y velaré por vos, -dijo Rubén con resolución.

-No, hijo mío, no, -insistió su compañero.

-Deja que se imponga la voluntad de un moribundo; dame tu mano, que yo la estreche, y parte. ¿Piensas que mis últimos momentos serían más tranquilos con la idea de que te condenaba a morir de muerte más lenta? Te he amado como un padre, Rubén; y en momentos como éste debo tener la autoridad de un padre. ¡Te ordeno marchar, para que yo pueda morir en paz!

-Y porque habéis sido un padre para mí, ¿he de dejaros perecer y quedar insepulto en esta soledad? -exclamó el joven. -No; si vuestro fin se aproxima en verdad, velaré a vuestro lado y recibiré vuestra eterna despedida. Cavaré una tumba aquí, bajo la roca, en la cual descansaremos juntos, si la debilidad me hace desfallecer; o si el Cielo me da fuerzas, buscaré el camino de mi hogar.

-En las ciudades y en cualquiera parte donde viven los hombres, -replicó el otro, -se acostumbra enterrar a los muertos. Ocúltanlos así a la vista de los vivos; pero aquí, donde ningún ser humano pasará quizá en cien años, ¿por qué no habría de descansar bajo el cielo, cubierto únicamente por las hojas de roble cuando las hagan caer las ráfagas de otoño? Y si de monumento se trata, aquí tenemos esta roca gris, donde mi mano moribunda esculpirá el nombre de Róger Malvin, para que los viajeros futuros sepan que reposa aquí un cazador y un guerrero. No te retardes, por consiguiente, sino apresúrate al contrario, ya que no por ti mismo, ¡por ella, que quedaría desolada!-

Malvin pronunció con voz trémula las últimas palabras que produjeron visiblemente hondo efecto en su compañero. Hiciéronle recordar que existen deberes menos cuestionables que el de compartir la suerte de un hombre a quien la muerte de su camarada no iba a beneficiar. No podría afirmarse si algún sentimiento egoísta se abrió paso en el corazón de Rubén, a quien su conciencia hizo aun resistir obstinadamente las súplicas de su compañero.

-¡Cuan terrible sería aguardar la muerte en esta soledad!- exclamó el joven. -Un hombre valiente no tiembla en el campo de batalla; y aun la mujer puede morir valerosamente cuando los amigos rodean su lecho; pero aquí … -Tampoco temblaré aquí, Rubén Bourne,- interrumpió Malvin. -Soy hombre de corazón; y aunque no lo fuera, hay una fuerza superior a la que pueden prestar todos los amigos del mundo. Eres joven y amas la vida. Tus últimos momentos necesitan comodidades que mi naturaleza no reclama; y cuando me hayas depositado en tierra y te encuentres solo, y la noche caiga sobre la selva, sentirás toda la amargura de la muerte a que ahora podías haber escapado. Mas no daré razones egoístas a tu generoso corazón. Abandóname por mi propia conveniencia, para que, después de haber murmurado una plegaria por tu salvación, tenga tiempo de arreglar mis cuentas sin sentirme perturbado por pesares terrenales.

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