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   Clásico 4 No.4

Cuentos By Nathaniel Hawthorne Palabras: 8248

Updated: 2018-11-14 00:03


-¿Y vuestra hija! ¿Cómo me atreveré a afrontar sus miradas? -exclamó Rubén. -¡Me interrogará sobre la suerte de su padre, cuya vida juré defender con la mía propia! ¿He de decirla que marchasteis tres días conmigo desde el campo de batalla y que os abandoné luego, dejándoos perecer, solo, en el desierto? ¿No es preferible que me acueste en la tierra y perezca al lado vuestro, antes que regresar salvo y verme obligado a decir esto a Dorcas?

-Dirás a mi hija, -repuso Róger Malvin,- que, a pesar de encontrarte dolorosamente herido, débil y fatigado, sostuviste por muchas millas mis pasos vacilantes y te separaste de mí sólo a mis ruegos, porque no quise yo que tu muerte pesara sobre mi alma. Le dirás que fuiste fiel en medio del sufrimiento y los peligros, y que si tu sangre hubiera podido salvarme, la habrías derramado hasta la última gota; y dile también que serás para ella algo más querido que un padre, y que os bendigo a ambos y que mis ojos moribundos pueden vislumbrar una vía larga y placentera que recorreréis juntos.-

Mientras hablaba, habíase erguido Malvin, y la energía de sus últimas palabras pareció llenar la selva solitaria con una visión de felicidad; mas, al caer exhausto de nuevo sobre su lecho de hojas de roble, se apagó la luz que por un momento había brillado en los ojos de Rubén. Sintióse loco y culpable de pensar en la dicha en momentos semejantes. Su compañero espiaba su movible fisonomía, tratando de arrastrarle con arte generoso a procurar su propio interés.

-Quizá me equivoco respecto al tiempo que me resta de vida, -prosiguió. -Es posible que con pronta asistencia llegara a recobrarme de mis heridas. Los primeros fugitivos deben haber llevado ya a la frontera las nuevas de nuestro desastroso encuentro, y probablemente recorren el campo partidas para recoger a los que se hallan en condiciones semejantes a las nuestras. Si tropezaras con una de estas partidas y la guiaras a este sitio, ¿quién puede asegurar que no me vería otra vez sentado al fuego de mi hogar?-

Una dolorosa sonrisa vagó por las facciones del moribundo al insinuar esta infundada esperanza que, sin embargo, produjo efecto en Rubén. Ningún motivo puramente egoísta, ni siquiera la situación desolada de Dorcas le habría inducido jamás a abandonar a su compañero en momentos semejantes; pero sus deseos acogieron la idea de que era posible salvar la vida de Malvin, y su entusiasta naturaleza llegó casi a posesionarse de la remota posibilidad de encontrar ayuda humana en aquella soledad.

-Seguramente que hay razones, y razones poderosas para esperar que nuestros amigos no se encuentran muy distantes, -dijo a media voz.- Un cobarde huyó en salvo al comienzo de la pelea y es probable que haya ido bien de prisa. Todos los fieles de la frontera han empuñado sin duda el fusil a tales nuevas; y, a pesar de que ninguna partida se aventuraría tan adentro de los bosques, puedo encontrarla quiza después de un día de marcha. Aconsejadme escrupulosamente, -añadió, volviéndose a Malvin, desconfiado de su propio criterio. -Si estuvierais en mi lugar, ¿me abandonaríais mientras tuviera vida?

-Hace veinte años, -replicó Róger Malvin, suspirando, sin embargo, al reconocer íntimamente la disimilitud de ambos casos, -hace veinte años que escapé con un amigo muy querido del cautiverio de los indios cerca de Montreal. Vagamos durante muchos días entre los bosques, hasta que al fin, desfallecidos por el hambre y el cansancio, mi amigo se desplomó y trató de persuadirme que le abandonase, porque sabía que al permanecer pereceríamos ambos; y con muy poca esperanza de encontrar socorro, amontoné una almohada de hojas secas bajo su cabeza y me apresuré a partir. -¿Y volvisteis a tiempo para salvarlo? -preguntó Rubén, pendiente de las palabras de Malvin como si fueran el profético anuncio de su propio éxito.

-Sí; -respondió el otro. -Llegué al campamento de una partida de cazadores el mismo día antes del ocaso. Los guié hasta el paraje donde mi amigo aguardaba la muerte; y ahora es un hombre sano y vigoroso que trabaja en sus propias tierras muy lejos de la frontera, mientras

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que yo estoy herido aquí pereciendo en las profundidades del desierto.-

Este ejemplo, actuando poderosamente sobre la decisión de Rubén, se fortalecía inconscientemente con muchos otros motivos en el alma del joven. Róger Malvin comprendió que el triunfo estaba cerca.

-¡Ahora ve, hijo mío, y que el cielo te proteja!- dijo. -Vuelve con nuestros amigos tan pronto como puedas encontrarlos, a menos que las heridas y el cansancio te hagan desfallecer; pero en este caso, envía dos o tres, los que sea posible, en busca mía; y créeme, Rubén, mi corazón se sentirá más ligero a cada paso que te acerque al hogar.-

Mas podía quizá observarse cierto cambio en su voz y en su fisonomía mientras hablaba así; porque era, en verdad, suerte horrible verse abandonado para expirar en la soledad.

Rubén Bourne, convencido sólo a medias de que procedía con rectitud, alzóse y se preparó para la partida. Pero antes, aunque contrariando los deseos de Malvin, reunió un montón de las hierbas y raices que habían sido su único alimento en los dos últimos días. Colocó la inútil provisión al alcance del moribundo, para quien dispuso igualmente un lecho fresco de hojas secas de roble. Subiendo entonces al ápice de la roca, que era áspera y rugosa por uno de sus lados, inclinó el joven roble y ató su pañuelo en la rama más alta. La precaución no era innecesaria para guiar a cualquiera que pudiese venir en busca de Malvin; porque los costados de la roca, salvo el ancho y bruñido frente, quedaban ocultos a poca distancia por la densa vegetación de la selva. El pañuelo era el vendaje de la herida del brazo de Rubén; y al atarlo en el árbol juró, por la sangre de que estaba manchado, que regresaría, ya fuera para salvar la vida de su compañero o para depositar su cuerpo en la tumba. Bajó después y se mantuvo con los ojos bajos, escuchando las últimas palabras de Malvin.

La experiencia de éste le sugería numerosos y detallados consejos respecto al viaje del joven a través de la intrincada selva. Habló de ello con serena gravedad, como si enviara al joven de caza o a la guerra mientras quedaba él en seguridad; y de ningún modo como si el rostro humano que contemplaba en aquellos momentos fuera el último que había de ver en su vida. Pero su firmeza se conmovió antes de concluir.

-Lleva mi bendición a Dorcas y dile que mi última plegaria será por ella y por ti. Encarécele de mi parte no conservar amargos sentimientos por tu abandono -aquí palpitó dolorosamente el corazón de Rubén -porque sé que si tu vida hubiera pesado en favor mió, la habrías sacrificado sin vacilar. Ella se casará contigo después de haber llorado algún tiempo a su padre; y ¡quiera el Cielo concederos largos y felices días, y puedan los hijos de vuestros hijos rodear vuestro lecho de muerte! Y vuelve, Rubén, -añadió, pues la debilidad de la muerte le vencía al fin, -cuando tus heridas estén curadas y tu cansancio haya pasado; vuelve a esta roca solitaria, a depositar mis huesos en la tumba y a murmurar una plegaria sobre mis restos.-

Los habitantes de la frontera prestaban atención casi supersticiosa a los ritos de la sepultura; lo cual se originaba quizá en las costumbres de los indios que hacían la guerra tanto a los muertos como a los vivos; presentándose muchos casos en que se sacrificaba la vida por el propósito de enterrar a los que habían perecido "en las fauces del desierto." Rubén comprendía, por consiguiente, toda la importancia de la solemne promesa que hizo de volver y de llevar a cabo las exequias de Malvin. Era digno de notarse que éste, al hablar a corazón abierto en sus palabras de despedida, no trataba ya de persuadir al joven de que quizá un rápido socorro podria salvarle. Rubén estaba íntimamente convencido de que era la última vez que veía vivo el rostro de Malvin. Su naturaleza generosa le impulsaba a quedarse a cualquier riesgo hasta que todo hubiera terminado; pero el ansia de vivir y la esperanza de la felicidad se habían fortalecido en su corazón, y fué incapaz de resistir. -Es suficiente,- dijo Róger Malvin, después de escuchar la promesa de Rubén. -¡Ve, y que Dios te guíe!-

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