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   Clásico 5 No.5

Cuentos By Nathaniel Hawthorne Palabras: 10002

Updated: 2018-11-14 00:03


El joven oprimió su mano silenciosamente, volvióse y partió. Sus débiles y vacilantes pasos le hablan conducido muy poco trecho, sin embargo, cuando la voz de Malvin le llamó de nuevo.

-¡Rubén, Rubén! -dijo débilmente; y Rubén regresó, y arrodillándose junto al moribundo.

-Levántame y déjame reclinado contra la roca, -fué su ultima petición. -Mi semblante se dirigirá así hacia mi hogar, y podré divisarte un instante más cuando desaparezcas bajo los árboles.-

Habiendo satisfecho Rubén el deseo de cambiar de postura del moribundo, comenzó otra vez su solitaria peregrinación. Avanzaba al principio más rápidamente de lo que correspondía sus fuerzas porque una especie de remordimiento, que atormenta a veces al hombre en sus actos más justificados, le incitaba a ocultarse cuanto antes a los ojos de Malvin; mas, después de avanzar bastante lejos sobre las crujientes hojas, retrocedió agazapándose, empujado por una ardiente y dolorosa curiosidad, y oculto por las raíces medio enterradas de un árbol caído, miró ansiosamente al hombre abandonado. El sol matinal estaba claro y los árboles y arbustos inhalaban el suave ambiente de mayo; pero había, sin embargo, cierta melancolía en el aspecto de la naturaleza, como si simpatizara con los dolores y sufrimientos de la muerte. Las manos de Róger Malvin se elevaban unidas en ferviente plegaría, de la cual pudo percibir Rubén en medio de la tranquilidad de la selva algunas palabras que penetraron en su corazón torturándole con sufrimiento intolerable. Eran acentos interrumpidos que imploraban por la felicidad del joven y de Dorcas; y al escucharlos, su conciencia o algún sentimiento análogo, lucho fuertemente para persuadirle a volver y reposar de nuevo junto a la roca. Sintió todo el horror del destino del noble y generoso ser a quien había abandonado en tal extremidad. La muerte llegaría lentamente como un fantasma, avanzando poco a poco hasta él a través de la selva, y mostrando de árbol en árbol, cada vez más cerca, su faz horrenda e implacable. Mas el destino de Rubén le impulsaba probablemente a no retardarse un día más; y ¿quién le reprocharía haberse retraído de sacrificio tan inútil? Cuando lanzaba en derredor la postrera mirada, la brisa hizo ondear la pequeña bandera en la copa del roble, recordando a Rubén su juramento.

Muchas circunstancias contribuyeron a retardar al viajero herido en su marcha a la frontera. El segundo día las nubes, densamente apretadas sobre el horizonte, descartaron la posibilidad de regular su camino por la posición del sol; y el joven ignoraba si los esfuerzos de su naturaleza casi exhausta le llevaban más cerca o más lejos del fin apetecido. Proveían escasamente a su subsistencia las bayas y otros productos naturales del bosque. Rebaños de ciervos pasaban, es verdad, muy cerca de su lado y las perdices se levantaban ante su paso; pero había consumido sus municiones en la batalla y no podía siquiera intentar la caza. Sus heridas, inflamadas por el constante esfuerzo de que dependía su sola esperanza de vida, disminuían sus fuerzas y muchas veces perturbaban su razón. Pero, aun en medio de su desvarío, el joven corazón de Rubén se aferraba fuertemente a la existencia; hasta que, incapaz absolutamente de movimiento, desfalleció al fin bajo un árbol, viéndose obligado a esperar allí la muerte.

En tal situación fué descubierto por una partida despachada en socorro de los sobrevivientes, a las primeras nuevas de la batalla. Lleváronle a la colonia más cercana, que resultó por azar su propia residencia.

Dorcas, con la sencillez de los tiempos primitivos, velaba al lado del lecho de su amante herido prodigándole aquellos cuidados que son privilegio exclusivo del corazón y las manos de la mujer. Durante varios días los recuerdos de Rubén vagaron pesadamente entre los peligros y obstáculos que había tenido que vencer, y el joven fué incapaz de dar respuesta definida a las preguntas con que muchas personas se apresuraban a fatigarle. No habían circulado aún detalles auténticos del combate; ni era dado tampoco a las madres, esposas e hijos saber si los seres amados de su corazón estaban cautivos o yacían entre las cadenas inquebrantables de la muerte. Dorcas guardaba en silencio sus temores hasta que una tarde, despertando Rubén de un sueño intranquilo, pareció reconocerla más claramente que las veces anteriores. Observó que el joven había reconquistado por completo sus sentidos y no pudo dominar más largo tiempo su ansiedad filial.

-¿Y mi padre, Rubén?- comenzó; mas el cambio de la fisonomía de su amante la obligó a detenerse.

El joven se estremeció como a impulsos de agudo dolor y la sangre subió violentamente a sus descoloridas y flacas mejillas. Su primer impulso fué ocultar el rostro; pero, con desesperado esfuerzo se enderezó y habló con vehemencia defendiéndose contra una imaginaria acusación.

-Tu padre quedó mal herido en la batalla, Dorcas; y me prohibió embarazarme con el peso de su compañía, permitiéndome solame

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nte acompañarlo hasta la orilla del lago para que pudiera saciar su sed y morir en paz. Pero yo no quería abandonar al anciano en tal situación; y, aunque herido yo mismo, le sostuve prestándole la mitad de mis fuerzas, y le llevé conmigo. Durante tres días vagamos juntos, y tu padre resistió mucho más de lo que yo esperaba; pero al despertar del cuarto día, le encontré desfallecido y exhausto; no podía proseguir; la vida se le escapaba; y • • •

-¡Murió!- exclamó Dorcas débilmente.

Rubén sintió cuan imposible era confesar que su egoísta amor a la vida le había obligado a partir antes que la suerte del padre de la joven se hubiera decidido. No habló; solamente inclinó la cabeza, y se desplomó, desfallecido y avergonzado, ocultando el rostro entre las almohadas. Dorcas sollozó al ver confirmados sus temores; pero como se había anticipado este golpe largo tiempo, pudo rehacerse mejor contra su violencia,

-¿Abriste una fosa para mi padre en el desierto? -fué la pregunta que expresó inmediatamente su piedad filial.

-Mis brazos estaban débiles; pero hice lo que pude,- replicó el joven en voz baja. -Elévase una magnifica piedra tumularia sobre su cabeza y, ¡pluguiera al cielo que me sea dado reposar tan tranquilamente como él!-

Observando Dorcas el extravío de sus últimas palabras, no inquirió más en aquella ocasión; pero su corazón se tranquilizó a la idea de que Róger Malvin no había carecido de los ritos funerarios que era posible procurar. La historia del valor y la fidelidad de Rubén no perdió nada de su fuerza cuando Dorcas la refirió a sus amigos; y el pobre joven, al dejar con vacilante paso su cuarto de enfermo para respirar la brisa soleada, hubo de sufrir la miserable y humillante tortura del inmerecido elogio general. Todos reconocían que era digno de solicitar la mano de la hermosa doncella a cuyo padre había sido fiel "hasta la muerte;" y como mi cuento no es de amor, baste decir que pasados algunos meses Rubén llegó a ser el esposo de Dorcas Malvín. Durante la ceremonia nupcial el rostro de la desposada brillaba con reflejos sonrosados; pero el semblante del esposo estaba pálido.

Atormentaba ahora el corazón de Rubén Bourne un sentimiento incomunicable; algo que debía ocultar cuidadosamente a la persona que más amaba y en quien más confiaba en el mundo. Deploraba amarga y profundamente la cobardía moral que había retenido sus palabras cuando estuvo a punto de confesar la verdad a Dorcas; pero el orgullo, el temor de perder su cariño, la obsesión del desprecio general, impidiéronle rectificar la falsedad. Comprendía que no era acreedor a censura alguna por haberse separado de Róger Malvin. Su presencia, el sacrificio gratuito de su vida, habría agregado solamente una nueva angustia a los últimos momentos del moribundo; pero al disimular este hecho justificable, le había prestado la apariencia misteriosa de una falta; de manera que Rubén, a quien su razón decía haber procedido honradamente, experimentaba, sin embargo, en alto grado los terrores mentales que constituyen la expiación de todo aquel que ha perpetrado un crimen oculto. Por efecto de cierta asociación de ideas llegaba hasta considerarse a veces casi un asesino. Durante muchos años, también, le asaltaba de repente una idea que no podía arrojar por completo de su mente aun cuando comprendía toda su insensatez y extravagancia. Tenía la obsesión torturadora de que su suegro permanecía aun sentado al pie de la roca, sobre las marchitas hojas, vivo y aguardando el socorro que había implorado. Estas alucinaciones mentales, aparecían y desaparecían sin que, a pesar de todo, jamás, las hubiera tomado Rubén por realidades; pero cuando su ánimo estaba tranquilo y despejado, sentíase consciente de haber faltado a una promesa solemne, y de que un cuerpo insepulto clamaba por él desde el desierto. Mas, a consecuencia de su prevaricación, veíase en la imposibilidad de obedecer a la llamada. Era demasiado tarde para invocar la asistencia de los amigos de Róger Malvin para llevar a cabo el entierro diferido por tanto tiempo; y el supersticioso temor a que eran dados más que nadie los colonos extranjeros, retraía a Rubén de aventurarse solo en esta empresa. No sabía siquiera hacia qué lado de la inmensa selva debía buscar la bruñida roca con sus fantásticos caracteres, a cuya base yacía el insepulto cadáver: sus recuerdos de todo el viaje eran muy indistintos, y la última parte no había dejado impresión alguna en su memoria. Sentía, sin embargo, un impulso constante, una voz perceptible sólo a sus oídos, que le ordenaba volver y redimir su promesa; y tenía la convicción extraordinaria de que, al tratar de efectuarlo, llegaría directamente hasta los restos de Malvin. Mas año tras año seguía desobedeciendo esta intimación desoída aunque sentida. Este único y secreto pensamiento llegó a convertirse en una cadena que liaba su espíritu y roía su corazón como una serpiente, transformándole poco a poco en un hombre irritable, melancólico y abatido.

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