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   Capítulo 2 Llorar

Otoño Bajo La Nieve Por Rose Butterfly Palabras: 6391

Actualizado: 2021-02-13 09:45


En la vida siempre hay dos versiones de la misma historia, no necesariamente una debe ser enfáticamente una mentira, ambas pueden ser verdades implícitas. Cada persona cuenta su verdad, en esto juega un papel muy importante eso de que todos tenemos perspectivas muy distintas. Cuando era niña mi padre me dijo que: “a las niñas lloronas nadie las quería”, a medida que fui entendiendo esa frase empecé a ver porqué mi papá no quería a mi mamá. Mamá lloraba demasiado, no recuerdo cómo se veía su sonrisa, o alguna expresión de alegría, mi madre siempre tuvo los ojos tristes y las comisuras de los labios caídas. Entonces, me dije que no podía permitirme llorar nunca, de lo contrario nadie me iba a querer. Por otro lado, mi madre nunca me dijo más que cosas entre lágrimas. Mi madre nunca me contó su parte de la historia, tuve que unir piezas a medida que fui creciendo. ´ ¿Quién será esa mujer? ´ se preguntó una y otra vez. A pesar de que la cuenta del hospital estaba cancelada completamente ella no pudo evitar sentir pena e incomodidad, sin embargo, después de un tiempo dándole vueltas al asunto, volvió a quedarse dormida.

Despertó por un ruido proveniente de la habitación de al lado, como pudo abrió los ojos y logró visualizar la ventana de la habitación con las persianas recogidas, quiso acercarse para ver el paisaje, cuando llegó una mujer de por lo menos 60 años, sin saber por qué ella sintió como si la hubiesen sorprendido en flagrancia. - ¡Buenas tardes! Dijo la mujer con una sonrisa tierna. - ¿Vas a algún lado? Preguntó acercándose. - Mmm… yo… sólo… Balbuceaba. – Quería ver por la ventana el paisaje. Dijo mientras se aclaraba un poco la garganta. - A esta hora no hay mucho de interesante, no te lo recomiendo. Dijo la mujer acomodándose en uno de los asientos reclinables de la habitación. Puso su bolso en una mesita a su derecha y con su mano izquierda tocó el asiento del sillón reclinable restante para indicarle que se sentara a su lado. Con timidez la chica tomó asiento.- ¿Cómo te llamas? Estás aquí sin identificación, ¿sabes? La mujer la miró con un poco de compasión. - Mía. Respondió tímida. - Mía, ¿Por qué saltaste de repente a mi auto? ¿Acaso no quieres vivir? La chica pensó por un minuto sobre cual era la intención de la mujer. – No salté por voluntad, huía de unos acosadores. Aunque respondió con firmeza nunca miró a los ojos de la mujer. Después de eso hubo un gran silencio en el lugar, lo cual le permitió a la chica observar con cuidado a la mujer. Estaba entre los 60 y 65 años, aunque se veía conservada, las líneas de expresión en su rostro y manos descubrían su verdadera edad, su piel era blanca como la nieve, , sus ojos eran de color verde, vacíos, simples, podrían hasta parecer insípidos. Sus prendas parecían ser costosas, sin embargo, Mía, no sabía distinguir esas cosas, para ella toda la ropa era eso, ropa. La señora tenía en su mano dos hermosos anillos ubicados en el mismo dedo. ´Está casada. ´ Pensó. - Te estuve investigando, Mía. Las palabras de la mujer le tomaron por sorpresa. – Se bien de donde eres, quien eres, tu vida… La mujer hizo una pausa y finalmente concluyó: - Se todo sobre ti, incluso el númer

o de tus cabellos. La expresión de Mía era tan sombría, pero su corazón temblaba. - ¿Qué quiere? Preguntó con dureza, a lo que la dama sonrió y dijo: – Quiero proponerte un trato. - ¿Trato? ¿Qué clase de trato? ¿Qué quiere señora? Créame, no tengo nada bueno para dar. Respondió. La mujer de vestimenta blanca y labial rojo rompió en una carcajada. – Sé perfectamente que no tienes nada bueno para dar, chica, ni siquiera tienes una vida. Le dijo. El rostro de Mía se endureció, la mujer que unos minutos atrás le había mirado con ternura, la misma que tenía un semblante dulce, acababa de expresarse de esa forma. Sintió una punzada en su corazón y de inmediato se imaginó mil cosas, nada bueno. - Quiero sacarte de esa vida que llevas. Le dijo mirándola nuevamente con compasión. - ¿A qué costo? Le preguntó con hostilidad. - Ya lo sabrás, de todas formas, te irás conmigo hoy mismo a la ciudad capital, es hora de que empieces una nueva vida, niña. Dijo la mujer mientras tomaba nuevamente la bolsa que había abandonado en la mesita. – Por cierto, no me importa en lo absoluto lo que tengas para decir, si no quieres o no estás de acuerdo, no me interesa tu opinión. Se puso de pie y viendo a la pequeña Mía con la boca abierta y los ojos pasmados concluyó: - De ahora en más yo tomaré las decisiones, al fin y al cabo, ahora me perteneces.

En ese momento el rostro de la Mía cambió, y su pequeño cuerpo de 1,66 de estatura comenzó a temblar. La mujer salió de la habitación dejando a Mía con la boca seca de terror.Mientras la chica estuvo sentada en aquel cómodo sillón no pudo evitar pensar en los múltiples escenarios que podían avecinarse, maldijo internamente por ello. Al poco tiempo ingresaron a la habitación la señora elegante y una enfermera de aspecto muy amigable, de inmediato lo sonrió. “Ya te vas, estarás muy bien, solo cuida de no volver a chocar un auto.” Le dijo mientras le quitaba la vía intravenosa. Mía aún seguía perpleja por lo sucedido anteriormente, sin embargo, intentó no ser descortés y le devolvió el gesto. Al llegar a la salida del hospital, Mía no pudo evitar preguntar a donde iban, a lo que la mujer sonrió en respuesta. “¿No piensa decirme nada? ¿Acaso no tengo derecho a conocer a dónde voy?” Le preguntó molesta en medio de sollozos, pero la mujer se mantuvo en silencio, ni siquiera se conmovió al escuchar la voz quebrada de la chica. Al instante se estacionó frente a ellas un auto, se veía muy lujoso, pero Mía no tenía conocimiento de automóviles. Un hombre mayor salió para abrirle la puerta del auto a la dama, al mirar a Mía aquel hombre le sonrió con amabilidad. La mujer elegante entró al auto de manera distinguida, desde lejos parecía una mujer de muy buen corazón, pero, para Mía, todo su ser estaba podrido.

Mía subió al auto mientras le devolvía el gesto de amabilidad al hombre mayor. Cuando se hubo cerrado la puerta, el hombre subió y pusieron el auto en marcha. Internamente Mía quería salir corriendo, sentía pánico, estaba aterrada, miraba de reojo a la mujer elegante quien estaba perdida en el paisaje de la ciudad. La chica cerró los ojos y entendió por fin su madre lloraba. A veces es inevitable llorar.

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