ManoBook > Literatura > La feria de Sorochinetz

   Clásico 1 No.1

La feria de Sorochinetz Por Nikolai Gogol Palabras: 7982

Actualizado: 2018-11-14 00:03


I

Me aburre vivir en la choza; llévame fuera de

casa,allá donde reina el alboroto, donde las

jóvenes bailan y los mozos se divierten.

-De una vieja leyenda ucraniana.

¡Qué embriagador y espléndido es un día de verano en Ucrania!… ¡Qué languidez y qué bochorno el de sus horas cuando el mediodía fulge entre el silencio y el sopor, y el azul e inconmensurable océano, inclinado sobre la tierra como un dosel voluptuoso, parece dormir sumergido en ensueños mientras ciñe y estrecha a la hermosa con inmaterial abrazo! No hay una nube en el cielo, ni una voz en el campo. Todo parece estar muerto. Solo allá, en lo alto, en la inmensidad celeste, tiembla una alondra, cuyo canto argentino vuela por los peldaños del aire hasta la tierra amante, y resuena en la estepa el grito de una gaviota o el estridente reclamo de una codorniz. Indolentes y distraídos, como paseantes sin rumbo, álzanse los robles rozando las nubes, y el golpe cegador de los rayos solares prende pintorescos manojos de hojas, proyectando sobre algunas de ellas, a las que un fuerte viento salpica de oro una sombra oscura como la noche. Las esmeraldas, topacios y ágatas de los insectos del éter se derraman sobre los huertos multicolores que los girasoles Circundan majestuosos. Los grises haces de heno y las doradas gavillas de trigo formadas en la estepa, vagan errantes por su inmensidad. Las amplias ramas de los cerezos, de los manzanos, de los ciruelos y de los perales, se vencen bajo el peso del fruto. Fluye el río, límpido espejo del cielo, en su verde y altivo marco… ¡Cuán pleno de sensualidad y de dulce dicha está el verano en Ucrania !…

Con una magnificencia semejante fulguraba en un día caluroso de agosto de 1800… Sí. Hará unos treinta años que el camino, a unas diez leguas del pueblecito de Sorochinetz, parecía un hervidero de gente acudiendo presurosa de los alrededores y de las lejanas aldeas a la feria. Desde muy de mañana arrastraban su paso, en interminable caravana, buhoneros cargados de sal y pescado. Montañas de ollas sobre una carreta, aburridas, sin duda, de su encierro en la oscuridad y envueltas en heno, avanzaban lentamente. Sólo de cuando en cuando alguna jofaina, decorada con dibujos chillones, asomaba jactanciosamente bajo la paja trenzada y apilada a gran altura sobre la carreta, atrayendo la mirada conmovida de los admiradores del lujo. Muchos transeúntes contemplaban envidiosos al alfarero de alta estatura, poseedor de aquellas riquezas, que caminaba lentamente tras su mercancía, envolviendo cuidadoso con aquel heno tan odiado a sus petimetres y a sus coquetas. Solitaria a un lado de la carretera, avanzaba una carreta arrastrada por fatigados bueyes, atestada de sacos de cáñamo, piezas de hilo y enseres domésticos, a la que seguía su propietario ataviado con una limpia camisa de lino y unos sucios pantalones de igual lienzo. Con mano perezosa enjugábase el sudor que corría a chorros por su rostro tostado y hasta por sus largos bigotes empolvados por aquel implacable peluquero, que acude sin ser llamado, tanto en busca de la bella como del monstruo, empolvando por la fuerza, desde hace varios miles de años, a todo el género humano. A su lado y atada a la carreta, caminaba una yegua de manso continente, revelador de su ancianidad. Muchos de aquellos con quienes tropezaba a su paso, sobre todo los jóvenes, llevaban la mano a su gorro, aunque este gesto no fuera dirigido a nuestro mujik, ni a su bigote canoso ni a la majestad de su porte. Bastaba con alzar ligeramente los ojos para descubrir la causa de aquel respeto En la carreta se hallaba sentada su lindísima hija, de redondeadas mejillas y negras cejas, arqueadas sobre los ojos de claro color castaño, de rosados labios y despreocupada sonrisa, en cuya encantadora cabecita, junto a las largas trenzas, cintas rojas y azules, y un ramillete de Fu del campo, descansaban como una corona.

¡Todo, al parecer, la divertía!… ¡Todo le resultaba asombroso y nuevo, y su

s lindos ojos, sin cesar, pasaban de un objeto a otro! ¿Y cómo no encontrar diversión en todo?… Era la primera vez que iba a la feria… , y una muchacha de dieciocho años por primera vez en la feria… Sin embargo, ninguno de los transeúntes sabía cuánto le había costado persuadir a su padre de que la llevara, bien que con toda el alma se hubiera alegrado él de hacerlo; la oposición solamente partía de la mala madrastra, habituada a manejarle con la misma destreza con que él manejaba las riendas de la cansina yegua, que se arrastraba ahora, rumbo a la feria, para ser vendida en premio a los antiguos servicios prestados.

En cuanto a la fastidiosa cónyuge… Olvidamos que ésta se hallaba también sentada en lo alto de la carreta, ataviada con una vistosa blusa verde de lana sobre la cual -como sobre el armiño- aparecían cosidas pequeñas colitas rojas, y una rica falda a cuadros, agolpados como en un tablero de ajedrez, y tocada con un gorro de percal de color, que prestaba cierto aspecto imponente a su rostro carnoso y rojizo, por el que fluía algo tan desagradable… , tan salvaje… , que cuantos la veían se apresuraban a desviar la mirada sobresaltada para posarla sobre la alegre carita de la hija.

Los ojos de nuestros viajeros columbraron Psiol.

Desde lejos llegaba una brisa particularmente agradable tras el lánguido y agobiante bochorno; por entre las hojas verde oscuro y verde claro de los álamos y abedules, esparcidas al descuido por el prado, brillaban ardientes chispas.

Mientras, la bella del río descubriendo con magnífico gesto su pecho de plata sobre el que descendían suntuosos los verdes rizos de los árboles, se contemplaba a sí misma en las estáticas horas en que el fiel espejo apresaba envidioso la frente plena de orgullo y deslumbrante brillo, los níveos hombros y el marmóreo cuello sombreado por las ondas desprendidas en que se deshacía desdeñosamente de unas joyas para sustituirlas por otras. (Y sus caprichos -como los de toda beldad- no tendrán fin… , casi todos los años cambia de alrededores, elige una distinta y se rodea de variados paisajes.) La hilera de molinos alzaba con sus pesadas ruedas las anchas olas, arrojándolas fuertemente a un lado y salpicándolas como polvo sobre los caminos de las cercanías.

La carreta en que viajaban nuestros viajeros alcanzaba en este momento el puente, y la vista del río, como un cristal unido, se les ofreció en toda su hermosura y grandiosidad. El cielo, los bosques verdes y azules, los hombres, las carretas con ollas, los molinos… , todo aparecía invertido y cabeza abajo sin caer, no obstante, en el azul y maravilloso abismo. Nuestra hermosa joven, pensativa, contemplaba la magnificencia del paisaje, y olvidándose hasta de comer semillas de girasol, ocupación que la había entretenido mucho durante el trayecto, cuando de pronto la cogieron de improviso estas palabras:

-¡Vaya mocita!

Volviéndose, divisó a un grupo de jóvenes sobre el puente, uno de los cuales, el más rumbosamente vestido, con casaca blanca y gorro de piel, contemplaba con los brazos en jarras y en vigorosa actitud a cuantos pasaban por el camino.

No podía la bella muchacha dejar de fijarse en aquel rostro de amable expresión, tostado por el sol, cuyos ardientes ojos parecían penetrarla, y bajó los suyos pensando que quizá había sido él quien había pronunciado aquellas palabras.

-Una joven bonita -continuó el mozo de la casaca blanca sin apartar de ella los ojos-. Daría cuanto tengo en mi casa por besarla. Pero, ¡miren!… , en el pescante viaja el diablo.

Por todas partes estalló la risa. Sólo a la emperejilada compañera del campesino, que avanzaba despacio, no agradó mucho aquel saludo. Sus rojas mejillas adquirieron el color del fuego y descargó un torrente de escogidas palabras sobre la cabeza del atrevido mocetón.

-¡Ojalá te atragantes con algo… , grosero insolente!… ¡Que a tu padre le caiga una olla en la cabeza!… ¡Que resbale en el hielo!… ¡Que el diablo le queme la barba!

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