ManoBook > Literatura > La feria de Sorochinetz

   Clásico 2 No.2

La feria de Sorochinetz Por Nikolai Gogol Palabras: 7891

Actualizado: 2018-11-14 00:03


-¡Miren cómo insulta! -exclamó el mozo, cuyos ojos parecían saltársele de las órbitas, y un tanto desconcertado por aquella violenta explosión de inesperados saludos-. ¡Pensar que a esa bruja centenaria no le duele la lengua de pronunciar esas palabras!…

-¡Centenaria! -repitió la jamona-. ¡Lávate la cara primero… , desdichado!… ¡Miserable holgazán! ¡No he visto a tu madre pero sé que es una basura!… , ¡y tu padre otra!… , ¡y tu tía también!… ¡Centenaria! ¡Todavía no se te ha secado la leche en los labios y ya… !

Aquí la carreta empezó a descender del puente haciendo imposible distinguir las últimas palabras pero el mozo no quería al parecer darlo todo por terminado. Sin pensarlo mucho cogió un puñado de barro y se lo arrojó a la vieja. El golpe fue más certero de lo que hubiera podido preverse. El nuevo gorro de percal resultó salpicado de barro y las risotadas de los bullangueros holgazanes duplicáronse con renovada fuerza. El rostro de la emperejilada coqueta se arreboló deira: pero la carreta se había ya alejado mucho en este tiempo y su venganza sólo pudo concentrarse en la inocente hijastra y el lento cónyuge, que, habituado desde largo tiempo a tales escenas, guardaba un obstinado silencio y acogía con sangre fría los turbulentos discursos de su airada esposa. A pesar de ello, la incansable lengua de ésta continuó agitándose en su boca hasta la llegada, primero a los alrededores del pueblo, luego a la casa de un viejo amigo y compadre, el cosaco Zibulia.

El encuentro de ambos compadres, que no se veían hacía mucho tiempo, alejó un tanto de la cabeza de la madrastra aquel desagradable incidente, obligando a nuestros viajeros a hablar de la feria y a descansar después del largo camino…

II

¡Dios mío! ¡La de cosas que había en aquella feria!

Ruedas, cristales, correas, brea, tabaco, cebolla,

toda clase de vendedores…

Así es que, aun teniendo treinta rublos en el bolsillo,

no se hubiera podido comprar toda la feria.

-De una comedia ucraniana.

Ustedes habrán oído seguramente el rumor de alguna lejana cascada cuando el estruendo invade los inquietos alrededores y como un torbellino pasa ante nosotros el caos de maravillosos y vagos sonidos. ¿Verdad que idénticos sentimientos se apoderan de nosotros en el torbellino de la feria, cuando toda la muchedumbre se funde en un solo y enorme monstruo que mueve su corpachón en la plaza y en las angostas calles gritando… rezongando? El ruido, los juramentos, el mugido, los balidos y bramidos… . todo se funde en un rumor discordante. Los sacos, los bueyes, los gitanos, las ollas, los campesinos, las tortas, los gorros… , ¡todo! se apresura en brillante, deforme y abigarrado montón ante los ojos. Distintas voces se ahogan unas a otras, y ni una sola palabra se salva de aquel diluvio y ni un solo grito resuena claro. Lo único que se oye por todas partes son las palmadas con que los feriantes ultiman sus acuerdos. Se rompe una carreta, rechina el hierro, y la mareada cabeza no sabe dónde mirar.

Abríase camino a codazos, seguido de su hija de negras cejas, nuestro campesino recién llegado. Acercábase a una carreta, tanteaba en otra para averiguar los precios, y mientras tanto, sus ideas giraban incesantemente en torno a los diez sacos de trigo y a la vieja yegua que trajera para la venta. En el rostro de su hija podía notarse que no le agradaban mucho aquellas detenciones junto a las carretas de la harina y el trigo. Ella hubiera querido acercarse a los sitios donde, bajo tiendas de lona, se veían cintas encarnadas, pendientes, cruces de cobre y de plomo. Sin embargo, también allí encontraba abundante materia de observación. Hacíanle reír mucho los golpes en las manos que se propinaban el gitano y el campesino al chocarlas sobre algún acuerdo, profiriendo a veces gritos de dolor; ver cómo un judío borracho daba de puntapiés a una campesina y cómo, enfadados, dos feriantes se arrojaban al

ternativamente insultos y cangrejos, y cómo un mercader, mientras se alisaba con una mano las barbas de chivo, con la otra…

Pero he aquí que de pronto sintió que alguien tiraba de la manga bordada de su blusa. Volviose y vio ante ella al joven de la casaca blanca y los ardientes ojos. Sus venitas temblaron y el corazón le palpitó con una fuerza como nunca lo había sentido palpitar ni en la alegría ni en la pena. Le pareció esto algo raro y hermoso, aunque ella misma no podía comprender lo que le pasaba.

-No temas, corazoncito, no temas -le dijo en voz baja cogiéndola de la mano-. No voy a decirte nada malo.

-Puede que sea cierto -pensó la bella para sí- pero siento algo raro. Debe de ser el diablo.

Una misma sabe que hace mal, pero no tiene fuerza para retirarle la mano.

En aquel momento se volvió el campesino, queriendo decir algo a su hija; pero oyó cerca de él la palabra trigo. Palabra mágica que le obligó a acercarse a dos mercaderes que conversaban en voz alta, no pudiendo ya nada distraer su atención de ellos.

He aquí lo que hablaban los negociantes:

III

¡Mira qué mozo! ¡No se dan muy a menudo hoy en día!

Bebe el aguardiente como una esponja.

-Komliarievsky: La Eneida.

-¿De modo que, según tu opinión, paisano, nuestro trigo se venderá mal?-decía un hombre con aspecto de comerciante de algún pueblecillo, que lucía unos pantalones bombachos manchados de alquitrán y de grasa, a otro vestido con casaca azul remendada y mostrando un enorme chichón en la frente.

-¡Qué duda cabe! ¡Que me cuelguen de este árbol como a la salchicha en la jata antes de Navidad, si logramos vender una sola medida de trigo!

-¿Qué estás diciendo, paisano? Nosotros somos los únicos que traemos trigo.

Bueno… -pensó nuestro conocido, a quien no escapaba una sola palabra de la conversación de los comerciantes-. Ustedes dirán lo que quieran, pero yo tengo diez sacos reservados.

-El caso es que si el diablo se mete de por medio no se puede esperar mucho provecho.

-¿Qué diablo? -replicó el de los bombachos- ¿Has oído lo que comenta la gente? -continuó el del chichón, fijando de soslayo en él sus ojos huraños.

-¿Qué?…

-… Pues que el alcalde ha puesto la feria en un lugar maldito donde uno no puede vender un solo grano aunque reviente. ¿Ves aquel cobertizo viejo y desvencijado que está al pie de la montaña?

Aquí el padre de la bella, curioso, se acercó más aun, volviéndose, al parecer, todo oídos.

-En ese cobertizo hace sin cesar sus jugarretas el maligno y ni una sola feria montada en este sitio ha salido de él sin desgracia. Ayer, a última hora de la tarde, cuando pasaba por allí el escribiente del Ayuntamiento, asomó por la ventana el morro de un cerdo y gruñó de tal modo que el escribiente sintió un hormigueo en todo el cuerpo. Puede esperarse que de un momento a otro aparezca la casaca roja.

-¿Qué casaca roja es esa?

Al llegar a este punto, a nuestro oyente se le erizaron los cabellos. Volviose aterrorizado y vio a su hija y al mozo en pie, plácidamente abrazados, murmurándose no se sabe qué cuentos de amor y olvidados de todas las casacas del mundo. Esto disipó el terror del campesino, devolviéndole su anterior despreocupación.

-¡Eh!… ¡Eh… , paisano! ¡Por lo visto eres un maestro en abrazar! ¡Y yo que no aprendí a abrazar a mi difunta Jveska hasta el cuarto día de casados, y eso gracias a mi compadre, que me enseñó!…

El mozo advirtió al instante que el padre de su adorada no era hombre muy despejado, y se trazó un plan para inclinarle a su favor.

Seguramente, buen hombre, no me conoces pero yo te he reconocido a ti en seguida.

-¿Reconocido?… Puede…

-Si quieres, puedo decirte tu nombre y tu apodo y todo lo que se te ocurra. Te llamas Solopii Crezevik. Mírame a mí bien… ¿No me conoces?

-No, no te conozco. No lo tomes a mal, pero ¡he visto tantas carotas en mi vida, que ni el diablo podría recordarlas!

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