ManoBook > Literatura > La feria de Sorochinetz

   Clásico 3 No.3

La feria de Sorochinetz Por Nikolai Gogol Palabras: 7971

Actualizado: 2018-11-14 00:03


-¡Es una lástima que no recuerdes al hijo de Golopupenkov!

-¿No serás por casualidad el hijo de Ojrimov?

-¿Y quién si no?

Aquí los amigos echaron mano a las gorras y empezaron a besarse. Pero nuestro hijo de Golopupenkov, sin perder tiempo, resolvió poner sitio a su nuevo conocimiento.

-¡Ya ves, Solopii!… Tu hija y yo nos hemos enamorado de tal manera que tenemos que vivir juntos eternamente.

-¿Y tú, qué… Paraska? -dijo Cherevik, volviéndose hacia su hija y riendo-. Quizá puedan… , en efecto… , como suelen decir… , pacer en los mismos pastos. ¿Qué?… ¿Chocamos las manos? ¡Vamos tú… , nuevo yerno… , convídame a festejarlo!

Y los tres se fueron al conocido restaurante de la feria, cuyas estanterías se hallaban ocupadas por una numerosa flotilla de botellas y frascos de todas clases y edades.

-¡Hola! ¡Así me gustan los hombres! -dijo Cherevik, algo achispado, al ver cómo su futuro yerno llenaba una jarra de medio cuartillo de vino y la apuraba entera sin pestañear, tirándola luego al suelo, donde quedó hecha añicos.

-¿Qué me dices, Paraska? ¡Mira el novio que te he proporcionado! ¡Fíjate… , fíjate bien en la lindeza con que sorbe la espuma!… -y riéndose y tambaleándose, encaminóse con su hija hacia la carreta.

Nuestro mozo empezó a inspeccionar las filas de carretas con mercancías de calidad donde, hasta de Gadiach y Mirgorod, dos famosas ciudades de la región de Poltava, había comerciantes, en busca de una hermosa pipa de madera, elegantemente guarnecida de cobre, un pañuelo de variados colores sobre fondo rojo y un gorro que sirvieran de regalos de boda para el suegro y para todos a quienes correspondiera regalar.

IV

Aunque al hombre no le agrade, pero si a la

mujer se le antoja… , no hay más remedio

que complacerla.

-Komliarievsky.

-Bueno, mujercita… Yo ya le he encontrado novio a la hija.

-¡Pues vaya!… ¡Cómo si fuera este el momento para buscar novios! ¡Tonto!… ¡Más que tonto! Lo eres y es seguro que lo seguirás siendo siempre. ¿Dónde has visto y oído que un hombre como es debido corra detrás de los novios? Mejor sería que pensaras en la manera de vender trigo… ¡Bueno será ese novio!… ¡Me figuro que el más harapiento de los mendigos!

-¡Oh… , nada de eso!… ¡Si vieras qué mozo! Solamente la casaca vale más que tu blusa verde y tus botas encarnadas. ¡Y cómo empina el codo bebiendo vino! ¡Que el diablo nos lleve a ti y a mí si he visto jamás a un mozo capaz de beberse medio cuartillo sin pestañear!

-Eso… Si es un borrachín y un vagabundo, ya es de tu gusto. Apostaría a que es el mismo granuja que se nos pegó en el puente. ¡Lástima no haber tropezado con él hasta ahora! ¡Yo sí que le hubiera hecho saber!…

-Vamos, Jivria… ¿Y si fuera el mismo?… ¿Por qué iba a ser un granuja?…

-¿Por qué? ¿Que por qué es un granuja?… ¡Ah, cabeza sin sesos!, ¿me oyes? Conque, ¿por qué es un granuja?… ¿Dónde estaban tus estúpidos ojos cuando pasamos por el puente?… ¡Aunque afrenten a tu esposa ante tus propias narices… ; esas narices sucias de tabaco… , te da igual!

-Pues yo no veo en eso nada de malo. El mozo vale la pena. Lo único que se puede decir contra él es que en un momento te empastó la cara de estiércol.

-¡Está bien! ¡Por lo que veo, no me dejas decir ni una palabra siquiera! ¿Y eso qué significa? ¿Cuándo te ha pasado algo parecido? ¡Seguro que ya habrás tenido tiempo de echar un trago sin haber vendido nada!

Aquí nuestro Cherevik, advirtiendo que había hablado más de la cuenta, defendiose al momento la cabeza con las manos pensando que, sin duda, su airada esposa no tardaría en clavarle las conyugales garras en el pelo.

"Al diablo todo ello… ¡Pues sí que estamos lucidos con la boda! -pensó esquivando a su mujer, que avanzaba de un modo amenazador-. Habrá que rechazar a un buen hombre porque sí. ¡Dios mío!… ¿Qué habremos hecho de malo?… ¡Pecadores que somos! ¡Tanta basura como hay en el mundo, y por si fuera poco, nos has llenado la tierra d

e esposas!"

V

¡No te inclines, árbol, que aún eres verde!

¡No te entristezcas, cosaco, que aún eres joven!

-Canción ucraniana.

distraídamente la muchedumbre, que con sordo ruido se movía en torno suyo. Después de haber ardido con singular constancia durante su medio día y su mañana, el fatigado sol se alejaba del mundo, y agonizante, la jornada sonrojábase de un modo brillante y fascinador. Los techos de las blancas tiendas, tocados por una ígnea rosada y apenas visible luz, brillaban con deslumbrante fulgor. Los vidrios de las ventanas, donde hallábanse acumuladas pilas de objetos, ardían. Los verdes frascos y jarras sobre las mesas de las tabernas parecían de fuego, y las montañas de melones, sandías y calabazas, de oro y oscuro cobre. La conversación languidecía visiblemente y se hacía más apagada, y las cansadas lenguas de los compradores, de los mujiks y de los gitanos se movían cada vez con mayor pereza y lentitud. En alguna que otra parte empezaba a brillar una luz, y un grato olor a Galushki se extendía por las calles silenciosas.

-¿Por qué estás tan melancólico, Grizko? -gritó a nuestro mozo un gitano alto, de bronceado rostro, al tiempo que le daba una palmada en el hombro.

-Qué… ¿Me das los bueyes por veinte rublos?

-Tú no piensas más que en los bueyes. Para los de tu tribu sólo existe la codicia. Lo importante es atrapar a un buen hombre y embaucarle.

-¡Diablos!… Por lo que veo, lo has tomado en serio… ¿No será que te fastidia haber cargado voluntariamente con una novia?

-No. No acostumbro a arrepentirme. Cumplo mi palabra. Lo hecho, está hecho. El que no tiene conciencia, por lo visto, es ese bestia de Cherevik. Dio su palabra y ahora se vuelve atrás. Bueno… , después de todo, no hay que culparle… Es un alcornoque y nada más. Todo esto son maniobras de la vieja bruja, aquella a quien insulté hoy, yendo con los muchachos por el puente. ¡Ay, si yo fuera rey o algún gran señor!… ¡Haría ahorcar a todos los imbéciles que se dejan ensillar por las mujeres!

-¿Me darás los bueyes por veinte rublos si obligamos a Cherevik a darte a Paraska?

Grizko lo miró perplejo. En las bronceadas facciones del gitano había algo maligno, mordaz, ruin y, al mismo tiempo, altanero. Bastaba mirarle para advertir que en aquella alma extraña hervían grandes virtudes de esas que solo podían merecer por recompensa en la tierra la horca. Una boca completamente perdida entre la nariz y la afilada barbilla e iluminada siempre por una sonrisa punzante, los ojos y aquellos relámpagos reveladores de sus proyectos y tentativas sucediéndose incesantemente en su rostro, todo parecía requerir cierta singular vestimenta. Una vestimenta semejante a la que usaba. Aquel kaftán marrón oscuro que parecía había de reducir a polvo el mero contacto, la cabellera negra, cayendo en guedejas sobre los hombros; los zapatos calzando unos pies tostados y desnudos… Todo, por lo visto, adherido a él y pareciendo formar parte de su naturaleza.

-Te los daré por quince rublos, no por veinte -contestó el mozo sin apartar del gitano los ojos escrutadores.

-¿Por quince?… De acuerdo. Está bien… No se te olvide, pues: ¡por quince! Aquí tienes este billete de señal.

-¿Y si me mintieras?

-Si miento, la señal será para ti.

-Conforme, chócala.

-Venga.

VI

¡Qué contratiempo! Allí viene Román, y ¡menuda

paliza me va a dar! Y a usted, Pan Foma,

tampoco le aguarda nada bueno!

-De una comedia ucraniana

-¡Por aquí, Afanasii Ivanovich. Aquí la tapia es más baja. Alce la pierna y no tema. El estúpido de mi marido se ha marchado a pasar la noche debajo de las carretas para cuidar de que los buhoneros no se lleven algo -así alentaba cariñosamente la terrible cónyuge de Cherevik al sacristán que con aire temeroso trepaba por la tapia como un largo y horrendo fantasma, y que después de haber calculado a ojo dónde le convendría saltar, se derrumbó ruidosamente sobre el musgo.

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