ManoBook > Literatura > La feria de Sorochinetz

   Clásico 4 No.4

La feria de Sorochinetz Por Nikolai Gogol Palabras: 8082

Actualizado: 2018-11-14 00:03


-;Qué desgracia! ¿No se habrá lastimado? ¿No se habrá roto el cuello? ¡No lo quiera Dios! -balbució la diligente Jivria.

-¡Chitón!… Nada… No me he hecho nada amabilísima Javronia Nikiforovna -dijo levantándose el sacristán con voz susurrante y lastimera-, exceptuando un pinchazo de las zarzas, esas malignas, parecidas a la serpiente, como decía el difunto arcipreste…

-Vamos ahora a la jata. Allí no hay nadie. Ya estaba empezando a creerle enfermo, Afanasii Ivanovich. Enfermo o que se había dormido. Lo esperaba a usted, y usted sin venir… ¿Cómo se encuentra?… He oído decir que al pope le han regalado de todo.

-Tonterías, Javronia Nikiforovna. En toda la Cuaresma sólo recibió el pope quince sacos de centeno… , unos cuatro de avena y un centenar de empanadas. En cuanto a las gallinas, si las contamos, no llegan a cincuenta, y los huevos… la mayor parte están podridos. Las ofrendas realmente exquisitas son únicamente las que se pueden recibir de usted, Javronia Nikiforovna -contestó el sacristán con tierno arrobamiento, arrimándosele más.

-Tome usted la ofrenda, Afanasii Ivanovich -dijo ella depositando sobre la mesa unas fuentes llenas de pastelillos, bollos y otras delicadezas, y abotonándose remilgadamente la blusa, que se le había entreabierto, al parecer por mero azar.

-Apostaría a que lo han hecho las manos más diestras de toda la descendencia de Eva -dijo el sacristán, dedicándose a los pastelillos y acercándose los bollitos con la otra mano-. Pero mi corazón, Javronia Nikiforovna, ansía un manjar más dulce que todos los pasteles y bollos del mundo.

-Ahora sí que no sé qué manjar pretenderá usted, Afanasii Ivanovich -dijo la coqueta jamona, fingiendo no comprender.

-Hablo, naturalmente, de su amor, incomparable Javronia Nikiforovna -murmuró el sacristán, agarrando con una de sus manos un pastelillo y rodeando con la otra el ancho talle.

-¡Por Dios! ¡Qué ocurrencia!… ¡Afanasii Ivanovich! -dijo Jivria, bajando pudorosamente los ojos-. Quién sabe si a lo mejor se le ocurrirá a usted besarme…

-Respecto a eso, le diré algo… que me concierne… -continuó el sacristán-. En mis tiempos… , pongamos por caso… , estando en el seminario, lo recuerdo como si fuera hoy…

En este momento se oyeron ladridos en el patio y golpes en la puerta.

Jivria salió corriendo y volvió palidísima.

-Bueno, Afanasii Ivanovich; estamos perdidos. Hay mucha gente ante la puerta y me parece haber oído la voz del compadre.

El pastelillo se le atragantó al sacristán y los ojos se le salieron de las órbitas, como si se le hubiera aparecido un visitante de ultratumba.

-Métase aquí -gritó la asustada Jivria, señalando dos tablas colocadas en la proximidad del techo y bajo este, sobre las cuales se hallaban amontonados toda clase de enseres domésticos.

Después de recobrarse un poco el sacristán, saltó sobre el camastro y de allí trepó hasta las tablas mientras Jivria corría alocada hacia la puerta ya que el ruido se repetía con mayor fuerza e impaciencia.

VII

Pero, Señor, ¡qué milagros suceden aquí!

-De una vieja comedia ucraniana.

En la feria ocurrió un extraño suceso. Se difundió el rumor de que en alguna parte, entre las mercancías, había aparecido la casaca roja. A la vieja vendedora de rosquillas se le antojó haber visto a Satanás, que bajo la forma de un cerdo se inclinaba sin cesar sobre las carretas como si buscara algo. Esto propalose velozmente por todos los rincones del silencioso campamento, y todos juzgaron criminal mostrar incredulidad a pesar de que la vendedora de rosquillas, cuyo tenducho ambulante se hallaba junto a la taberna, se pasaba el día haciendo reverencias sin ninguna necesidad y dibujando con los pies un facsímil perfecto de su sabrosa mercancía. Añadíanse a esto las noticias, corregidas y aumentadas, sobre el milagro visto por el escribiente del Ayuntamiento en el cobertizo en ruinas, de modo que al anochecer apretujábanse todos unos contra otros, destruida su tranquilidad e impidiéndoles el miedo cerrar

los ojos. Aquellos resueltamente valientes que disponían de albergue nocturno en lasjatas se marcharon a sus casas. Entre estos últimos figuraba Cherevik, con su compadre y su hija, que, acompañados por otros huéspedes, por sí solos invitados, eran los causantes del ruido que tanto había asustado a nuestra Jivria. El compadre estaba ya un poco alegre, según podía deducirse del hecho de recorrer dos veces el patio con la carreta hasta encontrar la casa. También los invitados se hallaban con ánimo dispuesto a la jarana y entraron sin ceremonias precediendo al amo de la casa. La cónyuge de nuestro Cherevik estaba sobre ascuas cuando los invitados empezaron a husmear por todos los rincones de la jata.

-¿Y qué… , comadre?… -preguntó el compadre, que acababa de entrar-. ¿Todavía te dura la fiebre?

-Sí; no me siento bien… -contestó Jivria, intranquila, y mirando de cuando en cuando a las tablas colocadas debajo del techo.

-Vamos, mujer… , bájanos la barrica de la carreta -le dijo el compadre a su esposa-. Tomaremos un trago con esta buena gente. Las malditas mujeres de la aldea nos han asustado de un modo que hasta da vergüenza decirlo. Porque la verdad, hermanos, es que hemos venido aquí por un quítame allá esas pajas… -dijo, mientras continuaba bebiendo de una jarra de arcilla-. Apuesto una gorra nueva a qué las mujeres se han propuesto burlarse de nosotros. Bueno… , ¿y si en efecto fuera Satanás?… ¿Y qué?… ¿Qué es Satanás? ¡Escúpanle ustedes en la cabeza!… Aunque en este mismo momento se le ocurriera aparecérseme… . por ejemplo… Sería yo un hijo de perro si no le diera un puñetazo debajo de la misma nariz.

-¿Por qué palideces tanto de repente? -gritó uno de los invitados que les llevaba a todos la cabeza y procuraba siempre pasar por un valiente.

-¿Yo?… ¡Dios te guarde! ¡Estás soñando!

Los invitados sonrieron. Una sonrisa satisfecha apareció en el rostro del oportuno valentón.

-¿Palidecer? ¡Si lo que han hecho sus mejillas es encenderse como una amapola! ¡Ahora no es una cebolla, sino una remolacha!… ¡Mejor dicho… , la propia casaca roja, que tanto ha asustado a la gente!

La barrica rodó por la mesa, alegrando aún más a los invitados. Aquí nuestro Cherevik, al cual la idea de la casaca roja torturaba hacía tiempo y que ni por un momento daba reposo a su espíritu curioso, acosó al compadre.

-¡Vamos, compadre… , sé bueno!… ¡Te estoy pidiendo que cuentes esa historia de la casaca roja, y no consigo oírla!

-¡Ay compadre! ¡No conviene contar esas cosas de noche… ; pero, en fin!… ¡Sólo por complacerte y por complacer a esta buena gente… (al decir esto se volvió hacia los invitados) que tienen tantos deseos como tú de escuchar esta rareza!… Bueno, pues escuchen (aquí el orador se rascó el hombro, se secó la boca con el borde del kaftdn, colocó ambos codos sobre la mesa y empezó a contar):

-«En cierta ocasión y por un pecado… , que, a fe mía, no sé cuál era… , echaron a un diablo del infierno.»

-¡Vamos, compadre!… -interrumpió Cherevik-. ¡Cómo va a ser eso de que a un diablo lo echen del infierno?

¡Qué le vamos a hacer, compadre! Lo echaron así, como suena. Lo echaron como un mujik echa a su perro de la jata. Puede que se le hubiera ocurrido hacer una buena obra… , pero el caso es que le enseñaron la puerta. El pobre diablo empezó a sentir tanta… , tanta nostalgia del infierno, que hasta le entraban ganas de ahorcarse. ¿Qué hacer? De pena se entregó a la bebida, anidó en el cobertizo desvencijado que está al pie de la montaña y junto al cual no pasa ahora ningún hombre decente sin protegerse santiguándose, y se convirtió en un juerguista como igual no se hubiera podido encontrar entre los mozos de la aldea. Todo el tiempo, de la mañana a la noche, se lo pasaba en la taberna (aquí el severo Cherevik volvió a interrumpir al orador).

-Pero, ¡por Dios! ¿Qué es lo que estás diciendo, compadre? ¿Cómo es posible que alguien deje entrar al diablo en una taberna?… ¡El diablo, a Dios gracias, tiene pezuñas en los pies y cuernecillos en la cabeza !

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