ManoBook > Literatura > La feria de Sorochinetz

   Clásico 5 No.5

La feria de Sorochinetz Por Nikolai Gogol Palabras: 7707

Actualizado: 2018-11-14 00:03


-¡Pues ahí está el busilis! ¡Que el diablo llevaba gorra y manoplas! Y ¿quién iba a poder reconocerlo?… Francachela tras francachela, terminó por beberse todo lo que tenía. El tabernero le dio crédito durante largo tiempo, pero luego dejó de dárselo, y el diablo tuvo que empeñar su casaca roja casi por el tercio de su valor a un tabernero judío, que trabajaba entonces en la feria de Sorochinetz. La empeñó y le dijo: «Mira, judío: vendré a buscar la casaca dentro de un año, exactamente dentro de un año. Cuídamela», y desapareció como si se lo hubiera tragado el agua. El judío examinó la casaca concienzudamente. El paño era de esos que no se consiguen ni en Mitgorod, y el color rojo, ardiente como el fuego, tanto, que uno no se cansaba de mirarlo. Pero hete aquí que al tabernero le aburrió esperar el vencimiento del plazo, se rascó las patillas, y obtuvo de un ricachón, que estaba de paso, cinco rublos de oro por la casaca. Ya se le había olvidado el plazo por completo, cuando he aquí que en cierta ocasión, al anochecer, se le presentó un hombre diciéndole: «¡Vamos, judío; devuélveme mi casaca!» El judío no lo reconoció al principio, y luego, después de haberlo mirado con ojos penetrantes, fingió no haberlo visto jamás. «¿Qué casaca?… Yo no tengo ninguna casaca ni sé nada sobre tu casaca.» El otro se marchó, pero al llegar la noche, cuando el judío, después de haber cerrado su cuchitril y contado el dinero de diversos baúles, se echó la sábana por encima y empezó a rezar sus plegarias como lo hacen los judíos, se oyó un crujido… miró… y vio que por todas las ventanas aparecían morros de cerdo.

En este preciso momento oyóse un rumor sordo muy parecido al gruñido del cerdo, y todos palidecieron. El sudor brotó del rostro del narrador.

-¿Qué? -dijo con espanto Cherevik.

-Nada -respondió el compadre, temblando de pies a cabeza.

-Decías… -dijo uno de los invitados.

-No.

-Entonces… , ¿quién es el que ha gruñido?

-¡Sabe Dios de qué nos hemos asustado! ¡No hay nadie!

Todos empezaron a mirar a su alrededor con aire temeroso y a hurgar en los rincones. Jivria estaba más muerta que viva.

-¡Pues sí!… ¡Vaya unas mujercillas!… ¿Y son ustedes los que pretenden ser hombres y cosacos? ¡Lo que debería hacerse es darles una rueca! A lo mejor, alguno… , con perdón de ustedes… , ¡un banco le habrá crujido debajo a alguien y los demás se han sobresaltado de miedo!

Esto avergonzó a nuestros valentones y les infundió ánimo. El compadre bebió un trago de la jarra y prosiguió su narración:

-El judío se quedó de piedra, pero los cerdos, que tenían unas patas altas como zancos, penetraron por las ventanas, rodeándolo y haciéndolo volver en sí a golpes de látigos trenzados y lo obligaron a bailar con unos brincos más altos que estas vigas. El tabernero se hincó de rodillas y lo confesó todo, pero ya era imposible recuperar pronto la casaca. El ricachón había sido robado en la carretera por un gitano, y éste le había vendido la casaca a una ropavejera. La ropavejera volvió a traerla a la feria de Sorochinetz, pero desde entonces ya nadie le compró nada. La ropavejera se sentía muy asombrada y, finalmente, adivinó que, sin duda, la culpa de todo la tenía aquella casaca roja. No en balde sentía al ponérsela que algo la oprimía. Sin pensarlo mucho la arrojó al fuego y vio que la satánica prenda no llegaba a arder. «Hola… Este es un regalo del diablo», se dijo. Después lo pensó bien y metió la casaca en la carreta de un mujik que venía a vender manteca. El muy tonto se alegró, pero a partir de entonces nadie volvió ni siquiera a preguntarle por su manteca. «¡Ay -pensó-, unas manos impías fueron las que metieron en mi casa la casaca!» Agarró un hacha y la hizo trizas, pero de pronto vio que un pedazo se arrastraba hacia el otro y que reaparecía la casaca entera. Después de santiguarse, e

l mujik volvió a agarrar el hacha y volvió a descuartizar la casaca, tiró los pedazos por aquel paraje y se fue. Pero a partir de entonces, todos los años, y precisamente por la época de la feria, el diablo, con cara de cerdo, se pasea por la plaza del pueblo, gruñe y recoge los trozos de su casaca. Dicen que ahora ya sólo le falta la manga izquierda. Desde entonces los hombres rehuyen ese sitio y ya hace diez años que no se ha celebrado allí la feria. Pero ahora el alcalde ha tenido la desdichada idea de…

La otra mitad de la frase quedó petrificada en los labios del orador. La ventana se abrió con estrépito, saltaron tintineando los vidrios y en el marco apareció una espantosa cabeza porcina, que movía los ojos de un lado a otro como preguntando: «¿Qué hacen ustedes aquí, buena gente?»

VIII

Cual un perro le metió el rabo entre las patas,

quedó presa de temblor, como Cain,

y de su nariz cayó un chorro de tabaco.

-Komliarievsky: La Eneida.

El terror inmovilizó a todos cuantos se encontraban en la jata. Con la boca abierta, el compadre quedó petrificado. Los ojos se le salían de sus órbitas, como queriendo disparársele, y los separados dedos de la mano se le quedaron rígidos en el aire. El alto fanfarrón, preso de invencible pánico, saltó al camaranchón, bajo el tejado, pero al darse un golpe en la cabeza contra la viga, resbalaron las tablas y el sacristán voló a tierra con terrible estruendo

-¡Ay!… ¡Ay!… ¡Ay!… -gritó alguien desesperadamente, dejándose caer sobre el banco en un acceso de terror y agitando brazos y piernas

-¡Socorro! -vociferó otro tapándose con el abrigo. El compadre, arrancado de su inmovilidad por el segundo susto, se arrastró en una crisis de convulsiones hasta ocultarse bajo la falda de su mujer. El fanfarrón escaló el techo del horno, y Cherevik, como si le hubieran escaldado y encasquetándose en la cabeza una olla en lugar del sombrero, se precipitó hacia la puerta, echando a correr por las calles como un loco y sin ver dónde pisaba. Sólo la fatiga le obligó a aminorar la rapidez de su carrera. El corazón le latía con furioso ritmo y el sudor chorreaba por su semblante. Agotado, iba a desplomarse en el suelo, cuando le pareció de pronto que alguien lo perseguía. Se quedó sin aliento.

-¡El diablo!… ¡El diablo! -gritó medio desvanecido ya, e intentó correr triplicando las fuerzas. Un minuto después caía al suelo sin sentido.

-¡El diablo! ¡El diablo!-gritó alguien en pos de él, pero Cherevik sólo acertó a oír, antes de perder el sentido, que algo se le abalanzaba ruidosamente… Aquí lo abandonaron sus sentidos, y como si fuera el terrible morador de un estrecho ataúd, quedó mudo e inmóvil en medio del camino.

IX

Por delante no está mal, pero por detrás, a fe

mía, que parece un diablo.

-De un cuento popular ucraniano

-¿Has oído, Vlas? -dijo, incorporándose en las tinieblas de la noche, uno de los hombres que dormían en la calle-. Cerca de nosotros alguien ha mentado al diablo.

-Y a mí, ¿qué? -refunfuñó, estirándose, el gitano que dormía a su lado-. Por mí podría mentar a toda su familia.

-¡Es que gritaba de un modo!… ¡Como si le estuvieran aplastando!

-¡El hombre miente tanto cuando está a medio despertarse!…

-Lo que quieras, pero hay que ver qué es. Da lumbre.

Refunfuñando el otro gitano para su coleto, se puso en pie, produciendo dos o tres veces, para alumbrarse, unas cuantas chispas que parecieron relámpagos; sopló sobre la yesca, y con la clásica lamparilla ucraniana en las manos, un recipiente roto lleno de grasa de carnero, se adelantó iluminando el camino.

-¡Espera!… Aquí hay algo en el suelo. ¡Alumbra!

En ese momento varios hombres se unieron a ellos.

-¿Qué es lo que está ahí echado, Vlas?

-Se diría que son dos hombres tendidos uno encima de otro.

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