ManoBook > Literatura > La feria de Sorochinetz

   Clásico 6 No.6

La feria de Sorochinetz Por Nikolai Gogol Palabras: 8006

Actualizado: 2018-11-14 00:03


-Yo he oído perfectamente que alguien gritaba no sé qué del diablo -dijo uno de los recién llegados.

-Yo también -afirmó otro.

-Pero ¿cuál será el diablo de esos dos?

Vlas, que había acercado la lámpara, murmuró:

-Yo creo que es el que está encima…

-¿No es una mujer?

-Por eso creo que es el diablo.

Todos se echaron a reír a carcajadas, despertando a toda la calle.

-Miren, hermanos -dijo otro, enarbolando un resto de la olla de la cual sólo una mitad continuaba sobre la cabeza de Cherevik-, ¡vaya gorro que se había puesto ese valiente!

La risa creciente y el estrépito hicieron volver en sí a nuestros muertos: Solopii y su mujer, que, dominados aún por el susto recién experimentado contemplaron durante largo rato con terror e inmóviles ojos los rostros cetrinos de los gitanos. Iluminados por una luz que ardía con llama incierta y trémula, parecían un salvaje cónclave de gnomos rodeados de pesados vapores subterráneos en medio de las tinieblas de una noche cerrada.

X

¡Apártate, fuerza maligna!

-De una comedia ucraniana

Sobre los habitantes de Sorochinetz, recién despiertos, se cernía la frescura de la mañana. Todas las chimeneas lanzaban torrentes de humo hacia el sol, que acababa de aparecer. Comenzaban a oírse los ruidos de la feria. Balaban las ovejas, relinchaban los caballos y en todo el campamento volvía a oírse el grito de los gansos y el de los vendedores, mientras los terroríficos relatos sobre la casaca roja, que tanto intimidaron a la gente en las misteriosas horas del anochecer, se esfumaban como por encanto.

Bostezando y estirándose, dormitaba Cherevik en casa del compadre, bajo el techo cubierto de paja del cobertizo, entre los bueyes, los sacos de harina y de trigo, y sin tener, al parecer, el menor deseo de despedirse de sus ensueños, cuando oyó repentinamente una voz tan conocida para él como el refugio de su pereza, esto es, el bendito techo de la estufa de sujata o la taberna de una parienta lejana que se encontraba a diez pasos apenas de su umbral.

-¡Levántate!… ¡Levántate! -le decía al oído la voz cascada de su tierna esposa.

Cherevik, en vez de contestar, infló sus mejillas y manoteó, simulando un redoble de tambores.

-¡Loco! -gritó ella, esquivando un movimiento de su brazo que había estado a punto de rozarle la cara.

Cherevik se levantó, se frotó un poco los ojos y miró en torno suyo.

-¡Que el maligno me lleve si no se me apareció tu cara bajo la forma de un tambor, paloma mía. Un tambor sobre el que hacían redoblar esas mismas jetas de cerdo que, como dice el compadre…

-¡Basta de decir tonterías! ¡Anda… , llévate la yegua y trata de venderla pronto! Haremos que la gente se ría de nosotros. ¡Pensar que hemos venido a la feria y todavía no hemos vendido ni un puñado de cáñamo!

-¡Pero mujer! -replicó Solopii-. ¡A esta hora!, se burlarán de nosotros.

-¡Anda… , ve… , ve… ! De ti se ríen de todos modos.

-¡Sí, como ves, todavía no me he levantado! -continuó Cherevik bostezando, rascándose las espaldas y tratando de ganar tiempo para su pereza.

-¡Qué antojo más inoportuno de estar limpio!… ¿Desde cuándo se te ocurren esas cosas? Ahí tienes una jofaina, lávate la carota.

En este momento la comadre agarró algo que estaba enrollado y lo tiró a un lado con horror. ¡Era una solapa de casaca roja!

-¡Anda! ¡Vete! ¡Haz lo tuyo!… -repitió, después de cobrar ánimos, a su marido, viendo que a éste el terror le había arrebatado el uso de las piernas y que le castañeteaban los dientes.

-¡Ahora sí que tendremos venta!… -gruñó para sí Cherevik, desatando la yegua y llevándosela a la plaza-. Por algo sentía yo tanta pesadez en el alma… ¡Como si al ir a esa maldita feria llevara al hombro una vaca muerta! ¡Hasta los propios bueyes se volvieron dos veces como queriendo regresar a casa! El caso es que… , ahora lo recuerdo… , ya no salimos en lunes. Ahí está lo malo. Ese maldito diablo es insaciable. ¡Bien podía usar la casaca sin una man

ga y dejar en paz a la gente decente! Si yo fuera diablo, pongamos por caso, ¡y Dios me libre de ello!, ¿vagaría de noche buscando esos malditos jirones?

Aquí el filosofar de nuestro Cherevik viose interrumpido por una voz gruesa y áspera. Ante él se hallaba un gitano de elevada estatura.

-¿Qué vendes, buen hombre?

El vendedor guardó silencio. Lo miró de pies a cabeza y dijo con aire tranquilo, sin detenerse y sin dejar escapar las riendas de sus manos:

-Tú mismo puedes ver lo que vendo.

-¿Correas? -preguntó el gitano mirando a la rienda que tenía en la mano Cherevik.

-Correas, sí. Si es que una yegua se parece a unas correas…

-¡Pero… ! ¡Diablos, paisano! ¡Se diría que la has alimentado con paja!

-¿Con paja?

En este momento quiso Cherevik tirar de la rienda para, haciendo avanzar a su yegua, probar palmariamente la mentira de su desvergonzado ofensor, pero la mano de aquel, con extraordinaria ligereza, le dio un golpe en la mandíbula. Luego, al mirar, vio, y sus cabellos se le erizaron, que de su mano pendía una rienda cortada y que a la rienda estaba sujeta… , ¡oh espanto!… , un pedazo de manga de casaca roja.

Después de haber escupido, santiguándose y haciendo aspavientos con los brazos, Cherevik huyó corriendo del inesperado regalo y desapareció entre la multitud más velozmente que lo hubiera hecho un muchacho del pueblo.

.

XI

Hice bien, y encima me pegaron.

-Proverbio ucraniano.

-¡A ese!… ¡A ese!… ¡Cójanlo! -gritaron varios mozos desde el extremo más angosto de la calle. Cherevik se sintió aferrado de pronto por robustos brazos.

-¡Amárrenlo! ¡Es el mismo que le robó la yegua a un buen hombre!

-Pero, ¡por Dios!, ¿por qué me cogen ustedes?

-¿Y lo preguntas? ¿Por qué le robaste tú la yegua a Cherevik, el mujik recién llegado?

-¿Se han vuelto ustedes locos? ¿Dónde se ha visto que un hombre se robe a sí mismo?

-¡Vieja treta la tuya!… , ¡vieja treta!… ¿Por que corrías a toda velocidad como si te persiguiera el propio Satanás?

-¡Qué remedio!… Aunque no quieras tienes que correr si el ropaje de Satanás…

-¡Bueno, palomito!… ¡Vete a engañar a otro! ¡Ya te dará una buena lección el alcalde para que no vuelvas a asustar a nadie con cosas del demonio!

-¡Atrápenlo! ¡Atrápenlo! -se oyó gritar al otro extremo de la calle-. ¡Ahí está… , ahí está el fugitivo!

Y ante los ojos de Cherevik se presentó el compadre, en el más lamentable estado, con las manos atadas a la espalda y conducido por varios lugareños.

-Están ocurriendo cosas fantásticas -dijo uno de ellos-. Es cosa de oír lo que dice ese bribón, en el que se descubre al ladrón con sólo mirarle a la cara. Cuando le preguntaron por qué había echado a correr como un loco, dijo: «Metí la mano en el bolsillo, porque quería oler un poco de tabaco y en vez de la tabaquera, saqué un pedazo de la casaca del diablo, de la que salía un fuego rojo… y entonces puse pies en polvorosa.»

-¡Ajá!… Son dos pájaros del mismo nido. Que los aten juntos.

XII

«¿De qué soy culpable, buena gente? ¿Por qué me atormentan? -exclamó nuestro pobre hombre-.

¿Por qué se burlan así de mí? ¿Por qué, por qué?… »

Y agarrándose por los costados, prorrumpió en amargo llanto.

-Artemovsky Gulag: El pan y el perro.)

-¿No habrás pescado realmente algo ajeno, compadre? -preguntó Cherevik cuando se vio tendido y amarrado junto al compadre debajo del techo de paja.

-Tú también sales con lo mismo, compadre. ¡Que se me sequen las manos y los pies si alguna vez he robado algo! ¡Salvo… puede que en alguna ocasión a mi madre un poco de vareniki y de crema… y eso cuando no tenía más que diez años!

-¿Por qué nos habrá tocado en suerte semejante infortunio?… Lo tuyo, después de todo, no es nada… Te culpan de haber robado algo ajeno… pero ¿cómo se entiende que a mí me acusen, ¡desdichado de mí!, de haber robado mi propia yegua? ¡Por lo visto, compadre, en nuestro destino está escrito el no tener suerte!

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