ManoBook > Literatura > La feria de Sorochinetz

   Clásico 7 No.7

La feria de Sorochinetz Por Nikolai Gogol Palabras: 7825

Actualizado: 2018-11-14 00:03


-¡Qué desgracia la nuestra, pobres huérfanos!

Y ambos compadres empezaron a sollozar convulsivamente.

-¿Qué te pasa, Solopii? -dijo Grizko, que acababa de entrar-. ¿Quién te ha amarrado?

-¡Ay Golopupenko, Golopupenko!… -gritó alborozado Solopii-. Aquí tienes, compadre, al mozo de que te he hablado. ¡Que me parta un rayo aquí mismo si no se bebió en mi presencia una jarra tan grande como tu cabeza y sin pestañear una sola vez!

-¿Y por qué no has complacido a tan buen mozo, compadre?

-Como ves -prosiguió Cherevik volviéndose hacia Grizko-, parece que Dios me ha castigado por haberme portado mal contigo. Perdóname, buen hombre… A fe mía que bien hubiera querido hacer todo lo posible por ti, pero ¿qué quieres?… En la vieja está el propio diablo.

-No soy rencoroso, Solopii… Si quieres te libertaré -aquí Grizko hizo un guiño a los lugareños y los mismos que estaban custodiándolos se abalanzaron a desatarlos-. Tú a tu vez debes hacer lo debido, o sea una boda, y festejarla de tal manera que durante todo el año nos duelan los pies de tanto bailar el hopak.

-Lo bueno atrae a lo bueno -dijo Solopii, dando una palmada-. Ahora estoy tan contento como si a mi vieja se la hubieran llevado los chalanes…

-Bueno… , ¿y a qué tanto pensar si el mozo vale o si no vale?… Que hoy mismo sea la boda y que no se hable más del asunto.

-Entonces, recuérdalo, Solopii: dentro de una hora estaré en tu casa. Y ahora vete allí, que te esperan los compradores de tu yegua y de tu trigo.

-¡Cómo!… ¿Han encontrado a mi yegua?

-La han encontrado.

Petrificado de alegría quedó Cherevik mientras miraba alejarse a Grizko.

-Bueno, Grizko… , ¿qué?… ¿Hemos arreglado mal este asunto? -dijo el gitano de elevada estatura al mozo apresurado-. ¿Son míos ahora los bueyes ?

-Tuyos, tuyos.

XIII

«No temas, madrecita, no temas. Cálzate las

botitas encarnadas y pisotea a tus enemigos

para que suelten tus espuelas y se callen… »

-Canción nupcial.

Con el codo apoyado sobre la mesa y pensativa en la soledad de la jata estaba Paraska. Muchos ensueños flotaban sobre su rubia cenicienta cabeza. Por momentos, repentinamente, una leve sonrisa rozaba sus labios rojos y un sentimiento de alegría la hacía enarcar las oscuras cejas, aunque a veces la nube del pensamiento volvía a inclinarla sobre sus ojos garzos y claros.

-¿Y si no sucediera lo que él dijo? -murmuraba la joven con cierto aire de duda-. ¿Y si no me casara con él?… ¿Y si… ? No, no. Eso no será. Mi madrastra hace todo lo que se le antoja. ¿Por qué no he de hacerlo yo también? Terquedad no me faltará. ¡Qué guapo es!… ¡Qué magníficamente brillan sus ojos negros!… ¡Qué hermosa manera la suya de decir: «Paraska… , palomita»! ¡Y qué bien le cae la casaca blanca! Sólo le falta un cinturón de un color más vivo. Yo se lo trenzaré cuando vayamos a vivir en la nueva jata. ¡Cómo me alegra pensar!… -continuó mientras sacaba de su escondite del pecho un espejito revestido de papel rojo que había comprado en la feria y se contemplaba en él con secreto placer-. Cuando la encuentre en alguna parte no la saludaré, aunque la vea reventar. No… , madrastra mía… Basta de pegar a tu hijastra. Antes nacerá el trigo sobre la piedra y como el sauce se doblegará el roble sobre el agua que inclinarme yo ante ti. ¡Ah!… ¡Se me olvidaba!… Voy a probarme la ochipok. Aunque es de mi madrastra, vamos a ver qué tal me sienta.

Aquí, la bella se levantó con el espejito en la mano y la cabeza inclinada sobre él y empezó a andar con trémulo paso por la jata, como temiendo caerse al ver reflejado delante de sí, en vez del suelo, el techo, con sus tablas adicionales -de donde cayera poco antes el sacristán- y los estantes repletos de ollas.

-En realidad, soy como una criatura -exclamó riéndose-; me da miedo dar un paso- y al decir esto empezó a golpear el suelo con los pies, y cuanto más avanzaba,

más audaz se sentía. Finalmente, su mano izquierda descendió, apoyándose sobre la cadera, y la joven se puso a bailar con el espejo ante sí, taconeando y canturreando su canción favorita.

En este instante se asomó Cherevik por la puerta, y al ver a su hija bailando ante el espejo, se detuvo. La miró largo rato, riéndose del nunca visto capricho de la muchacha, que, abstraída en sus pensamientos, parecía no darse cuenta de nada; pero al escuchar los conocidos sonidos de la canción, las venillas de Cherevik comenzaron a agitarse, y con los brazos orgullosamente en jarras, se adelantó y se puso a bailar en cuclillas, olvidando todos sus asuntos.

La sonora risa del compadre hizo estremecerse a ambos.

-¡Vaya!… ¡El padre y la hija celebrando la boda! ¡Vengan, pues, pronto! ¡Ha llegado el novio!

Al oír estas palabras, Paraska se sonrojó hasta ponerse de un color más rojo vivo que el de la cinta encarnada que le ceñía el cabello, y su despreocupado padre recordó el motivo que le traía.

-Vamos, hija… vamos pronto. Jivria, de alegría por haber vendido la yegua -dijo mirando con temor a ambos lados-, ha ido corriendo a comprarse telas y collares de todas clases; de manera que debemos terminarlo todo antes que vuelva.

Apenas hubo franqueado Paraska el umbral de la jata, sintió que la cogían los brazos del mozo de la casaca blanca, que estaba esperándola en la calle con una multitud de gente.

-¡Bendícelos, Dios mío! -dijo Cherevik juntándoles las manos-. ¡Que vivan como se trenzan las coronas!

En este momento se oyó ruido en la calle.

-¡Reventaré antes de permitirlo! -gritaba la cónyuge de Solopii, a quien rechazaba la multitud entre grandes risotadas.

-No te enfurezcas, mujer, no te enfurezcas -decía tranquilamente Cherevik, viendo cómo una pareja de robustos gitanos la tenían agarrada por las manos.

-Lo hecho queda hecho. No me gusta cambiar…

-No… , no… Eso no será -gritaba Jivria sin que nadie le hiciera caso. Varias parejas rodeaban a los novios, formando en torno de ella un infranqueable muro bailarín.

Un sentimiento extraño, inexplicable, habría de dominar al espectador al ver cómo por un solo golpe de arco del violinista, de largos bigotes retorcidos, vestido de casaca, todo se convertía en movimiento unánime y armonioso. Hombres en cuyos rostros no parecía haber flotado una sonrisa en el espacio de un siglo taconeaban con los pies, imprimiendo un rítmico temblor a sus hombros. Todo volaba. Todo danzaba. Pero un sentimiento más extraño aún, indescifrable, habría de despertarse en el fondo del alma al ver a las viejecitas, sobre cuyos arrugados rostros flotaba la fría indiferencia de la tumba, moverse entre los hombres nuevos, vivos y reidores. A pesar de su indolencia carentes incluso de la alegría más ingenua, de la chispa más insignificante, a quienes sólo la borrachera, como motor de su automática vida, les obligaba a ejecutar algo que pareciera humano, aquellas mujeres movían silenciosamente sus ebrias cabezas siguiendo con los pies el compás de la danza de la gente que se divertía, sin volver siquiera los ojos hacia la joven pareja. El estrépito, las risas y los cantos se oían más y más apagados. El arco del violín moría debilitándose y dejando perder sus vagos sonidos en el vacío del aire. Todavía se escuchaba en alguna parte un pataleo semejante al murmullo de un lejano mar. Pero no tardó ya todo en volverse vacío y sordo.

¿No es así como vuela, alejándose de nosotros, la alegría, precioso y voluble huésped? ¿Y no es vano esperar que el sonido de la nota solitaria pueda expresar regocijo? En el eco que escuchamos se percibe ya la tristeza y la soledad. ¿No es así cómo se pierden por el mundo los alegres amigos de la turbulenta y libre juventud, uno por uno, dejando, finalmente, sólo a su viejo hermano?… ¡Qué tristeza la del abandonado! El corazón se llena de dolor y de pesar, y nada puede ayudarle.

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