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   Clásico 6 No.6

El retrato del Sr. W. H. Por Oscar Wilde Palabras: 8324

Actualizado: 2018-11-14 00:03


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Mas no ha de marchitarse tu verano,

ni la belleza has de perder que tienes;

ni la muerte te hará vagar en sombra,

cuando en eternos versos te agigantes;

en tanto alienten hombres u ojos vean,

tendrán vida y la vida te darán,

la expresión «eternos versos» alude claramente a una de sus obras que le enviaba al mismo tiempo, y el pareado final indica precisamente su confianza en lo probable de que sus obras se representen siempre. En su invocación a la musa del teatro -sonetos C y CI- encontramos el mismo sentimiento:

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¿Dónde estás, musa, que te olvidas tanto

de hablar lo que te da tu poder todo?

¿Gastas tu furia en algún canto vano,

tu fuerza oscureciendo al darle luz?

-clama Shakespeare-, y luego procede a reprochar al amante de la tragedia y de la comedia su «abandono de la verdad teñida de belleza», y dice:

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Si loa no precisa, ¿serás muda?

no excuses el silencio; que está en ti

que sobreviva más que tumba de oro,

y que le alaben tiempos por venir.

Haz pues tu oficio, musa, yo te enseño

a que parezca siempre como ahora es.

No obstante, es tal vez en el soneto LV donde Shakespeare da a su idea la más plena expresión. Imaginarse que la «rima potente» del segundo verso se refiere a algún soneto en sí, es confundir enteramente el significado que le da Shakespeare. Me pareció a mí que era más que probable, por el carácter general del soneto, que hiciera referencia a alguna obra en particular, y que la obra no era otra que ''Romeo y Julieta'':

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No mármol ni dorados monumentos

de nobles, vivirán más que esta rima;

pero tú brillarás más en su tema

que piedra mancillada por el tiempo.

Cuando guerras derriben las estatuas

y arruinen brasas las arquitecturas,

no quemarán de Marte espada o fuego

de tu memoria el vivo documento.

Contra la muerte y enemigo olvido

tú avanzarás y te abrirás camino

a ojos de toda la posteridad

que al mundo lleva a su final fatal.

Así, hasta el juicio y tu resurrección

vives aquí y en el mirar de amantes.

Era también extremadamente sugerente el darse cuenta de cómo aquí, lo mismo que en otros pasajes, Shakespeare prometía a Willie Hughes la inmortalidad de un modo en que apelaba a los ojos de los hombres, es decir, en forma de espectáculo, en una obra teatral que debía contemplarse.

Durante dos semanas trabajé de firme en los ''Sonetos'', no saliendo apenas nunca y declinando todas las invitaciones. Cada día me parecía que estaba descubriendo algo nuevo, y Willie Hughes se convirtió para mí en una especie de presencia espiritual, una personalidad siempre dominante. Casi podía imaginarme que le veía de pie, en el espacio en sombra de mi habitación -tan bien le había trazado Shakespeare-, con sus cabellos dorados, su tierna gracia, semejante a la de una flor, sus ojos soñadores profundamente hundidos, sus delicados miembros flexibles y sus blancas manos de azucena. Su mismo nombre me fascinaba: ¡Willie Hughes! ¡Willie Hughes! ¡Qué musical era al oído! Sí; ¿quién otro sino él podría haber sido el amadoamada de la pasión de Shakespeare, el dueño de su amor, a quien estaba obligado en vasallaje, el delicado valido del placer`, la rosa del universo entero, el heraldo de la primavera engalanado con la altiva librea de la juventud, el hermoso muchacho a quien era música dulce el escuchar, y cuya belleza era el atavío mismo del corazón de Shakespeare `, y era asimismo la piedra angular de su fuerza dramática? ¡Qué amarga parecía ahora toda la tragedia de su deserción y su vergüenza! -vergüenza que él tornaba dulce y hermosa por la pura magia de su personalidad, pero que no dejaba de ser por ello una vergüenza-. Sin embargo, puesto que Shakespeare le perdonaba, ¿no debiéramos también nosotros perdonarle? A mí no me interesaba curiosear en el misterio de su pecado.

El hecho de que abandonara el teatro de Shakespeare era un asunto diferente, y yo lo investigué largo y tendido. Finalmente, llegué a la conclusión de que Cyril Graham se había equivocado al considerar que era Chap

man el comediógrafo rival del soneto LXXX. Obviamente era a Marlow ` a quien se aludía. En el tiempo en que se escribieron los Sonetos, expresión tal como «la altiva vela desplegada de su gran verso» no podría haberse aplicado a la obra de Chapman, por adecuada que pudiera ser al estilo de sus obras tardías de la época jacobea. No, era Marlow claramente el dramaturgo rival de quien hablaba Shakespeare en términos tan laudatorios, y ese

… afable espectro familiar

que de noche le ceba con saberes,

era el Mefistófeles de su Doctor Fausto. Sin duda, Marlow se sintió fascinado por la belleza y la gracia del muchacho actor, y le persuadió a que abandonara el teatro de Blackfriars e hiciera el papel de Gaveston en su Eduardo II. Que Shakespeare tenía el derecho legal a retener a Willie Hughes en su compañía teatral es evidente por el soneto LXXXVII, en que dice:

¡Adiós! Caro me eres de más para tenerte,

y tú sabes muy bien de tu valía;

el fuero de tu mérito te libra;

mi esclavitud a ti fijada queda.

¿Pues cómo retenerte si no otorgas?

¿y para esa riqueza, dó es mi título?

De la razón para este don carezco,

y mi derecho así cambia de nuevo.

Te diste, lo que dabas no sabiendo,

o a mí, a quien diste, diste confundiendo;

así tu don, por omisión creciente,

no vuelve más, haciendo mejor juicio.

Te he tenido, fue cual halaga un sueño,

durmiendo, rey, despierto nada tal.

Pero a quien no pudo retener por amor, no quiso retener por fuerza. Willie Hughes pasó a ser miembro de la compañía teatral de lord Pembroke, y, acaso, en el corral de la taberna Red Bull, representara el papel del delicado favorito del rey Eduardo. Parece que a la muerte de Marlow volvió con Shakespeare, que, a pesar de lo que sus compañeros pudieran pensar del asunto, no tardó en perdonar la obstinación y la traición del joven actor.

¡Qué bien había trazado Shakespeare, además, el temperamento del joven actor! Willie Hughes era uno de aquellos…

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… que no hacen lo que más hacer demuestran,

que, conmoviendo a otros, son cual piedra.

Podía representar el amor, pero no podía sentirlo; podía imitar la pasión, sin experimentarla.

En el rostro de muchos su falacia

escrita está con ceños y en arrugas,

pero no era así en el caso de Willie Hughes. En un soneto de loca idolatría, dice Shakespeare:

Los cielos al crearte decretaron

que en tu rostro amor dulce moraría:

comoquiera pensaras o actuaras

tus miradas dulzor sólo dirían.

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En su «alma inconstante» y en su «falso corazón» era fácil reconocer la doblez y la perfidia que parecen ser de algún modo inseparables de la naturaleza artística, lo mismo que en su amor por el encomio, ese deseo del reconocimiento inmediato que caracteriza a todos los actores. Willie Hughes, sin embargo, más afortunado a este respecto que otros, iba a conocer algo de la inmortalidad. Inseparablemente relacionado con las obras de Shakespeare, había de vivir en ellas:

Tu nombre aquí vida inmortal tendrá,

aunque yo para todos morir deba:

la tierra me dará tumba común,

mas tu tumba ha de ser de ojos humanos.

Tu monumento será mi tierno verso,

que ojos aún no creados leerán,

y otras lenguas de tu ser repetirán

cuando todos los vivos estén muertos.

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Había también alusiones interminables al poder que ejercía Willie Hughes sobre su auditorio -los «contempladores», como Shakespeare los llamaba-; pero quizá la descripción más perfecta de su admirable dominio del arte de la escena esté en ''La queja del amante'', en que Shakespeare dice de él:

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La plenitud de la sutil materia

recibe en él las formas más extrañas,

de rubores ardientes, o de llanto,

palidez de desmayo; y toma y deja,

acertados los dos, para el engaño,

rojo al habla soez, en llanto al duelo,

lividez de desmayo a la tragedia.

Así en la punta de su lengua altiva

todo argumento e interrogante hondos,

toda réplica pronta y razón fuerte,

a su elección durmieron, despertaron,

para que el triste ría y llore el riente.

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