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   Clásico 3 No.3

Cuentos amatorios By Pedro Antonio de Alarcón Palabras: 8163

Updated: 2018-11-14 00:03


********O********

La vuelta del niño a la sala sacó a la Comendadora de su abstracción e hizo interrumpir otra vez a la condesa su lectura.

-¡Abuela! -gritó el rapaz con destemplado acento-. El italiano que está componiendo el escudo de piedra de la escalera acaba de decirle una cosa muy graciosa al viejo de Madrid que pinta los techos. ¡Yo la he oído, sin que ellos me vieran a mí, y como yo entiendo ya el español chapurrado que habla el escultor con el pintor, me he enterado perfectamente! ¡Si supieras lo que le ha dicho!

-Carlos… -respondió la anciana con la blandura equívoca de la cobardía-: os tengo recomendado que no os acerquéis nunca a esa clase de gentes. ¡Acordaos de que sois el conde de Santos!

-¡Pues quiero acercarme! -replicó el niño-. ¡A mí me gustan mucho los pintores y los escultores, y ahora mismo me voy otra vez con ellos!…

-Carlos… -murmuró dulcemente la Comendadora-. Estáis hablando con la madre de vuestro padre. Respetadla como él la respetaba y yo la respeto…

El niño se echó a reír, y prosiguió:

-Pues verás, tía, lo que decía el escultor… ¡Porque era de ti de quien hablaba!…

-¿De mí?

-¡Callad, Carlos! -exclamó la anciana severamente.

El niño siguió en el mismo tono y con el mismo diabólico gesto:

-El escultor le decía al pintor: «Compañero, ¡qué hermosa debe de estar desnuda la Comendadora! ¡Será una estatua griega!». ¿Qué es una estatua griega, tía Isabel?

Sor Isabel se puso lívida, clavó los ojos en el suelo y empezó a rezar.

La condesa se levantó, cogió al conde por un brazo y le dijo con reprimida cólera:

-¡Los niños no oyen esas cosas ni las dicen! Ahora mismo se irá el escultor a la calle. En cuanto a vos, ya os dirá el padre capellán el pecado que habéis cometido y os impondrá la debida penitencia…

-¿A mí? -dijo Carlos-. ¿El señor cura? ¡Soy yo más valiente que él y lo echaré a la calle, mientras que el escultor se quedará en casa! ¡Tía! -continuó el niño, dirigiéndose a la Comendadora-, yo quiero verte desnuda…

-¡Jesús! -gritó la abuela, tapándose el rostro con las manos.

Sor Isabel no pestañeó siquiera.

-¡Sí, señora! ¡Quiero ver desnuda a mi tía! -repitió el niño, encarándose con la anciana.

-¡Insolente! -gritó ésta, levantando la mano sobre su nieto.

Ante aquel ademán, el niño se puso encarnado como la grana, y, pateando de furor, en actitud de arremeter contra la condesa, exclamó nuevamente con sordo acento:

-¡He dicho que quiero ver desnuda a mi tía! ¡Pégame, si eres capaz!

La Comendadora se levantó con aire desdeñoso, y se dirigió hacia la puerta, sin hacer caso alguno del niño.

Carlos dio un salto, se interpuso en su camino y repitió su tremenda frase con voz y gesto de verdadera locura.

Sor Isabel continuó marchando.

El niño forcejeó por detenerla, no pudo lograrlo y cayó al suelo, presa de violentísima convulsión.

La abuela dio un grito de muerte, que hizo volver la cabeza a la religiosa.

Ésta se detuvo espantada al ver a su sobrino en tierra, con los ojos en blanco, echando espumarajos por la boca y tartamudeando ferozmente:

-¡Ver desnuda a mi tía!…

-¡Satanás!… -balbuceó la Comendadora, mirando de hito en hito a su madre.

El niño se revolcó en el suelo como una serpiente, púsose morado, volvió a llamar a su tía y luego quedó inmóvil, agarrotado, sin respiración.

-¡El heredero de los Santos se muere! -gritó la abuela con indescriptible terror-. ¡Agua! ¡Agua! ¡Un médico!

Los criados acudieron, y trajeron agua y vinagre.

La condesa roció la cara del niño con una y otra cosa; diole muchos besos; llamóle ángel; lloró, rezó, hízole oler vinagre solo… Pero todo fue completamente inútil. El niño se estremecía a veces como los energúmenos, abría unos ojos extraviados y sin vista, que daban miedo, y volvía a quedarse inmóvil.

La Comendadora seguía parada en medio de la estancia en actitud de irse, pero con la cabeza vuelta atrás, mirando atentamente al hijo de su hermano.

Al fin pudo éste dejar escapar un soplo de aliento y algunas vagas palabras por entre sus dientes

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apretados y rechinantes…

Aquellas palabras fueron…

-Desnuda… mi tía…

La Comendadora levantó las manos al cielo y prosiguió su camino.

La abuela, temiendo que los criados comprendiesen lo que decía el niño, gritó con imperio:

-¡Fuera todo el mundo! Vos, Isabel, quedaos.

Los criados obedecieron llenos de asombro.

La Comendadora cayó de rodillas.

-¡Hijo mío!… ¡Carlos!… ¡Hermoso! -gimió la anciana, abrazando lo que parecía ya el cadáver de su nieto-. ¡Llora!… ¡Llora!… ¡No te enfades!… ¡Será lo que tú quieras!

-¡Desnuda! -dijo Carlos en un ronquido semejante al estertor del que agoniza.

-¡Señora!… -exclamó la abuela, mirando a su hija de un modo indefinible-, el heredero de los Santos se muere, y con él concluye nuestra casa.

La Comendadora tembló de pies a cabeza. Tan aristócrata como su madre y tan piadosa y casta como ella, comprendía toda la enormidad de la situación.

En esto, Carlos se recobró un poco, vio a las dos mujeres, trató de levantarse, dio un grito de furor y volvió a caer con otro ataque aún más terrible que el primero.

-¡Ver desnuda a mi tía! -había rugido antes de perder nuevamente el movimiento.

Y quedó con los puños crispados en ademán amenazador.

La anciana se santiguó; cogió el libro de oraciones y dirigiéndose hacia la puerta, dijo al paso a la Comendadora, después de alzar una mano al cielo con dolorosa solemnidad:

-Señora… , ¡Dios lo quiere!

Y salió, cerrando la puerta detrás de sí.

- IV -

Media hora después, el conde de Santos entró en el cuarto de su abuela, hipando, riendo y comiéndose un dulce -que todavía mojaban algunas gotas del pasado llanto-, y sin mirar a la anciana, pero dándole con el codo, díjole en son ronco y salvaje:

-¡Vaya si está gorda… mi tía!

La condesa, que rezaba arrodillada en un antiguo reclinatorio, dejó caer la frente sobre el libro de oraciones, y no contestó ni una palabra.

El niño se marchó en busca del escultor, y lo encontró rodeado de algunos Familiares del Santo Oficio, que le mostraban una orden para que los siguiese a las cárceles de la Inquisición, «como pagano y blasfemo, según denuncia hecha por la señora condesa de Santos».

Carlos, a pesar de toda su audacia, se sobrecogió a la vista de los esbirros del formidable Tribunal, y no dijo ni intentó cosa alguna.

- V -

Al oscurecer se dirigió la condesa al cuarto de su hija, antes de que encendiesen luces, pues no quería verla, aunque deseaba consolarla, y se encontró con la siguiente carta, que le entregó la camarera de sor Isabel:

«Mi muy amada madre y señora:

Perdonadme el primer paso que doy en mi vida sin tomar antes vuestra venia; pero el corazón me dice que no lo desaprobaréis.

Regreso al convento, de donde nunca debí salir y de donde no volveré a salir jamás. Me voy sin despedirme de vos, por ahorraros nuevos sufrimientos.

Dios os tenga en su santa guarda y sea misericordioso con vuestra amantísima hija

Sor Isabel de los Ángeles».

No había acabado la anciana de leer aquellos tristísimos renglones, cuando oyó rodar un carruaje en el patio de la casa y alejarse luego hacia la plaza Nueva…

Era la carroza en que se marchaba la Comendadora.

- VI -

Cuatro años después, las campanas del convento de Santiago doblaron por el alma de sor Isabel de los Ángeles, mientras que su cuerpo era restituido a la madre tierra.

La condesa murió también al poco tiempo.

El conde Carlos pereció sin descendencia, al cabo de quince o veinte años, en la conquista de Menorca, extinguiéndose con él la noble estirpe de los condes de Santos.

El coro de ángeles

- I - Un alma a la moda

Eran las siete menos cuarto de una mañana de Diciembre, y aún no habían llegado al horizonte de Madrid ni tan siquiera noticias de un sol que debió ponerse la tarde antes a las cuatro y media, pero del cual, hacía ya algunas semanas, sólo se sabía en la Corte por escrito, o sea por el almanaque, puesto que las nubes de un obstinado temporal no permitían verlo cara a cara y en persona.

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