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   Clásico 6 No.6

Cuentos amatorios By Pedro Antonio de Alarcón Palabras: 8125

Updated: 2018-11-14 00:03


Son las once de la noche.

Los salones pueden apenas contener tan numerosa y animada concurrencia. Piérdese la deslumbrada vista en un océano de luces, de flores, de cintas, de diamantes, de gasas, de plumas, de condecoraciones, de guantes blancos, de hombros desnudos, de calvas relucientes, de trenzas de oro, de azabache, de sonrisas, de gestos, de miradas… Todo bulle, gira, choca, centellea… La orquesta ha comenzado una polca, y sus voluptuosas cadencias inundan de lánguidos delirios todas esas imaginaciones frívolas y ardientes como la locura… -¡Mirad sobre todo a los que bailan! Parecen ramilletes de Fu meciéndose al soplo del viento; parecen caprichosas nubes de otoño amontonadas a la tarde en el ocaso; parecen rizadas ondulaciones de un mar transparente bajo un cielo arrebolado; parecen bosques de plumas tornasoladas que el aquilón agita; parecen… ¡qué sé yo lo que parecen!

Alguien ha dicho, y muchos han repetido, que bailar es una tontería… -¡Yo protesto! Bailar es un verdadero placer; está en la naturaleza del hombre ¡Hasta los salvajes bailan! ¡Napoleón y Luis Felipe bailaban también! Y ¿por qué no habían de bailar? -¡Ah! Lleváis en los brazos a una esbelta andaluza de osadas y ardientes formas, dócil como un junco, rebelde como el acero, de moribunda mirada, pálida tez, provocativos labios, descubiertos hombros y perfumada cabellera… La estrecháis a vuestro corazón, oprimís su breve mano, apretáis su flexible cintura, os envolvéis en su hueca falda, nadáis en su aliento, ardéis en sus ojos… La música os empuja, el torbellino os arrastra, la deidad os encadena… Alguna vez le decís balbuciente: «¡Hermosa!», y la hermosa sonríe, y su sonrisa os vuelve loco, y el corazón siente nueva vida, y las sienes laten, y alzáis la frente con desdén soberano, y le decís al porvenir: No te temo, y le decís al pasado: ¡No te conozco!… -¡Ah! ¡Esto es magnífico!

Verdad es que, al salir del baile, mientras se apagan las luces, los músicos se marchan y se abren los balcones, sentís la cabeza pesada, los pies hinchados y el corazón vacío, y os da sueño, y hambre, y remordimiento, y vergüenza Pero ¿qué es la vida material más que una serie de acciones y reacciones por el mismo estilo?

Convengamos, pues, cuando menos, en que las danzas modernas (como el vals, la polca y demás bailes en que las parejas van abrazadas) no son indignas de la majestad del hombre, aunque sí del pudor de la mujer.

Y basta por ahora de coreografía.

***********

Sentados en un sofá del gabinete de la Baronesa están nuestro amigos Alejandro, Luis y Cipriano.

-¡Os digo que vendrá! -exclama el primero.

-¿Y dices que has triunfado?

-Completamente. -Por lo cual me debes el caballo…

-Pero cuéntanos…

-No tengo inconveniente. -Ante todo, querido Luis, debo hacerte la justicia de confesar que hablabas como un sabio al sostener que Casimira era la verdadera mujer inconquistable. ¡Tú no sabes lo que he tenido que luchar! Básteos saber que me vi obligado a inventar todo un tratamiento nuevo. Las fórmulas usuales son ineficaces con las feas. Es menester otra literatura, otra táctica y otra lógica distintas de las que se emplean con las simples mujeres. ¡Qué mundos habéis descubierto a mis miradas! ¡Qué inmenso abismo es el corazón humano! -Escuchad mi historia de estos siete días, y reconoced que soy un gran psicólogo.

- IV - Los hijos de Adán y Eva

El primer día busqué a Casimira en el baile de la Embajada inglesa.

Estaba sola, como de costumbre, arrinconada en un gabinete, deseando marcharse y esperando a que su hermosa prima acabase de bailar, para volver a decirle: Vámonos.

¡Nadie la había mirado en toda la noche! ¡Nadie la había sacado a bailar! ¡Nadie le había dicho: Los ojos tienes negros!

Senteme yo a su lado, afectando no reparar en ella, y, después de un prolongado bostezo, exclamé, como si estuviera solo:

-¡Jesús, qué fastidio!

Luego, volviéndome a la beldad, cual si la viese en aquel instante:

-¡Ah! Casimira… (murmuré). -¿Estaba usted ahí? -Perdone mi

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exclamación Pero es lo cierto que llevo un invierno de aburrirme soberanamente en los bailes.

-¡Oh! Pues yo lo veo a V. bailar, y reír, y coquetear con todas…

-¡Eso es! con todas… ; lo cual quiere decir: con ninguna. -¡Qué niñas tan tontas y tan presumidas salen ahora al mundo! Desde que está de moda la educación inglesa, no hay muchacha que pueda sentir el verdadero amor.

Casimira sonrió filosóficamente, como quien dice: ¡Dios es justo!

Hablele en seguida del estado de la atmósfera, y para justificar mi extravagancia de permanecer a su lado -a fin de no alarmarla-, me quejé de cansancio y de dolor de cabeza.

Pasó entonces por el gabinete una mujer hermosísima.

Yo elogié su peinado…

-¡Pero es tonta! -añadí.

-Tiene mucho partido… -dijo Casimira.

-¡No me gusta! (repliqué). -Su belleza no habla al corazón.

Luego pasó otra de las más afamadas, y censuré… su carácter, añadiendo que haría desgraciado al hombre que se casara con ella.

Por último, hablé de retirarme del mundo y dedicarme a la astronomía.

Aquí disertamos sobre la brevedad de la juventud y sobre la instabilidad de los afectos basados en el amor propio…

Casimira hizo un gesto, que venía a significar: ¡Tienen ojos y no ven!

Levanteme entonces, y dije con hipócrita llaneza:

-Me alegro de haber dejado el salón. Su conversación de V. me encanta. Tiene V. mucho talento.

Era lo único que podía elogiarle impunemente.

Casimira alzó los ojos al cielo, como si dijera: ¡Dios mío!, ¿por qué en vez de tanto talento, no me diste un poco de hermosura?

***********

Al día siguiente supe, por su prima, que la fea había hallado en mí un fondo de gravedad que nunca hubiera imaginado.

A la noche fui a saludarla en el teatro, y le participé que había reñido con la Baronesa; que me marchaba de Madrid y que odiaba a las mujeres.

Esto era ofrecerle alguna probabilidad, supuesto que ella de todo tiene aspecto menos de mujer.

Califiqué de bonito su traje (elogio contra el cual no pudo protestar su escepticismo, pues, cuando lo llevaba, claro era que le agradaba también), y preguntele el precio y la tienda en que lo había comprado, añadiendo que pensaba enviar uno igual a mi hermana Margarita.

Por consiguiente, en esta segunda sesión me acredité de sincero en el ánimo de Casimira.

***********

De la conversación del tercer día, en la tertulia de Ortiz, quedó en la memoria de la joven la frase siguiente, cuya diabólica eficacia reconoceréis:

-¡Tiene V. una cabeza muy artística!

Vosotros habréis observado que, desde que se inventaron las cabezas artísticas, ya han dispuesto las cuarentonas de un requiebro muy cómodo, por lo elástico, que dirigir a sus amantes, aunque éstos sean más feos que Picio. ¡Artístico no quiere decir hermoso, sino bello, y la fealdad es belleza muchas veces! Recordad los cuadros de Rivera o las novelas de Víctor Hugo.

Casimira se tragó el requiebro, y bendijo el arte, que le valía el primer piropo en que había creído.

Luego hablamos de amores, y yo pinté mis desengaños. Le conté historias de novias muertas, de novias traidoras, de novias que me habían aburrido por no saber de qué hablarles, y solté dos o tres frases de este jaez:

-La constancia es un título de Castilla. También creo que hubo en Granada un periódico de este nombre… Buscarla en la mujer, equivale a querer cuadrar el círculo.

Cuando ya se marchaba, le dije:

-¡No se vaya V. tan pronto!… Son las doce…

¡Era la una!!!

Elogié su conversación, su bondad, el timbre de su voz, el aroma… de su pañuelo, y, por último, me quejé de su falta de franqueza conmigo.

-Usted debe de haber sufrido mucho… (concluí). -En su vida de V. hay una gran pena. A V. se le ha muerto alguna persona querida… -Yo se lo cuento a V. todo ¡y V. no me cuenta a mí nada!

-¡Le juro a V. que no he tenido amores con nadie! -respondió Casimira, afectando que mentía.

El «juro a V.» era un pleonasmo en su boca; mas, por lo mismo, probaba que iba olvidándose de su fealdad cuando hablaba conmigo.

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