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   Clásico 5 No.5

Narraciones inverosímiles Por Pedro Antonio de Alarcón Palabras: 8235

Actualizado: 2018-11-14 00:03


-Puedo saberlo esta noche.

-¿Cómo?

-Ya os he dicho que soy amigo de la muerte.

-¿Y qué es eso? ¡Explícamelo!

-Eso… ¡Yo mismo lo ignoro! Llevadme al palacio de Madrid. Hacedme ver al Rey reinante, y yo os diré la sentencia que el Eterno haya escrito sobre su frente.

-¿Y si te equivocas? -dijo el de Anjou acercándose más a Gil Gil.

-¡Me ahorcáis!… , para lo cual me retendréis preso todo el tiempo que os plazca.

-¡Conque eres hechicero! -exclamó Felipe por justificar de algún modo la fe que daba a las palabras de Gil Gil.

-¡Señor, ya no hay hechizos! -respondió éste-. El último hechicero se llamó Luis XIV, y el último hechizado, Carlos II. La corona de España, que os mandamos a París hace veinticinco años envuelta en el testamento de un idiota, nos rescató de la cautividad del demonio en que vivíamos desde la abdicación de Carlos V. Vos lo sabéis mejor que nadie.

-Médico de cámara… , duque… y treinta mil pesos… -murmuró el Rey.

-¡Por una corona que vale más de lo que pensáis! -respondió Gil Gil.

-¡Tienes mi real palabra! -añadió con solemnidad Felipe V, dominado por aquella voz, por aquella fisonomía, por aquella actitud llena de misterio.

-¿Lo jura vuestra majestad?

-¡Lo prometo! -respondió el francés-. ¡Lo prometo si antes me pruebas que eres algo más que un hombre!

-¡Elena… , serás mía! -balbuceó Gil.

El Rey llamó al capitán y le dio algunas órdenes.

-Ahora… -dijo-, mientras se dispone tu marcha a Madrid, cuéntame tu historia y explícame tu ciencia.

-Voy a complaceros, señor; pero temo que no comprendáis ni la una ni la otra.

Una hora después el capitán corría la posta hacia Madrid al lado de nuestro héroe, quien, por de pronto, ya había soltado sus harapos y vestía un magnífico traje de terciopelo negro, adornado con encajes vistosísimos; ceñía espadín, y llevaba sombrero galoneado.

Felipe V le había regalado aquella vestimenta y mucho dinero, después que se hubo enterado de su milagrosa amistad con la Muerte.

Sigamos nosotros al buen Gil Gil por mucho que corra, pues podría acontecer que se encontrara en la cámara de la Reina con su idolatrada Elena de Monteclaro, o con la odiosa condesa de Rionuevo, y no es cosa de que ignoremos los pormenores de unas entrevistas tan interesantes.

VI - Conferencia preliminar

Serían las seis de la tarde cuando Gil Gil y el capitán se apeaban a las puertas de palacio.

Un gentío inmenso inundaba aquellos lugares, sabedor del peligro en que se encontraba la vida del joven Rey.

Al poner nuestro amigo el pie en el umbral del alcázar dio de manos a boca con la Muerte, que salía con paso precipitado.

-¿Ya? -preguntó Gil Gil lleno de susto.

-¡Todavía no! -respondió la siniestra deidad.

El médico respiró con satisfacción.

-Pues ¿cuándo? -replicó al cabo de un momento.

-No puedo decírtelo.

-¡Oh! Habla… ¡Si supieras lo que me ha prometido Felipe V!

-Me lo figuro.

-Pues bien: necesito saber cuándo muere Luis I.

-Lo sabrás a su debido tiempo. Entra… El capitán ha penetrado ya en la regia estancia. Trae instrucciones del Rey padre… En este momento te anuncian como el primer médico del mundo… La gente se agolpa a la escalera para verte llegar… ¡Vas a encontrarte con Elena y con la condesa de Rionuevo!…

-¡Oh, dicha! -exclamó Gil Gil.

-Las seis y cuarto… -continuó la Muerte, tomándose el pulso, que era su único e infalible reloj-. Te esperan… Hasta luego.

-Pero dime…

-Es verdad… ¡Se me olvidaba! Escucha: si cuando veas al rey Luis estoy en la cámara su enfermedad no tiene cura.

-¿Y estarás? ¿No dices que vas a otro lado?

-No sé todavía si estaré… Yo soy ubicua, y si recibo órdenes superiores, allí me verás, como donde quiera que me halle…

-¿Qué hacías ahora aquí?

-Vengo de matar un caballo.

Gil Gil retrocedió lleno de asombro.

-¿Cómo? -exclamó-. ¡También tienes que ver con los irracionales!…

-¿Qué es eso de irracionales? ¿Acaso los hombres tenéis verdadera razón? ¡La razón es una sola, y ésa no se ve desde la Tierra!

-Pero dime -replicó Gil-: los animales… , los brutos… , los que a

quí llamamos irracionales, ¿tienen alma?

-Sí y no. Tienen un espíritu sin libertad e irresponsable… Pero, ¡vete al diablo! ¡Qué preguntón estás hoy! Conque, adiós… Me encamino a cierta noble casa… , donde voy a hacerte otro favor.

-¡Un favor a mí! ¡Dímelo claramente! ¿De qué se trata?

-De frustrar cierta boda.

-¡Ah!… -exclamó Gil Gil, concibiendo una horrible sospecha-. ¿Será acaso… ?

-Nada más te puedo decir… -contestó la Muerte-. Ve adentro, que se hace tarde, tarde. Déjate llevar y lo pasarás mejor! Tienes mi promesa de que llegarás a ser completamente dichoso.

-¡Ah! ¡Conque somos amigos! ¿No piensas matarnos ni a mí ni a Elena?

-¡Descuida! -replicó la Muerte con una tristeza y una solemnidad, con una ternura y una alegría, con tantos y tan distintos efectos en la voz, que Gil renunció, desde luego, a la esperanza de comprender aquella palabra.

-¡Espera! -dijo, por último, viendo que el ser enlutado se alejaba-. Repíteme aquello de las horas, pues no quiero equivocarme… Si estás en la habitación de un enfermo, pero no lo miras, significa que el paciente muere de aquella enfermedad…

-¡Cierto! Mas si estoy de cara a él, fenece dentro del día… Si yazgo en su mismo lecho, le quedan tres horas de existencia… Si lo encuentras entre mis brazos, no respondas sino de una hora… Y si me ves besarle la frente, reza un credo por su alma.

-¿Y no me hablarás ni una palabra?

-¡Ni una! Carezco de permiso para revelarte de esa manera los propósitos del Eterno. Tu ventaja sobre los demás hombres consiste solamente en que soy visible para ti. Conque adiós, ¡y no me olvides!

Dijo, y se desvaneció en el espacio.

VII - La cámara real

Gil Gil penetró en la regia morada ni arrepentido ni contento de haber entablado relaciones con la personificación de la Muerte.

Mas no bien pisó las escaleras del palacio y recordó que iba a ver a su idolatrada Elena, todas sus ideas lúgubres desaparecieron, como huyen las aves nocturnas al despuntar el día..

Con lucido acompañamiento de palaciegos y de otros personajes de la nobleza, atravesó Gil Gil galerías y salones, dirigiéndose a la cámara real, y por cierto que todos admiraban la extraña hermosura y tierna juventud del famoso médico que Felipe V enviaba desde La Granja como última apelación del humano poder para salvar la vida de Luis I.

Allí estaban las dos Cortes: la de Luis y la de Felipe.

Eran éstas, por decirlo así, los poderes rivales, que hacía una semana vivían en constante guerra; eran los antiguos servidores de la primera rama de Borbón y los nuevos que el Regente de Francia, Felipe de Orleáns el Generoso, había agrupado alrededor del trono de España para evitar que el ambicioso ex duque de Anjou saltase desde él al trono de su abuelo; eran, en fin, los cortesanos del dócil niño que yacía moribundo, y los de su bella esposa, la indomable hija del Regente, la renombrada duquesa de Montpensier.

Los allegados a Isabel de Farnesio, madrastra de Luis I, deseaban que éste muriese para que los hijos del segundo matrimonio de Felipe V se hallasen más cerca de la corona de San Fernando.

Los partidarios de la joven Orleáns, de la Reina hija, deseaban que el enfermo se salvase, no por amor a los mal avenidos esposos, sino en odio a Felipe V, a quien no querían ver reinar nuevamente.

Los amigos del desgraciado Luis temblaban a la idea de que muriese, porque, habiéndole inducido ellos a sacudir la tutela en que lo tenía el solitario de La Granja, sabían muy bien que al volver éste al trono lo primero que haría sería desterrarlos o prenderlos.

El palacio era, pues, un laberinto de encontrados deseos, de opuestas ambiciones, de intrigas y recelos, de temores y esperanzas.

Gil Gil penetró en la cámara buscando con la vista a una sola persona: a su inolvidable Elena.

Cerca del lecho del Rey vio al padre de ésta, al grande amigo del difunto conde de Rionuevo, al duque de Monteclaro, en fin, el cual hablaba con los arzobispos de Santiago y de Toledo, con el marqués de Mirabal y con don Miguel de Guerra, los cuatro más encarnizados enemigos de Felipe V.

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