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   Clásico 6 No.6

Narraciones inverosímiles Por Pedro Antonio de Alarcón Palabras: 8170

Actualizado: 2018-11-14 00:03


El duque de Monteclaro no reconoció al antiguo paje, compañero de infancia de su encantadora hija.

En otro lado, y no sin cierta impresión de miedo, el Amigo de la Muerte vio, entre las damas que rodeaban a la joven y hermosa Luisa Isabel de Orleáns, a su implacable y eterna enemiga: la condesa de Rionuevo.

Gil Gil pasó casi rozando con su vestido al ir a besar la mano a la Reina.

La condesa no reconoció tampoco al hijo natural de su marido.

En esto se levantó un tapiz detrás del grupo que formaban las damas, y apareció, entre otras dos o tres, que Gil Gil no conocía, una mujer alta, pálida, hermosísima…

Era Elena de Monteclaro.

Gil Gil la miró intensamente y la joven se estremeció al ver aquella fúnebre y bella fisonomía, cual si contemplara el espectro de un difunto adorado: cual si tuviese ante sus ojos, no a Gil, sino su sombra envuelta en la mortaja; cual si viese, en fin, un ser del otro mundo.

¡Gil en la Corte! ¡Gil consolando a la Reina, a aquella princesa altiva y burlona que todo lo desdeñaba! ¡Gil, con aquel lujoso traje, mirado y considerado de toda la nobleza!…

«¡Ah! ¡Sin duda es un sueño!» -pensó la encantadora Elena.

-Venid, doctor… -dijo en esto el marqués de Mirabal-: Su majestad ha despertado.

Gil hizo un penoso esfuerzo para sacudir el éxtasis que embargaba todo su ser al verse enfrente de su adorada, y se acercó a la cama del virulento.

El segundo Borbón de España era un mancebo de diecisiete años, flaco, largo y raquítico, como planta que crece a la sombra.

Su rostro (que no había carecido de cierta finura de expresión, a pesar de la irregularidad de sus facciones) estaba ahora espantosamente hinchado y cubierto de cenicientas pústulas.

Parecía un tosco boceto de escultura modelado en barro.

Tendió el Rey niño una angustiosa mirada a aquel otro adolescente que se acercaba a su lecho, y al encontrarse con sus mudos y sombríos ojos, insondables como el misterio de la eternidad, dio un ligero grito y ocultó el semblante bajo las sábanas.

Gil Gil, en tanto, miraba a los cuatro ángulos de la habitación buscando a la Muerte.

Pero la Muerte no estaba allí.

-¿Vivirá? -le preguntaron en voz baja algunos cortesanos, que habían creído leer una esperanza en el rostro de Gil Gil.

Iba a decir que sí, olvidando que su opinión debía darla solamente a Felipe V, cuando sintió que le tiraban de la ropa.

Volvióse, y vio cerca de sí a una persona vestida toda de negro, que se hallaba de espaldas al lecho del Rey…

Era la Muerte.

«Morirá de esta enfermedad, pero no hoy» -pensó Gil Gil.

-¿Qué os parece? -le preguntó el arzobispo de Toledo, sintiendo, como todos, aquel invencible respeto que infundía el rostro sobrehumano de nuestro joven.

-Dispensadme… -respondió el ex zapatero-. Mi opinión queda reservada para el que me envía…

-Pero vos… -añadió el marqués de Mirabal-, vos, que sois tan joven, no podéis haber aprendido tanta ciencia… Indudablemente, Dios o el diablo os la ha infundido… Seréis un santo que hace milagros o un mago amigo de las brujas…

-Como gustéis… -respondió Gil Gil-. De un modo o de otro, yo leo en el porvenir del príncipe que yace en ese lecho; secreto por el cual dierais alguna cosa, pues resuelve la duda de si mañana seréis el privado de Luis I o el prisionero de Felipe V.

-¡Y qué! -balbuceó el de Mirabal, pálido de ira, pero sonriendo levemente.

En esto reparó Gil Gil en que la Muerte, no contenta con acechar al Monarca, aprovechaba su permanencia en la cámara real para sentarse al lado de una dama… , casi en su misma silla… , y mirarla con fijeza.

La sentenciada era la condesa de Rionuevo.

«¡Tres horas!» -pensó Gil Gil.

-Necesito hablaros… -seguía diciéndole, entretanto, el marqués de Mirabal, a quien se le había ocurrido, nada menos que comprar su secreto al extraño médico.

Pero una mirada y una, sonrisa de Gil, que adivinó los pensamientos del marqués, desconcertaron a éste de tal modo que retrocedió un paso.

Aquella mirada y aquella sonrisa eran las mismas que habían dominado por la mañana a

Felipe V.

Gil aprovechó aquel momento de turbación de Mirabal para dar un gran paso en su carrera y fijar su reputación en la corte.

-Señor… -dijo al arzobispo de Toledo-. La condesa de Rionuevo, a quien veis tranquila y sola en aquel rincón… (ya sabemos que la Muerte sólo era visible a los ojos de Gil), morirá antes de tres horas. Aconsejadle que disponga su espíritu para el supremo trance.

El arzobispo retrocedió espantado.

-¿Qué es eso? -preguntó don Miguel de Guerra.

El prelado contó a varias personas las profecías de Gil Gil, y todos los ojos se fijaron en la condesa, que, efectivamente, empezaba a palidecer horriblemente.

Gil Gil, entretanto, se acercaba a Elena.

Elena estaba en medio de la cámara, de pie sobre el mármol del pavimento, inmóvil y silenciosa como una noble escultura.

Desde allí, fanatizada, subyugada, poseída de un terror y de una felicidad que no podían definirse, seguía todos los movimientos del amigo de su infancia.

-Elena… -murmuró el joven al pasar a su lado.

-Gil… -contestó ella maquinalmente-. ¿Eres tú?

-¡Sí, soy yo! -replicó él con idolatría-. Nada temas…

Y salió de la habitación.

El capitán lo esperaba en la antecámara.

Gil Gil escribió algunas palabras en un papel, y dijo al fiel servidor de Felipe V:

-Tomad… y no perdáis un momento. ¡A La Granja!

-Pero… ¿y vos? -replicó el capitán-. Yo no puedo dejaros. Estáis preso bajo mi custodia.

-Lo estaré bajo mi palabra… -respondió Gil con nobleza-. No puedo seguiros.

-Mas… el Rey…

-El Rey aprobará vuestra conducta.

-¡Imposible!

-Escuchad, y veréis cómo tengo razón.

En este momento se oyó en la cámara real un fuerte murmullo.

-¡El médico! ¡Ese médico!… -salieron gritando algunas personas.

-¿Qué ocurre? -preguntó Gil Gil.

-La condesa de Rionuevo se muere… -dijo don Miguel de Guerra-. ¡Venid! Por aquí… Ya estará en la cámara de la Reina…

-Id, capitán… -murmuró Gil Gil-. Yo os lo digo.

Y apoyó estas palabras con una mirada y un gesto tales que el soldado partió sin replicar palabra.

Gil siguió a Guerra y penetró en la camara de la esposa de Luis I.

VIII - Revelaciones

-¡Oye! -dijo una voz a Gil Gil cuando caminaba hacia el lecho en que yacía la condesa de Rionuevo.

-¡Ah! ¿Eres tú? -exclamó nuestro joven, reconociendo a la Muerte-. ¿Ha expirado ya?

-¿Quién?

-La condesa…

-No.

-Pues ¿cómo la abandonas?

-No la he abandonado, amigo mío, sino que, como ya te he dicho, yo estoy a un mismo tiempo en todas partes y bajo diversas formas.

-Bien… ; ¿qué me quieres? -preguntó Gil con cierto disgusto al oír aquella sentencia.

-Vengo a hacerte otro favor.

-¡Así será él! Habla.

-¿Sabes que vas faltándome al respeto? -exclamó la Muerte con mucha sorna.

-Es natural… -respondió Gil-. La confianza… , la complicidad…

-¿Qué es eso de complicidad?

-¡Nada!… Aludo a una pintura que vi cuando niño. Representaba a la Medicina. En una cama yacían dos personas, o, por mejor decir, un hombre y su enfermedad. El médico había entrado en la habitación con los ojos vendados y armado de un garrote, y una vez cerca de la cama había empezado a dar palos de ciego sobre el enfermo y sobre la enfermedad… No recuerdo precisamente quién fue antes víctima de los golpes… Creo que fue el enfermo.

-¡Donosa alegoría! Pero vamos a cuentas…

-Sí… , vamos… , que todos se extrañan de verme así, tan solo, parado en medio de la cámara.

-¡Déjalos! Creerán que meditas o que aguardas la inspiración. Óyeme un momento. Tú sabes que lo pasado me pertenece de derecho, y que puedo referírtelo… No así lo por venir…

-¡Adelante!

-¡Un poco de paciencia! Vas a hablar por última vez con la condesa de Rionuevo, y es de mi deber

contarte cierta historia.

-Es inútil. Yo perdono a esa mujer.

-¡Se trata de Elena, majadero! -exclamó la Muerte.

-¡Cómo!

-Digo se trata de que seas noble y puedas casarte con ella.

-¡Noble lo soy ya!… El Rey Felipe V me hace duque.

-Monteclaro no se contentará con un advenedizo… Necesitas ascendientes.

-¿Y qué?

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