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   Clásico 9 No.9

El diablo de la botella By Robert Louis Stevenson Palabras: 6722

Updated: 2018-11-14 00:04


Keawe se quedó mucho tiempo en la puerta, mirando. Al principio fue incapaz de reaccionar; luego tuvo miedo de que la venta no hubiera sido válida y de que la botella hubiera vuelto a sus manos como le sucediera en San Francisco; y al pensar en esto notó que se le doblaban las rodillas y los vapores del vino se esfumaron de su cabeza como la neblina desaparece de un río con los primeros rayos del sol. Después se le ocurrió otra idea. Era una idea muy extraña e hizo que le ardieran las mejillas. «Tengo que asegurarme de esto», pensó.

De manera que cerró la puerta, dio la vuelta a la casa y entró de nuevo haciendo mucho ruido, como si acabara de llegar. Pero cuando abrió la puerta principal ya no se veía la botella por ninguna parte; y Kokua estaba sentada en una silla y se sobresaltó como alguien que se despierta.

–He estado bebiendo y divirtiéndome todo el día –dijo Keawe–. He encontrado unos camaradas muy simpáticos y vengo sólo por más dinero para seguir bebiendo y corriéndonos la gran juerga.

Tanto su rostro como su voz eran tan severos como los de un juez, pero Kokua estaba demasiado preocupada para darse cuenta.

–Haces muy bien en usar de tu dinero, esposo mío –dijo ella con voz temblorosa.

–Ya sé que hago bien en todo –dijo Keawe, yendo directamente hacia el baúl y cogiendo el dinero. También miró detrás, en el rincón donde guardaba la botella, pero la botella no estaba allí.

Entonces el baúl empezó a moverse como un alga marina y la casa a dilatarse como una espiral de humo, porque Keawe comprendió que estaba perdido, y que no le quedaba ninguna escapatoria. «Es lo que me temía», pensó. «Es ella la que ha comprado la botella.»

Luego se recobró un poco, alzándose de nuevo; pero el sudor le corría por la cara tan abundante como si se tratara de gotas de lluvia y tan frío como si fuera agua de pozo.

–Kokua –dijo Keawe–, esta mañana me he enfadado contigo sin razón alguna. Ahora voy otra vez a divertirme con mis compañeros –añadió, riendo sin mucho entusiasmo–. Pero sé que lo pasaré mejor si me perdonas antes de marcharme.

Un momento después Kokua estaba agarrada a sus rodillas y se las besaba mientras ríos de lágrimas corrían por sus mejillas.

–¡Sólo quería que me dijeras una palabra amable! –exclamó ella.

–Ojalá nunca volvamos a pensar mal el uno del otro –dijo Keawe; acto seguido volvió a marcharse.

Keawe no había cogido más dinero que parte de la provisión de monedas de un céntimo que consiguieran nada más llegar. Sabía muy bien que no tenía ningún deseo de seguir bebiendo.

Puesto que su mujer había dado su alma por él, Keawe tenía ahora que dar la suya por Kokua; no era posible pensar en otra cosa.

En la esquina, junto a la cárcel vieja, le esperaba el contramaestre.

–Mi mujer tiene la botella –dijo Keawe–, y si no me ayudas a recuperarla, se habrán acabado el dinero y la bebida por esta noche.

–¿No querrás decirme que esa historia de la botella va en serio? –exclamó el contramaestre.

–Pongámonos bajo el farol –dijo Keawe–. ¿Tengo aspecto de estar bromeando?

–Debe de ser cierto –dijo el contramaestre–, porque estás tan serio como si vinieras de un entierro.

–Escúchame, entonces –dijo Keawe–; aquí tienes dos céntimos; entra en la casa y ofréceselos a mi mujer por la botella, y (si no estoy equivocado) te la entregará inmediatamente. Traé

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mela aquí y yo te la volveré a comprar por un céntimo; porque tal es la ley con esa botella: es preciso venderla por una suma inferior a la de la compra. Pero en cualquier caso no le digas una palabra de que soy yo quien te envía.

–Compañero, ¿no te estarás burlando de mí?, –quiso saber el contramaestre.

–Nada malo te sucedería aunque fuera así –respondió Keawe.

–Tienes razón, compañero –dijo el contramaestre.

–Y si dudas de mí –añadió Keawe– puedes hacer la prueba. Tan pronto como salgas de la casa, no tienes más que desear que se te llene el bolsillo de dinero, o una botella del mejor ron o cualquier otra cosa que se te ocurra y comprobarás en seguida el poder de la botella.

–Muy bien, kanaka –dijo el contramaestre–. Haré la prueba; pero si te estás divirtiendo a costa mía, te aseguro que yo me divertiré después a la tuya con una barra de hierro.

De manera que el ballenero se alejó por la avenida; y Keawe se quedó esperándolo. Era muy cerca del sitio donde Kokua había esperado la noche anterior; pero Keawe estaba más decidido y no tuvo un solo momento de vacilación; sólo su alma estaba llena del amargor de la desesperación.

Le pareció que llevaba ya mucho rato esperando cuando oyó que alguien se acercaba, cantando por la avenida todavía a oscuras. Reconoció en seguida la voz del contramaestre; pero era extraño que repentinamente diera la impresión de estar mucho más borracho que antes. El contramaestre en persona apareció poco después, tambaleándose, bajo la luz del farol. Llevaba la botella del diablo dentro de la chaqueta y otra botella en la mano; y aún tuvo tiempo de llevársela a la boca y echar un trago mientras cruzaba el círculo iluminado.

–Ya veo que la has conseguido –dijo Keawe.

–¡Quietas las manos! –gritó el contramaestre, dando un salto hacia atrás–. Si te acercas un paso más te parto la boca. Creías que ibas a poder utilizarme, ¿no es cierto?

–¿Qué significa esto? –exclamó Keawe.

–¿Qué significa? –repitió el contramaestre–. Que esta botella es una cosa extraordiaria, ya lo creo que sí; eso es lo que significa. Cómo la he conseguido por dos céntimos es algo que no sabría explicar; pero sí estoy seguro de que no te la voy a dar por uno.

–¿Quieres decir que no la vendes? –jadeó Keawe.

–¡Claro que no! –exclamó el contramaestre–. Pero te dejaré echar un trago de ron, si quieres.

–Has de saber –dijo Keawe– que el hombre que tiene esa botella terminará en el infierno.

–Calculo que voy a ir a parar allí de todas formas –replicó el marinero–; y esta botella es la mejor compañía que he encontrado para ese viaje. ¡No, señor! –exclamó de nuevo–; esta botella es mía ahora y ya puedes ir buscándote otra.

–¿Es posible que sea verdad todo esto? –exdamó Keawe–. ¡Por tu propio bien, te lo ruego, véndemela!

–No me impona nada lo que digas –replicó el contramaestre–. Me tomaste por tonto y ya ves que no lo soy; eso es todo. Si no quieres un trago de ron me lo tomaré yo. ¡A tu salud y que pases buena noche!

Y acto seguido continuó andando, camino de la ciudad; y con él también la botella desaparece de esta historia.

Pero Keawe corrió a reunirse con Kokua con la velocidad del viento; y grande fue su alegría aquella noche; y grande, desde entonces, ha sido la paz que colma todos sus días en la Casa Resplandeciente.

Apia, Upolu, Islas de Samoa, 1889.

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